sábado, 11 de octubre de 2008 Actualizado a las 04:58 (CET)
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Gonzalo G. Velasco FIRMA DE OPINIÓN
Crítica de cine
Gonzalo García Velasco nació en Santiago de Compostela en 1977. Es novelista, articulista, guionista, periodista y documentalista. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Santiago y ha completado su formación audiovisual en Estados Unidos, Madrid y Barcelona. En la actualidad combina sus estudios de doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona con la crítica de cine. Concibe su trabajo de comentarista cinematográfico como un acto de ajusticiamiento despiadado, lo cual, junto a su misantropía inteligente y su capacidad para fijarse en el lado negativo de las cosas, aseguran tanto la imparcialidad de sus críticas como la polémica.
    






ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS
"Reflejos": Jack Bauer contra el maligno
El director galo Alexandre Aja, a pesar de haber dirigido con anterioridad un par de largometrajes, eclosionó como gurú del cine de terror con la sanguinolenta Alta Tensión, una escabechina de diseño donde Cécile de France, tras protagonizar una truculenta orgía de sangre, jugaba a ser Bruce Willis en El Sexto Sentido. El éxito de este film le llevó a dirigir el remake de Las Colinas Tienen Ojos, de Wes Craven, celebrado por los seguidores del realizador como una depuración deliberadamente sórdida de su estilo entre espeluznante y cool. Es entonces cuando le pilla el gusto a esto de los remakes y se le ocurre involucrarse en dos proyectos que revisitan otras tantas historias ya orquestadas con antelación por otros directores: la primera de ellas es Piraña 3-D, versión, como su propio nombre índica, en tres dimensiones, del clásico de Joe Dante; y la segunda, el estreno que hoy nos ocupa, Reflejos, libre adaptación del argumento de la coreana Into The Mirror, que a diferencia de la simpática cinta de los peces asesinos jamás conseguirá llegar a ser un clásico del horror por tratarse de la enésima historia asiática de fantasmas muy cuidada desde el punto de vista formal pero con un guión de lo más astroso y desmañado.
No resulta extraño, por tanto, que Aja y su colaborador habitual en tareas de escritura para cine, Grègory Levasseur, hayan optado por introducir nuevos elementos en el relato y eliminar otros a su juicio prescindibles. Lo irónico es que incluso pasándose por el forro la fidelidad a la película original, Reflejos acabe incurriendo en los mismos errores que el film de Kim-Sung-Ho, erigiéndose, como aquel, en una propuesta de sólida factura visual pero endeble andamiaje narrativo. La historia, previsible como pocas, se encuentra lastrada por los lugares comunes, la redundancia (más de la mitad del metraje consiste en ver como Kiefer Sutherland deambula con una linterna, en plan Silent Hill, por unos grandes almacenes abandonados muy, muy, inquietantes) y unos diálogos ridículos hasta el tuétano que incluyen perlas como “¡Están por todas partes!” “¡Cuidado con el escalón. El mal está aquí!” o “¡Sal de ahí, maldita!”. Lo peor de todo es que Aja trata de compensar esta carencia absoluta de originalidad argumental no sólo dándole un lustre en ocasiones excesivo, a la puesta en escena, sino también, ¡vaya por Dios!, incluyendo un twist final previsible, innecesario y cansino.

En cuanto a Kiefer Sutherland, sólo puedo decir que ni siquiera se toma la molestia de construir un personaje diferente al Jack Bauer de la serie 24. Su indolencia interpretativa es de tal calibre que, en el tramo final de la película, da la impresión de que el agente de la UAT se hubiera equivocado de plató para, de este modo, dar pie a una especie de cruce entre El Exorcista y JAG:Alerta Roja. De pena, vamos. Menos mal que Aja no pierde el norte en ningún momento detrás de las cámaras y, a pesar de las múltiples rémoras de la historia, logra ofrecer momentos aterradores impecablemente filmados así como varias soluciones visuales, con espejos de por medio, de gran originalidad estética. Estos dos pequeños detalles demuestran que, debajo de tanta ramplonería, todavía existe un director con capacidad para ofrecer algo más que clichés, remakes y buenas atmósferas. O al menos, eso parece de momento…

Lunes 6 de octubre de 2008
"El tren de las 3:10": Épica sobre raíles
Cuando parecía que la actualidad cinematográfica no podía ofrecer nada más decepcionante que El Caballero Oscuro, título que, si de mi dependiera, participaría en varias categorías de los premios Razzies en lugar de en esos tentadores Oscars que, vayan ustedes a saber por qué, todo el mundo ya parece darle como hechos, ojeo la cartelera de mi ciudad y hete aquí que, entre toda la oferta de sus multisalas (que si películas para niños alelados protagonizadas por Miliki, que si espectáculos visuales pensados para su proyección en tres dimensiones proyectados en dos, que si Woody Allen filmando postalillas turísticas sin gracia, que si hagiografías apolilladas y cansinas de revolucionarios cubanos etc…), no aparece por ninguna parte una de las tres mejores películas del año, la cual, para colmo de escarnios, está protagonizada por dos intérpretes de la categoría y el tirón comercial de Russel Crowe y Christian Bale.
Les hablo, como no, de El Tren de las 3:10, remake de la obra homónima de Delmert Daves, inspirada su vez por un relato corto de Elmore Leonard, y que, los espectadores menos afectados por los efectos amnésicos y electroconvulsivos de la pirotecnia visual de Rob Cohen, Timor Bekmambetov y compañía, tal vez recuerden con nostalgia por la sutil y elegante manera con la que sacaba el máximo jugo dramático a una historia de esas aparentemente muy, muy, sencillas pero, al mismo tiempo, tan lapidarias en su disección del ser humano como una frase bien tirada de Cormac McCarthy.

Pues bien, la excelente reformulación de la historia original, a cargo del realizador James Mangold (Copland, En La Cuerda Floja, Identity) ha pasado sin pena ni gloria por nuestros cines y, aunque las críticas están siendo en general positivas, no la ha ido a ver ni el Tato debido a sus problemas de distribución (más de un año de retraso, escasas copias…), a que las pantallas están, como he dicho, copadas por productos nacionales e internacionales que no le llegan a la suela de los zapatos, y sobre todo, debido a que el público en este país está tan pervertido por la ranciedad acartonada de ciertas líneas de pensamiento ridículamente antiamericanas que, el que antaño había sido uno de los géneros más apreciados dentro de nuestras fronteras (recordemos el éxito apabullante de La Muerte Tenía un Precio, por ejemplo) ha dejado súbitamente de interesar a pesar de que, en los últimos meses, nos has ofrecido diamantes en bruto del calibre de Enfrentados, de David Von Acken, o este tremendo peliculón protagonizado por un bueno (Bale) y un malo (Crowe), que en el fondo no son ni tan buenos ni tan malos y que, a lo largo de su periplo hacia ese tren de las tres diez que da título a la función, hilvana con inusitada sabiduría intensidad dramática, acción, trasfondo humano, magníficas interpretaciones, partituras inolvidables, violencia, polvo y fibras sensibles.

Sólo por la escena inicial del asalto a la diligencia, filmada con la energía de un John Ford que parece asesorado por el mismísimo Sam Peckinpah, la película ya valdría la pena, pero es que, por si esto no fuera suficiente, sus personajes están increíbles ya desde el papel, recitan unos diálogos para enmarcar pero no por ello pomposos, y se relacionan entre ellos con un aliento clásico de tintes casi shakespearianos que en ningún momento resulta incompatible con la apuesta de Mangold por potenciar la escenas de acción con respecto al film de Daves. En otras palabras: a la espera de lo que pueda hacer Ed Harris con su muy prometedor film Appaloosa, El Tren de las 3:10 es, hoy por hoy, el mejor western realizado desde que Clint Eastwood asombrara al mundo en 1992 con Sin Perdón. Ni más, ni menos, y para ser honestos, más bien más…

Jueves 25 de septiembre de 2008
"El caballero oscuro": Bat-iburrillo
Pocas veces una película me ha decepcionado tanto como esta extensión ortopédica y megalómana de la muy irregular Batman Begins, propuesta que hace unos años se jactó de redefinir el personaje del hombre murciélago desde un punto de vista más tétrico, oscuro y moralmente ambiguo, para deleite de público y crítica. Aquel film de mucho ruido y pocas nueces contaba con una primera parte soberbia, donde el director, Christopher Nolan, (Memento, Insomnia El Truco Final) describía la eclosión del héroe de la capa negra de una forma tan atractiva y original como controvertida en términos ideológicos, pero en cuanto Christian Bale se embutía en el uniforme de Batman, la historia mutaba por completo y se convertía en un anodino ejercicio de pirotecnia visual disfrazada de voluntad de estilo, con unas secuencias de acción, para colmo de de males, indecodificables por el ojo humano debido a su atolondrado ritmo de montaje.
Pues bien, El Caballero Oscuro es más de lo mismo, sólo que con una duración superior (casi tres horas para contar una historia que empieza realmente a mitad de la película, con la brillante escena del interrogatorio del Joker en la comisaría), un Batman con pretensiones pseudofilosóficas pero que en realidad no cumple ninguna función en la trama salvo la de largar frases pomposas y explicativas, al igual que Harvey Dent, el personaje interpretado por Aaron Eckhart, responsable de usurparle de forma inexplicable el clímax final al Joker de Heath Ledger (magnífico en su papel, a pesar de sus pobres diálogos), y alguna novedad tontorrona como la Bat-Moto o Maggie Gyllenhaall, ambas igual de prescindibles.

Por todo ello, este Caballero Oscuro en el que un servidor había depositado tantas esperanzas se queda a medio camino de las pretendidas tinieblas y, salvo en momentos muy puntuales, como el tramo de metraje que transcurre entre el interrogatorio y el ataque al hospital, no logra superar el gris. Tan sólo Heath Ledger, encarnando a un némesis perturbado que pasará por méritos propios a los anales de la iconografía villana, así como la excelente partitura compuesta a cuatro manos por los siempre acertados Hans Zimmer y James Newton Howard, evitan que el fenómeno cinematográfico de la temporada se quede en un simple simulacro soporífero de lo que vendrá: Angelina Jolie en la piel de Catwoman… Hasta entonces, mucho me temo que X-Men 2 y Iron Man continuarán siendo las mejores películas modernas de superhéroes, con el permiso de El Protegido de M. Night Shyamalan, por supuesto.

Domingo 14 de septiembre de 2008
"La Momia": La tumba del Emperador Dragón
Cada vez que un plumilla de medio pelo como el menda se enfrenta a la ardua tarea (es un decir, claro) de escribir una crítica, resulta inevitable el plantearse la pertinencia o no de despejar la incógnita que todo aquel que lee una reseña cinematográfica desea que le respondan: ¿la película es buena o es mala? Y lo cierto es que sentar cátedra en términos absolutos muchas veces constituye una auténtica temeridad, pues es bien sabido, excepto tal vez por algunos informativos de cuyo nombre no quiero acordarme, que no hay nada absolutamente negro o blanco, sino que el color predominante es el gris. Pero también en esto, como en todo, existen excepciones. La Momia: la Tumba del Emperador Dragón, tercera y oportunista entrega de la taquillera saga inaugurada en 1999 por Stephen Sommers, es una de ellas. Negra como la brea, insulsa como lamer un canto rodado de río, y aburrida como una cita a ciegas entre Manuel de Oliveira e Isabel Coixet, podría tranquilamente erigirse en el metro de iridio y platino para delimitar la frontera entre los matices grisáceos de un film y la oscuridad total.
La historia, protagonizada por un Brendan Fraser cada vez más abotargado y una Maria Bello que no le llega ni a la suela de los zapatos en cuanto a carisma y poderío interpretativo a su antecesora, Rachel Weisz, es tan prescindible que, con decirles que trata de resucitar la franquicia retroalimentándose del éxito reciente (e inmerecido) de la horrenda Indiana Jones y El Reino de la Calavera de Cristal, bastaría para ponerla en su sitio. Pero es que además tenemos ahora tras las cámaras a Rob Cohen, un tipo que, no contento con tener en su currículo películas de esas que hablan por si solas como Pánico en el Tunel, xXx o Stealth: La Amenaza Invisible, es responsable directo del asilvestramiento progresivo de la juventud mundial por culpa de su obra cumbre A Todo Gas, el mayor monumento a la estulticia marrullera jamás creado por el hombre después de la ética y la estética del reggaeton.

Por ello, sobra decir que el retorno de los cazamomias no es más que una sucesión grandilocuente de luces, colores y movimientos sazonada con chistes inoperantes que los guionistas hilvanan como pueden en un Tulicrem poco selectivo donde tanto caben abominables hombres de las nieves, como eructos mal digeridos del cine de Zhang Yimou o, como ya he escrito, calcomanías narrativas muy cuestionables de la última y chirriante aventura del Doctor Jones. Todo ello mal ligado y con altas probabilidades de desencadenar diarrea mental a quienes no luzcan alerones en la parte trasera del coche o gusten de pavonearse por las discotecas de extrarradio en camisa bisbalera y/o de rejilla.

Ahora bien, como soy consciente de que a lo mejor me estoy extralimitando en mi juicio sobre una película que, después de todo, no tiene tanta trascendencia como para ensañarse así con ella, mencionaré, para finalizar, que, a pesar de lo dicho en los párrafos anteriores, La Momia: La Tumba del Emperador Dragón, irradia un atisbo titilante de luz dentro de la opacidad general de su pétreo corazón. Me refiero, como no, a la evidente lectura política que contiene bajo su trama de arqueología épica sobrenatural: un miedo poco disimulado hacia un país, China, que inquieta cada vez más al mundo occidental con independencia, (o puede que a causa de) sus fastos olímpicos. En este sentido, la momia encarnada por Jet Li revive las añejas suspicacias hacia el peligro amarillo que otrora habían supurado las películas de Fu-Manchú. Si dichas suspicacias responden a la realidad o no tendrán que decidirlo cada uno de ustedes por su cuenta. En lo que a mi respecta, y sin que sirva de precedente, me sumo a las protestas contra unas olimpiadas que, de ser coherentes con el espíritu fundacional del Barón Pierre de Coubertin, jamás deberían haberse celebrado, cosa que sabemos aquí, en la China popular, en el Tibet y, sorprendentemente, también en Hollywood.

Sábado 16 de agosto de 2008
"Wall-E": Pixar brilla y da esplendor
En estos momentos, dos son los rumores que acerca de los Oscars mantienen entretenidos a los aficionados al cine en general y a los de las estatuillas doradas en particular. Por un lado, llevamos ya unas cuantas semanas escuchando que la labor desempeñada por el difunto Heath Ledger como el Joker en The Dark Knight, secuela del Batman Begins de Christopher Nolan, de inminente estreno en nuestro país, posiblemente le granjeará una nominación póstuma al mejor actor; por otra, suena también en el río de los rumores la posibilidad, para muchos ya casi tangible, de que Wall-E, la última producción animada de los estudios Pixar, estará nominada no ya a la mejor película de animación, algo que siempre se da por hecho a la hora de referirnos a una factoría de la calidad de la de John Lasseter y sus colegas, sino que, ¡ojo al dato!, podría llegar a formar parte de la terna de finalistas al premio a la mejor película, así, a secas.
Pues bien. Sobre lo de Heath Ledger no opinaré de momento porque sólo he visto fragmentos promocionales muy apetitosos pero, a la postre, no concluyentes; sin embargo, en el caso de que Wall-E compita finalmente en la categoría a la mejor película del año, no seré yo el que me sorprenda, pues ya el año pasado debería haberlo hecho con Ratatouille, una obra maestra de la animación en tres dimensiones que nada tiene que envidiar al film que acaba de estrenar Andrew Stanton, el codirector de Bichos y Buscando a Nemo, esta misma semana. O bueno, pensándolo mejor, tal vez sí. Aunque ambas películas constituyen un buen ejemplo de cómo alear tramas universales muy trabajadas en su aparente simplicidad con depuradas técnicas de animación que dejan en paños menores a las producciones de Dreamworks, Blue Sky Studios y demás, (todas ellas a años luz de Pixar se mire desde donde se mire, y no hay más que asistir a una proyección de Kung-Fu Panda justo después de una de Wall-E, como yo he hecho, para darse cuenta), la historia del pequeño robot basurero es mucho más radical que la de la rata chef por cuanto se sostiene casi en su totalidad sin diálogos, con una muy rácana (que en absoluto fallida) economía gestual, y haciendo gala de un humor que, pese a mantener cierto sentido del slapstick, prioriza al Chaplin más emotivo sobre el Harold Lloyd más desmadrado. Y lo realmente asombroso de todo el asunto es que su vocación minimalista confirma el viejo aserto de que “menos es más” independientemente de que, tras las hermosísimas imágenes de una tierra desolada en contraste con un futuro distópico que evoca tanto a Metropolis, como a Tron o La Isla, haya muchísimas horas de arduo trabajo que apenas se notan debido a que la simplicidad del conjunto resulta tan apabullante que nos absorbe como una esponja hasta dejarnos secos y ávidos de más.

De nuevo, Pixar se marca un tanto de los de “sigo siendo el rey” y construye una historia atemporal, cargada de sentimientos no incompatibles con la acción desenfrenada y la sátira social, sencilla pero efectivísima, más arriesgada en sus planteamientos narrativos y estéticos de lo que parece y, sin duda alguna, merecedora de un reconocimiento por parte de la academia USA, ya que si la memoria no me falla (y últimamente me falla bastante por razones que no vienen al caso), Wall-E es, por el momento, y junto a la aquí inédita 3:10 To Yuma, de James Mangold, lo mejor de la temporada en lo que a cine mainstream norteamericano se refiere. De visión obligada.

Jueves 7 de agosto de 2008
     
 
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