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Cuestión de hormonas

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
viernes, 20 de noviembre de 2009, 09:09 h (CET)
“La investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar a alguien que esté completamente sano”, aseveraba Aldous Huxley, y su buena razón no le faltaba. Es mucho más que un sarcasmo: una constatación. Hoy, por suerte, podemos conocer el efecto que produce el funcionamiento inadecuado de algunas glándulas de secreción interna y, así, podemos ser menos severos con nuestros semejantes a la hora de valorar sus acciones. Por ejemplo, en el caso de la Vicepresidenta, más allá de la evidente senilidad y el atavismo propio de una conducta numantina que se atrinchera en el lametón y el agradecimiento a quien, rescatándola de su edad, le ha proporcionado una actividad pública de figurón, podemos intuir que su desvariitis conductual obedece más a un desajuste del hipotálamo que le fuerza a la masiva producción de oxitocina, forzándola a la una lecherragia que la empuja a expulsar ostentosas e inadecuadas cantidades de leche (mala, por supuesto) y a dejar todo ámbito político-lógico perdido de yogur.

No; ella no tiene la culpa, ni la tienen los y las demás miembros y miembras de este Ejecutivo que padecemos, el cual bien puede parecer el peor y menos capacitado de la larguísima y tortuosa Historia de España, pero no lo es, sino que está padeciendo los efectos de trabajar tanto y tan seguido en un ambiente insano: la Moncloa. No; de ninguna manera son responsables ni responsablas de incompetencia o de no dar una a derechas o derechos ni por recomendación de la señora casualidad, quien ahora mismo está de viaje por el Índico, sino que se trata de los efectos consetuedinarios a un desajuste puramente hormonal que produce ñoñidemia invasiva generalizada y malacia esquelética argumental. Ahí se tiene que no a pocos de los miembros del Gobierno (que por fuerza ha de ser un bicho bioctópodo por duplicación partenogénica) padecen un inusual y ostentoso incremento de la melatonina, como el señor Camps, denotando no sólo una mutación anómala en la pigmentación de sus ideas (del rojo al rosa intenso), sino que también tienen fané la glándula pineal, además de una hipercalcidemia facial que les deja el careto como ungido de cosmética Portland. Un funcionamiento inadecuado que fomenta el desajuste extensivo del sistema endocrino, especialmente en la corteza suprarrenal, a la cual fuerza a producir inadecuadas dosis de aldosterona, impidiendo equilibrar suceso y consecuencia lógica o a ver más allá de sus propias narices por exceso de sales (¡arsa, pilili!).

Pero si los mineralocorticoides producen este desajuste de consecuencias imprevisibles que está ubicando a España en el ridículo universal, los glucocorticoides, producidos en las mismas glándulas, empujan a las individuas miembras del Ejecutivo a una hiperproducción de glucosa pacifista con los Ejércitos y a una superproducción grasiosa o muy grasiosa que las convierten en simplemente risibles cada vez que se mueven, cosa que sucede con frecuencia por carencia generalizada de inhibina, al ser el corpus legislativo mayoritariamente femenino. Y, claro, sin inhibina, no se cortan un pelo y hacen lo que hacen y nos va como nos va: con brotes verdes, vacunas pa´ bichitos mu´ chiquitos y situaciones financieras controladas. Nadie del Gobierno tiene la culpa de lo que pasa, diga lo que diga la oposición (que tiene muy mal jarabe y siempre está descontenta), e incluso lo que pronuncie la razón y aún la engreída lógica. Los edificios en los que trabajan tan competentes miembros y miembras del bioctópodo bicho gubernamental son viejos, están enfermos y contaminan con su mal fario a quienes y quienas osan adentrarse y aun habitar las penumbras de la Moncloa, el CNI y el que sea. Con sistemas endocrinos afectados y en desajuste permanente, ¿cómo no va la Inteligencia a no inteligir nada o a poner al frente de los vigilantes a Rompetechos?...

Lo que hay en España es mucho vino que no se vende por la crisis, y, claro, se hace vinagre. Un vinagre que le están ofreciendo los sanos y las sanas al Gobierno con una esponja en la punta de una caña, después de haber crucificado por incapaces e incapazas, incompetentes e incompetentas y cuasi chatos y chatas intelectuales a cada miembro y miembra, cuando su único mal ha sido y es trabajar demasiado tiempo en ambientes insanos que están afectando al funcionamiento interno de los sistemas hormonales de cada una de las patitas y patitos del bicho ejecutivo. Ya me gustaría a mí ver cómo estarían todos ésos y ésas que los y las critican si tuvieran exceso de producción de hormonas paratoideas; seguro que, además de degradárseles el esqueleto patrio como a ellos, a lo mejor no tendrían en compensación el exceso de secreciones de endorfina que tiene el Gobierno, con las cuales coadyuvan este insufrible mal que padecen (y eso que parte de ellas se las han obsequiado a la Junta de Extremadura para mayor recreo de la adolescencia pacense con un hiperdesarrollo masturbatorio), y tendrían que darse a base de bien con dos ladrillos en las partes pudendas para al menos auxiliar con apoyos gubernamentales al pilar básico industrial español del atraco inmobiliario.

Vamos, que no; que lo que a los miembros y miembras de este gobierno les sucede no es que sean más mantas que el Atleti o que tengan la preclara visión del topuelo (y topuela) minero vocinglero narcisista, sino un desajuste hormonal como la copa de un pino, generado por su abnegado sacrificio y amor hacia España, a la que están matando, en realidad, de puro amor, por exceso estrógenos producidos. A cualquier otro, en su Estado, le hospitalizarían enseguida (unos seis años, según lista), pero ellos y ellas, mártires y mártiras de la abnegación, están decididos y decididas a dejar a España como a sí mismos y mismas: fané. Así, aunque según Huxley todos y todas estemos enfermos, lo normal será la enfermedad y nadie podrá echar en cara a sus semejantes y semejantas desajustes que también le son propios. Después de todo, ya dice el saber popular que de noventa enfermedades cincuenta son producidas por la culpa y las demás por la ignorancia. Pues eso... y esa.

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