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Emili Avilés FIRMA DE OPINIÓN
Familia y educación
Emili Avilés es profesor de educación primaria y especialista en pedagogía terapéutica y lenguas extranjeras. Ejerce como tutor y orientador en un centro de educación primaria y colabora en diversos medios de comunicación como especialista en política familiar. Es padre de familia numerosa. Es el subdirector del sitio web educaresfacil.com
    

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Amar la vida
Estudios y estadísticas diversas hacían ver que la gran mayoría de ciudadanos no deseaba que se ampliase la ley del aborto, sólo aplicarla fielmente. Es claro que el aborto es la muerte de un ser humano, es un terrible sufrimiento para la mujer, forzada por las circunstancias, y no olvidemos que además es un negocio millonario.
No cabe la indiferencia o el cálculo político a la hora de tomar partido por el derecho a la vida de todos. Es absolutamente antidemocrático nombrar una comisión de expertos en el Ministerio de Igualdad formada en su mayoría por pro-abortistas, para supuestamente tratar de solucionar este grave problema social. Considero que sí es posible detener el dramático crecimiento de abortos en nuestro país. El proceso se podría parecer al que pedía el pasado 26 de septiembre el Sr. Rodríguez Zapatero, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, “una moratoria universal de la pena de muerte, como primer paso para conseguir su abolición”.

Pero, ¡ay!, todos vivimos muy deprisa y nos cuesta pensar con rigor. Es oportuno recordar que entre los embriólogos humanos existe un virtual consenso en que la persona empieza con el zigoto unicelular. En el día 1 de la concepción ya hay, pues, un organismo único de la especie homo sapiens, con sus 46 cromosomas definitorios. Y con dos meses, ese bebé que nacerá, cabría recogido sobre sí mismo en una cáscara de nuez, aunque con prácticamente todo en su sitio, creciendo poco a poco, manos, pies, cabeza, órganos, cerebro,…
Por eso, ¿no les parece que deberíamos considerar -si de verdad deseamos vivir en un país libre y avanzado- que no es de recibo que muera una criatura más por falta de ayudas reales, insuficientes recursos que impidan sacar al hijo adelante, o problemas de trabajo o desamparo social o familiar?

Aprovechemos la ocasión para hablar de lo que las cosas importantes de la vida son, sin enmascaramientos ni prejuicios. Ha de quedar claro que una cultura materialista y relativista lleva al hombre y a la mujer a la infelicidad, a no respetar los derechos humanos, sin ideales hacia los que orientar la vida, sin el apoyo de una familia. Es la mayor indefensión -una nueva esclavitud del siglo XXI- frente a cualquier poder que impondría fácilmente su dictatorial dominio.

Hemos de conseguir que todas las Administraciones Públicas ofrezcan también soluciones a los problemas que un embarazo imprevisto o no deseado pueda presentar, especialmente para las madres más necesitadas, o adolescentes e inmigrantes. También hemos de felicitarnos por algunas iniciativas para impulsar entidades de apoyo a la embarazada. Por ejemplo las recientes ayudas aprobadas hace sólo unos días por el gobierno autonómico de Esperanza Aguirre y el nuevo positivo impulso en defensa de las mujeres embarazadas por parte de algunas administraciones locales y regionales. Lástima que todavía haya otros territorios en los que no se da ni un Euro a las asociaciones que, por ejemplo, forman parte de la Red de Madres (www.redmadre.es, Telef.902.188.988).

¡Ya basta con transigir con el aborto! Urgen debates públicos bien regulados y aportaciones científicas honestas. También la amplia divulgación de filmaciones explícitas y ecuánimes como la de National Geographic Channel y otras muchas, sobre la vida humana en el seno materno. Tengan buen corazón y sirvan bien a los ciudadanos algunos políticos ensimismados, que por conseguir más poder hacen lo que sea, como sea. Eviten poner palos a las ruedas del bien común, tanto gobierno como oposición. Sembrar una ética utilitarista deja a las sociedades en desamparo, también a las personas que ostenten el poder en cualquier momento.

Las aportaciones al debate sobre el aborto que se han tenido en muchos medios de comunicación han ignorado la dignidad y la protección de la salud de la mujer embarazada y no han tenido en cuenta la necesidad urgente de mejores servicios de asistencia social y sanitarios, también los especializados en partos, emergencias obstétricas y soporte psicológico adecuado ante las posibles dificultades para llevar a buen término la maternidad.

Y, por supuesto, tampoco se habla del fracaso de la permisiva e inhumana educación sexual de los últimos treinta años. Reconozcamos que lo verdaderamente progresista es la valentía para hablar de una educación afectivo-sexual integral, que ayude a los adolescentes y jóvenes a vivir la sexualidad de manera responsable. Precisamente esa educación se ha de poder dar en la familia, con ayuda de especialistas, para que cada persona llegue a reconocer su propia dignidad y la del otro, con respeto a las leyes morales, con una maduración que prepare a las personas para la donación de sí mismo, para ser felices, en la mayor medida de lo posible. Eso sí es trabajar por el progreso y el desarrollo.

Hablemos claro para que en nuestra sociedad superemos propagandas torticeras sobre el sexo libre y el sexo seguro. Todos desearemos empaparnos de la idea tan atractiva y positiva como es: aprender a amar de verdad. Será muy adecuado, entonces, educar en el sexo responsable, de la misma manera que lo hacemos sobre cualquier ámbito de la vida: el ejercicio físico, la alimentación, la protección del medio ambiente, la prudencia con las bebidas alcohólicas, las drogas, el tabaco o la velocidad en la carretera.

Aún es posible recomponer una situación que a los poderes públicos se les ha ido de las manos. Para ello, la ampliación de la ley del aborto no es ninguna solución sensata. Y no lo es porque lo que hemos de conseguir es corregir la situación de desamparo en la que se encuentran muchas mujeres embarazadas y el nulo compromiso institucional para ayudarlas.

Por ejemplo: Evitemos ese malsano interés en que las mujeres no vean una ecografía del hijo que llevan dentro antes de abortar. ¿Por qué se les esconde que en muchos casos su hijo será despedazado? ¿Por qué no se les explica que se le pondrá un inyección que primero le paralizará el corazón? ¿No es su propio cuerpo? ¿No le van a hacer todo eso a una parte de su cuerpo, como lo sería el estómago o un riñón? ¿Qué problema hay en que la mujer sepa toda la verdad, pueda pensar y ver a la criatura en gestación? ¿Alguien teme que pueda decidir libremente, de una manera creativa, valiente y magnánima?

Difícilmente se ofrece información clara o ayudas sociales a las mujeres embarazadas en situaciones difíciles, y sin embargo sí existe financiación para que vayan a abortar. Y no digamos cuando se prescribe abundantemente la RU-486 como “anticonceptivo de última generación”, cuando en realidad es una píldora abortiva con propiedades “anti-hormonales”, que impiden el desarrollo normal del feto y obliga a la mujer a sufrir a solas con el provocado aborto durante unos siete días.

Necesitamos un debate serio en el cual se pueda oír a mujeres que hayan padecido las graves consecuencias del aborto y también a las que, a pesar de mil y una dificultades, dieron a luz a su hijo y ahora es la alegría de su vida. Urge que los medios de comunicación den todos los datos pertinentes a la sociedad, sin medias verdades; se verá claro que no se pueden convertir los delitos en derechos. Y también precisamos campañas informativas en positivo, constructivas, que propicien un cambio de comportamiento en los adolescentes y motiven la responsabilidad y solidaridad ciudadanas en este delicado asunto: conseguir tiempo de educación afectiva y sexual en las familias y para las familias, facilitar adopciones en casos extremos, ayudas de particulares, promover asociaciones en defensa de la mujer embarazada, etcétera.

Es necesario y urgente que la sociedad entera conozca lo que en realidad supone el aborto para el niño que no nace y para la mujer que lo sufre. Defender a ambos es un deber moral, que pide y exige a todos un amplio consenso. Pero sin confundir nunca lo que es útil con lo que es justo y honesto.

Para eso, precisamos que las leyes protejan el derecho a vivir y a ser madre, amparando la vida en todo momento y circunstancia y ayudando a las mujeres a superar cualquier problema que un embarazo imprevisto pueda generarles.

Martes 7 de octubre de 2008
Aburguesamiento pos-transición e inercias ideológicas
Hablábamos “ayer” de lo importante que es llenar la convivencia de conversación y de comprensión, con la alegría de compartir esfuerzos por el bien común, con la sincera tolerancia de quien tiene principios claros, con el respeto que evita prejuicios y falsedades.
La verdad es que algunos que mandan mucho, ¿jaleados por la ignorancia?, nos lo ponen difícil. Cómo es posible llegar a consensos justos y buenos si quien tiene la sartén por el mango, gobernantes y jerarcas diversos, resulta que no ven –¿qué ha de pasar para que lo puedan ver?- la gravedad de los acontecimientos. Los datos objetivos que nos llegan, a pesar de los “maquillajes mediáticos”, son corroborados en esta “vuelta al cole” que todos hacemos. ¿O es que, en realidad, los que no notan la crisis, como dijo el Sr. Zapatero, son precisamente quienes han de poner soluciones?

Sin ir más lejos, asusta pensar que algunos quieran reformar en algunos puntos la Constitución, para que todos pasemos obligatoriamente por el tubo ideológico de los de su cuerda. ¿Estamos en un país libre o no? ¿No ha habido una buena transición? Pues qué es eso con que nos van bombardeando de que sólo hay una manera fetén de hacer política, o que para ser tolerantes-dialogantes haya que renegar de los propios principios y apuntarse a cualquier moda, o que estén por encima los intereses partidistas que el bien común de todos los ciudadanos.

Pero, ¿es posible que no se enteren? No les arriendo la ganancia. La responsabilidad de quien manda en un país es administrar lo mejor posible todos los medios disponibles para favorecer a todos, no para destruir-desunir-confundir-despreciar a la otra mitad de la sociedad. Es evidente que ni mucho menos estamos en mejor situación que en la anterior legislatura. Y ante eso, el mero voluntarismo, las negociaciones a oscuras, el consenso falaz, a corto plazo y para dejar limpias las propias imágenes de los políticos, no sirven. Sería una opción que mezclaría todo, priorizando lo secundario, marcando hojas de ruta con objetivos cambiantes y confusos, legislando sin ton ni son, pactando y firmando presupuestos a vuelapluma y “como sea”. De cuyo cumplimiento, por cierto, los primeros responsables difícilmente rendirían cuentas en el Parlamento.

Pues esa será la prueba del algodón. ¿Cuántas explicaciones claras, y directas, y sinceras tendremos del Sr. Zapatero? Esperemos que todas las necesarias y con la correspondiente autocrítica que reconozca los errores y muestre intenciones. Y el Sr. Rajoy, ¿usará sólo de su proverbial retranca para ser alternativa creíble? ¿O brindará soluciones realistas y que vayan a la raíz de los problemas, aunque en un principio tengan mala prensa? ¿Quién va a ayudarnos a erradicar el individualismo, que pretende convencernos de que podemos desentendernos de los demás? ¿Quién va a apostar por la creación de empleo de calidad y por la formación integral de niños y jóvenes, propia de un país moderno, lejos del adoctrinamiento -moral de Estado- obligatorio en las escuelas? ¿Quién nos animará a todos a una solidaridad que evite sentimentalismos infecundos y transforme, de verdad, las situaciones más injustas y desiguales? ¿Quién nos unirá a todos los ciudadanos de este país, motivando el respeto por nuestros derechos y deberes?

Si queremos, lo podemos hacer bien. Seamos sinceros con nosotros mismos. Recomencemos. Para eso, también será adecuado querer aprender de otros países que ya son una democracia avanzada. En ellos, la alternancia política es de lo más normal y, sin dramatismos, se castiga en las urnas al político que muestra doblez y engaño en el cumplimiento de sus programas o que no trabaje por el bien común, pues nadie nace con un carnet de partido en el ombligo. Y por esos democráticos lares, la corrupción o la poca finura en la división del poder legislativo, ejecutivo y judicial, provoca sanciones públicas para así evitar las corruptelas que tal vez surjan con facilidad.

Con este esfuerzo podremos vivir en un país donde los medios de comunicación luchen de verdad por ser independientes; donde los impuestos nos se gasten en financiar televisión-basura; donde la sociedad civil sea respetada y tenida en cuenta; donde las oportunidades para los más desfavorecidos sean mayores y la familia sea honrada y valorada como clave para cualquier buen desarrollo sostenible.

¿Difícil? Sí. Pero posible. Sólo depende de que no nos dejemos llevar por esa especie de aburguesamiento pos-transición, o por inercias ideológicas de piñón fijo, que nos impiden ver lo que importa, con una perspectiva amplia y verdadera.

Martes 2 de septiembre de 2008
Rebeldía y consuelo
“Necesitamos de los demás -nos dice en “Los cuatro amores” C.S. Lewis, el genio inglés autor de los cuentos de Narnia-, los necesitamos física, afectiva e intelectualmente; los necesitamos para cualquier cosa que queramos conocer, incluso a nosotros mismos”. En estos días de intenso e íntimo dolor no es fácil administrar la comprensión y el consuelo que necesitamos dar y recibir. El trágico accidente del aeropuerto de Barajas ha sido un mazazo que nos provoca una tremenda rebeldía.
Sufrimos y no nos conformamos ante la muerte de estas 153 personas, y por los heridos gravísimos, y por los familiares afectados. Algo más habrá que hacer. Pero no llamo a aquella rebeldía de Albert Camús, ayuna de humanidad. No nos anclemos en aquel “ser para la muerte” de Heidegger. Tampoco huyamos aterrados de la realidad.

Los familiares de las víctimas y los supervivientes necesitan ahora sentirse muy queridos, en las diferentes fases que van a pasar. Pero también después, en sus hogares, cuando estén lejos cámaras y noticiarios. Afrontemos el dolor, apoyémonos mutuamente en el dolor, fortalezcámonos juntos en el dolor. Es la mayor muestra de aprecio, el mayor consuelo.

Para ello, superemos la idea de que somos sólo individuos, superemos la estrechez del yo, quebradizo y egoísta. Seamos más persona. Construyamos familias y sociedades fuertes, formadas para la adversidad. Es en ellas en las que nos manifestamos con total humanidad, como autodonación libre que se concreta en la entrega a los demás, cimiento de un entramado civil sólido y de futuro.

Así, en estos momentos dramáticos, y en otros que podamos sufrir, la sociedad entera y los poderes públicos, han de proteger a los más desfavorecidos. El Estado ha de poner toda su energía al servicio de los derechos de todos. Y el derecho a la vida ha de ser exquisitamente salvaguardado. Siempre con los medios humanos y técnicos que, en la medida de lo posible, eviten tragedias –grandes o pequeñas- y accidentes terroríficos como el del pasado día 20 de agosto en Madrid.

Ejemplar ha sido la actuación de la fuerzas y cuerpos de seguridad y de los servicios médicos y asistenciales. Pidamos a los gobernantes transparencia y sacrificio. La prioridad son las personas. Que mucho afinen los políticos en el servicio a los ciudadanos; que nos defiendan del inhumano torbellino del reduccionismo economicista que invade nuestra sociedad.

Un medio podría ser desenmascarar el engañoso ideal absoluto de la vida cómoda, llena de placeres materiales, conformista, ajena al bien común. Que no regresemos a la “ilustrada” idea de que el progreso material es el fin último de la humanidad. Luchemos por conocer en profundidad nuestra propia naturaleza, afrontemos con magnanimidad serena la existencia. Tengamos presente que el hombre no sólo es parte de un todo.

Ahora nos urge solidaridad -se está dando a manos llenas-, comprensión, respeto hacia las víctimas y sus familiares. Y, además, facilitar la apertura a lo infinito, superar los límites de la razón. Tener en cuenta, sin complejos, ese deseo del alma humana que no se satisface con nada finito. Compartamos, pues, en estas tristes horas, una esperanzada rebeldía llena de inmortalidad.

Domingo 24 de agosto de 2008
Sinceridad de vida o marear la perdiz
Sabemos que la preocupación desinteresada por los demás forma parte de la naturaleza humana. En estos días me han explicado, y he podido ver, múltiples experiencias de trabajos profesionales y de voluntariado, abiertos a las necesidades ajenas y sin un exclusivo beneficio personal o económico.
Considero que esta solidaridad de hombres y mujeres, que nace de la intimidad de cada persona, es punto de partida y excelente ocasión para el necesario reencuentro de gentes de diversa ideología, que no se conforman ni con la injusticia ni con la falta de libertad.

He sabido de jóvenes y menos jóvenes, sin miedo a que se les tilde ideológicamente por defender la dignidad de todas las personas; por proteger el entorno natural; por servir con desvelo a enfermos, marginados o ancianos; por entregar conocimientos y tiempo de una manera desinteresada, a fin de que la verdad, la lucha por el bien común y la igualdad de oportunidades tengan mayor relevancia en esta sociedad nuestra, a veces tan engañosa, individualista y pusilánime.

No puedo dejar de hablar de esto, por encima de tonteces partidistas o discusiones mezquinas, que nos alejan de lo básico: Poder servir con eficacia a la singularidad y dignidad del ser humano.

Y, precisamente ahora, que quien más quien menos se traslada de vacaciones a otros lugares, vale la pena recordar aquello de Chesterton, “todo lugar en la tierra es el principio o el fin, según sea el corazón del hombre”.

Para ello, evitemos valorar nuestros afanes de superación y mejora como utopías irrealizables, pues creo que pueden ser referencia para un más humano punto de llegada, personal y colectivo.

Así, con los pies bien en la tierra, buscaremos que los ideales de nuestro corazón nos faciliten la “libertad” de atarnos-obligarnos a nosotros mismos. Esa será muestra de verdadera coherencia y el aprecio sincero hacia quienes nos rodean.

Podremos entonces ayudar a solucionar los problemas, económicos, políticos, sociales y de relación de todo tipo, que nos van a acompañar, ineludiblemente, en la vida. Por eso, nos urge aprender con lo cotidiano, entrenarnos en las dificultades desde pequeños, aportar soluciones creativas y hacer rendir lo mejor posible los propios talentos.

En estos días, de descanso para muchos, no tengamos miedo en revisar proyectos e intenciones. Consideremos con magnanimidad las próximas tareas que nos aguardan. Cada uno, desde nuestra respectiva responsabilidad, cooperaremos a la felicidad del prójimo si no nos hacemos esquivos con quien piensa diferente, si obramos con amplitud de miras. En palabras de Francisco de Vitoria, insigne humanista al que se considera fundador del Derecho internacional: “La amistad entre los hombres parece ser de derecho natural, y es contrario a la naturaleza el rechazar a hombres que no hacen ningún mal”.

Pues bien, llenemos la convivencia de conversación y de comprensión; con la alegría de compartir esfuerzos por el bien común; con la sincera tolerancia de quien tiene principios claros; con el respeto que evita prejuicios y falsedades. E insisto, dejemos de marear la perdiz con tonteces partidistas o de moda. Que nadie nos imponga una prefabricada “hoja de ruta”, pues ésta ha de ser personalísima e irrepetible, que lleve a su plenitud nuestra condición humana y en la que cada una y cada uno veamos en conciencia el camino a seguir.

Martes 12 de agosto de 2008
Al acabar el curso, superemos el desconcierto educativo
Al acabar el curso escolar, considero que vale la pena recordar un asunto contra el que, en España, nos damos de bruces, gobierno tras gobierno. Es un tema que ya viene desenfocado desde los años ochenta e imposible de “concertar” de una manera realmente justa. Esto es, la necesidad de conseguir una educación de calidad y que respete la diversidad de los ciudadanos y de los padres para elegir escuelas distintas a las creadas por los entes públicos.
Seguro que estaremos de acuerdo en algo básico: Que la familia y la escuela son clave para educar buenos ciudadanos, que los padres y madres de familia necesitamos orientación y buenos criterios educativos. Esto se puede hacer desde la escuela pública. Pero no es de recibo que los centros de enseñanza, de iniciativa social o institucionales, con gran arraigo y prestigio en nuestro país, puedan quedar por falta de ayudas o por imposiciones ideológicas, fuera de un sistema educativo moderno y de calidad. Sería un gravísimo atentado a la libertad, en sus múltiples facetas. Sería imponer una escuela única, como panacea de progreso, cuando en tantos países desarrollados ya están de vuelta de ello. Mientras más variadas sean las escuelas, más se perfecciona el derecho a elegir.

Una buena manera de mejorar sería reconocer explícitamente la importancia del ideario de cada centro, sea público o privado, como sello de calidad y transparencia. Así, en real sintonía, se pueden realizar proyectos comunes –padres, profesores y alumnos-, esfuerzos compartidos, estrategias eficaces para el desarrollo integral de niños y jóvenes. O sea, despolitizar la educación, con transparencia, aunando esfuerzos y evitando prejuicios. La enseñanza pública y la privada son complementarias, ambas imprescindibles para garantizar la libertad de enseñanza.

Es de interés común asegurar que los que manden en cada momento no vuelvan a utilizar la educación como arma ideológica, cosa que siempre acabamos pagando los ciudadanos con menos recursos. Además, el “café para todos” impuesto por algunos gobernantes sobre la educación de nuestros hijos, no facilita un ambiente de libertad ni una mayor calidad en el sistema educativo. Y ustedes me dirán y quién puede querer unas conciencias manipuladas o una libertad eliminada en este país: pues quien permita o mire para otro lado ante una adoctrinadora y obligatoria Educación para la Ciudadanía, o ante el perseguido derecho de todos a aprender y usar el castellano en cualquiera que sea la parcela de la nación en la que uno se encuentre, o cuando se llama educación sexista la que en realidad busca una educación personalizada, pues la educación diferenciada no discrimina, todo lo contrario, busca favorecer a chicos y chicas porque considera que, de 7 a 18 años, en aulas separadas los forma mejor.

(Por cierto, no nos dejemos confundir, la educación diferenciada no es un privilegio, es una opción. Y como los padres tenemos el derecho de poder elegir, cada uno debe optar libre y gratuitamente por la educación que considere mejor para sus hijos: mixta o diferenciada).

Además, si gobernantes y gobernados partimos de la verdad sobre el hombre llegaremos a soluciones prácticas y acertadas. Defenderemos la libertad, tanto la propia como la de los demás. Nos dedicaremos, con todas las fuerzas y altura de miras, a lo más apasionante de este milenio: luchar por ser buena referencia y estímulo de progreso para los países del tercer mundo. Nos desviviremos, allí y aquí, en la defensa de la dignidad humana.

Nuestros hijos, andando el tiempo, en un entorno cada vez más globalizado, nos agradecerán haber crecido en un país donde, de verdad, se respete y defienda la pluralidad y la tolerancia. Pero, insisto que para ello, urge que las decisiones que se tomen sean a favor de todos y no en contra de la otra mayoría.

Jueves 26 de junio de 2008
     
 
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