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‘Plinio’, alias Manuel González

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 3 de octubre de 2006, 00:49 h (CET)
Quizá sea porque mi niñez sigue jugando en la playa, como decía Serrat, o en la sala de estar de mi casa vieja, entonces alquilada, ayer demolida y hoy reedificada y convertida en pisos de postín. No me pregunten por qué, porque no lo sé. Pero lo cierto es que desde que, allá por los años 70, Televisión Española emitió la serie “Plinio”, protagonizada por el desaparecido Antonio Casal, sentí una especial curiosidad por este personaje.

Acostumbrado por aquel entonces a los telefilmes de ‘El Santo’, ‘El agente de CIPOL’ o ‘Los Vengadores’, donde los mamporros y las pistolas con silenciador iban baratos, los criminales tenían cara de eso, de criminal, vaya, y los buenos, de buenos, como Dios manda, llamó mi atención el rostro aparentemente apardalado del jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, cuya semblanza era lo más opuesto a los rictus almibarados de Roger Moore o Robert Vaughn. Plinio, alias Manuel González, rezumaba raigambre manchega y castellana por sus cuatro vientos y constituía la antítesis del detective heroico. Y, sin embargo, era un eficaz policía que, armado con su acervo aldeano, lo mismo investigaba raptos, robos de embutidos o asesinatos que descubría escondidos de la posguerra.

El creador de Plinio, Francisco García Pavón, junto con Francisco González Ledesma, otro Paco, puede ser considerado como uno de los precursores de la novela policiaca en España.

- Ya estamos con lo de policiaca.
Vale, llámenle negra, ‘trhiller’, negracriminal, realismo sucio, como le gusta a mi colega y, sin embargo, amigo, Gabriel Ruiz-Ortega, o como les dé la gana. Para mí siempre será policiaca, con trasfondo social o no, con políticos corruptos o sin ellos, con putas o sin ellas, con millonarios depravados o sin ellos. Creo que García Pavón, precisamente por ser español, por haber escrito durante la Dictadura en lugar exiliarse, por no ser un represaliado, no ha tenido el reconocimiento que se merecía, a pesar de haber ganado en 1969 el Premio Nadal, con ‘Las hermanas Coloradas’, y el Nacional de la Crítica con ‘El rapto de las Sabinas’.

Además de todo esto, Francisco García Pavón fue un excelente cuentista. Sus premios de la Hucha de Oro o el Antonio Machado (1979) con ‘El tren que no conduce a nada’ son buena prueba de ello. Y cuando digo cuentista quiero decir un espléndido contador de historias, no una persona que vive del cuento, no se me vayan por los cerros de Úbeda.

- Oiga, y todo este rollo sobre el Plinio y García Pavón, ¿a qué viene hoy?

Pues es muy sencillo. Viene a cuento — y nunca mejor dicho — de que Ediciones Destino ha sacado al mercado un volumen titulado ‘Plinio, casos célebres’, donde se recogen algunas de las mejores páginas protagonizadas por este policía singular: ‘El reinado de Witiza’, ‘Las Hermanas Coloradas’, ‘El rapto de las Sabinas’, ‘El último sábado’, ‘Dos historias de viudas’ y ‘Dos relatos sin caso’.

- Acabáramos

Acabáramos, no, empezáramos. Para los que ya llevan más de cuarenta años peinándose, esta reseña sólo les servirá de recordatorio, de refresco memorial, pero para los que no conozcan al jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, ni al cabo Maleza, ni a don Lotario, el veterinario (disculpen la involuntaria rima), al pintor Antonio López Torres o a Rocío, la buñolera, tienen ahora la oportunidad de entrar en contacto con ellos y su mundo. Les aseguro que van a encontrar buenas intrigas policiacas y sobre todo un decir castellano puro, con localismos a montón, costumbrista, salpicado con una intuición fuera de lo común y un finísimo — y sanísimo — sentido del humor.

Plinio no es un huelebraguetas de capital, habituado a moverse entre el humo de los coches, las prisas de los urbanitas o los misterios de los callejones oscuros y sin salida. No. Plinio representa todo lo contrario: la calma, la deducción tranquila – regada con un buen caldo de su tierra si es posible -, la sabiduría adquirida con el paso del tiempo, el espacio soleado y azul, sin horizontes definidos, del terruño manchego.

No hay que llamarse Raymond Chandler, ni Dashiell Hammet, ni Agatha Christie, ni Patricia Cornwell, ni P.D.James, ni Dona León, ni Henning Mankell (con el que tanto disfruto), ni ... No, no hace falta. El talento no conoce fronteras. Siendo Francisco García Pavón y habiendo nacido en 1919 en Tomelloso, provincia de Ciudad Real, que no tiene nada que envidiar a Chicago o Los Ángeles, se puede escribir excelentes novelas tal y como hizo este hombre, Doctor en Filosofía y Letras y profesor de la Escuela de Arte Dramático de Madrid, fallecido en 1989.

Para los amantes del dato, les diré que, además de las obras incluidas en este ‘Plinio, casos célebres’ se pueden encontrar, en librerías (de lance, of course), los siguientes títulos: ‘Relatos de Plinio’, ‘Vendimiario de Plinio’, ‘Voces de Ruidera’, ‘Cuentos de mamá’, ‘Cuentos republicanos’, ‘Los liberales’ y ‘Los nacionales’.

- Parece que salda usted una vieja deuda.

La verdad, me siento bien después de haber escrito esto, mucho mejor que antes de empezar. Se lo debía a García Pavón. Han sido muchos los buenos ratos que me ha hecho pasar con sus libros.
P.S. Una última cuestión. Cuando se pongan a leer a Plinio, tengan a mano unos chatitos de vino tinto y unas aceitunitas o un chocolate con picatostes. Puede que les hagan falta. De nada.

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‘Plinio, casos célebres’, de Francisco García Pavón. Ediciones Destino, 2006. 29’30 euros.

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