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Es la guerra

A mí me la han declarado. Y yo a ellos
Tomás Salinas
viernes, 27 de enero de 2012, 08:41 h (CET)
Bueno. Uno siempre tiene la sensación de que debería haber estudiado más, haber aprovechado más el tiempo en lugar de entretenerse en disfrutar de lo que la vida ofrecía. Veo las cosas como están y pienso que si hubiera dedicado más horas a los libros y menos a buscarme las habichuelas y gozar de la juventud o, simplemente, hubiera optado por especializarme en económicas, empresariales, ciencias políticas o cualquier otra carrera de características similares en vez de perder el tiempo en estudiar derecho e ingeniería y trabajar, mejor me habría ido, fijo que sí.

Ahora mismo sería un licenciado en paro pero entendería el porqué de tantos y tantos palos que nos han metido, nos están metiendo y, lo que acojona aún más, nos van a meter. Me dolerían lo mismo, aunque no de la misma forma. Quizás comprendería que destruir empleo público y privado, subir impuestos, entregar mi dinero a los bancos implicados en la desintegración del sistema y llevar al límite la supervivencia de todo un pueblo constituyen los ejes sobre los que vertebrar la resurrección de España. Sí, España. Ese conglomerado de autonomías controlado por una raza especial de gestores políticos y allegados de bien vivir que se han preparado, han apuntado y han hecho fuego, ejecutándolo sin compasión.

Ya sabéis, yo, al igual que muchos de vosotros, soy uno más de esos tontos de los que se espera que abran la boca y se traguen las hogazas de cemento que los ilustres próceres de la patria nos recetan vía decreto intramuscular (ojo, ilustres, que no ilustrados, no nos confundamos, que no es ni por asomo lo mismo). Vamos, que soy un perfecto imbécil, lo reconozco. Un memo de los que ha sufragado fiestas pasadas, un mentecato que paga la factura de la fiesta actual, un tarado al que están obligando a correr con los gastos de las fiestas futuras. Y qué queréis que os diga. No aguanto más.

No me voy a mover con la misma hora que algunos representantes de trabajadores, sibaritas aficionados a los Rolex, desayunos en el Hotel Villamagna, comilonas en El Chaflán o cruceros de lujo, espabilados que acceden a áticos de protección oficial a pesar de ganar más de 100.000 euros (joder, se ve que lo de la lucha obrera da para mucho). No me voy a mover al ritmo del político inepto y/o clientelista, del amigo de sus amigos, del expoliador, del electo irresponsable y su banda de sicarios. Y, por supuesto, tampoco me voy a mover al son que me marca el chorizo impune, el aprovechado, el ladrón indigno y despreciable, el abyecto miserable que me restriega por la cara su riqueza mientras me inunda de basura.

Como siempre, y es que no aprendo y no creo que ya, con los años que tengo, vaya a aprender, voy a ir de frente. No me voy a conformar con ciscarme en el esqueleto de los antes relacionados sin hacer nada más. Nunca he sido un cobarde y voy a devolver los golpes con golpes, aunque ello suponga responder con guijarros a misiles tierra-tierra. Desde estas líneas y desde las que sucesivamente vengan detrás, voy a perseguirles, voy a acosarles, voy a delatar cada traición que cometan, les voy a señalar y les voy a plantar cara. En definitiva, y con esa intención escribo lo que estás leyendo, les declaro la guerra. Y te invito a que tú también lo hagas. O ellos o nosotros, no hay otra.

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