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'Me llamo Rojo', de Orhan Pamuk

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz Ortega
jueves, 1 de noviembre de 2007, 07:50 h (CET)
Confieso que me sentí muy decepcionado cuando se eligió el nombre del escritor turco Orhan Pamuk como ganador del premio Nobel de Literatura en el 2006. Esta sensación estaba enraizada en el hecho de que desde hace muchos años los suecos vienen premiando a innombrables como Darío Fo, Imre Kertész, José Saramago, Elfriede Jelinek, etc. La indignación de uno se multiplica al saber que gente como Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Philip Roth, Cormac McCarthy y Nicanor Parra son relegados por criterios superfluos que tienen a los referentes literarios en un escalón muy por debajo de los que deberían estar. Como ya podemos saber, el Nobel es el premio a una trayectoria literaria en donde entran a jugar, primeramente, ciertas clases de conductas cívico-políticas, ergo, como decimos en Perú, pura cojudez; como dirían en Argentina, pura pelotudez; o como dirían los amigos españoles, pura gilipollez.

Cuando se me entregó este primer ejemplar de Pamuk, como que me puse en un plan desdeñoso. Pues quién no lo estaría luego de leer las paparruchas de Saramago y los chistecitos forzados de Fo. Desde hace buen tiempo que no leo con entusiasmo a los nobeles. Pero las cosas ocurren por algo, muchas veces los prejuicios, por más justificados que sean, nos impiden enfrentarnos a textos que te reconcilian con la más digna tradición de la novela, que te llevan a afianzar las inquietudes de lector en un contexto en el que tanto se denosta de la novela como tal, apelando, más que nada, a las tan gaseosas leyes del mercado editorial. Ni bien cerré “Me llamo Rojo” tuve la impresión de que había perdido mi tiempo leyendo novelas que, de verdad, no valían la pena. Este libro del nobel turco es, digamos, su mejor carta de presentación ante cualquiera que quiera acercarse a él. Tiene ese requerimiento que te piden las casas editoras: es cortísimo, como para devorarlo entre las horas de trabajo mientras tu jefe anda distraído en otras cosas, o para asegurarte horas de insomnio no deseado si lo lees echado en el sofá o la cama, o mejor aún, para terminarlo en una tarde de domingo mientras miras cómo va el desempeño de tu equipo de fútbol del cual eres hincha. No me explayo más: “Me llamo Rojo” tiene exactamente 564 páginas.

Ambientada en el siglo XVI, en “Me llamo Rojo” se nos cuenta el capricho del Sultán del Imperio Turco, quien contraviniendo a las leyes religiosas, anhela ver inmortalizada su figura en un gran lienzo, pero al ver lo escandaloso que es esta intención, y con las ganas de verse retratado sí o sí, manda a cuatro ilustradores a emprender esta misión que se patentizará en un libro que acrisole todos los logros de su reinado. Estos desterrados de la gloria elaboraran su trabajo en el más puro secreto, sus nombres quedarán en los cementerios del olvido, con el único consuelo de haber dejado a sus familias una estabilidad premunida de gollerías. Como dicen hasta ahora: “trabajar para el poder trae sus ventajas”.

Sin embargo, la novela adquiere otros rumbos, no solo se suscribe a un periodo específico del Imperio Turco Otomano, sino que ésta en su desarrollo va adquiriendo una elasticidad muy densa que yace en las voces de quienes se han visto envueltos en semejante ejemplo de megalomanía: los ilustradores, las mujeres, las amantes, los asesinos, las mascotas, etc. Como podrá colegirse, “Me llamo Rojo” es una novela polifónica. La variedad de versiones en torno a los crímenes que ocurren en ella, en lugar de distraer el querer saber el “por qué”, hace que nos adentremos aún más porque Pamuk sabe bien, como buen novelista que es, que el desenlace hay que ir repartiéndolo en pedacitos haciendo uso del dato escondido, no regateando información a lo bestia, descollando, como lo que no he leído en años, la riqueza verbal del desgarro de los protagonistas (toda la novela está escrita en “primera persona”), quienes, cada uno, a su manera, nos brindan un atrayente fresco de los dilemas culturales entre Oriente y Occidente que parten del proceso creativo que conllevan esas benditas ilustraciones del ególatra Sultán, disparándose estas en disquisiciones políticas, raciales y, cómo no, religiosas.

Pues bien, a “Me llamo Rojo” se la ha calificado de novela histórica, de novela de corte policial, de novela de amor, etc. Hasta se le ha endilgado el rótulo de “inclasificable”. No pues. Así no es. Esos calificativos abundan cuando no se termina de leer el libro en cuestión, productos del más puro reseñismo con espíritu de estafeta. “Me llamo Rojo” es una novela total. Y sin haber leído otros libros del turco, pues me atrevo a arriesgarme al decir que su mejor novela, una verdadera joya de la novela contemporánea, cuya lectura es ya de un carácter imprescindible.

Se sabe que los abuelos de la academia sueca premiaron a Pamuk por su posición política y su conducta consecuente. Aún así, cabe destacar que esta vez no se equivocaron con Pamuk. Aunque sea una les tuvo que ligar a estos abuelitos obcecados.

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