Una Enmienda Constitucional no es algo que deba tomarse a la ligera, pero el líder de la prensa empresarial paraguaya, Aldo Zuccolillo, ha decidido escenificar una versión libre de la fábula del Pastorcito Mentiroso, publicando una y otra vez fechas y horarios falsos sobre el supuesto tratamiento del tema en el Congreso.
Lejos de facilitar un debate con la seriedad y amplitud de criterio que el tema requiere, Zuccolillo y sus asalariados han recurrido a todo su repertorio inquisitorial y arsenal de sofismas, para intentar evitar que un importante sector de la ciudadanía vea su iniciativa debatida en el Parlamento.
Es indudable que una Constitución Nacional es un documento difícil de modificar, pero el sentido común nos dice que no es imposible. Si fuera de otra manera, la misma Constitución que en Estados Unidos se aprobó ya en 1788, no hubiera sido corregida nueve veces apenas transcurridos tres años de su sanción.
Y conste que estamos hablando de un documento redactado por pensadores de la talla de Thomas Jefferson, cuyas frases tanto gustan citar los constitucionalistas de nuevo cuño y opinólogos afines.
La constitución de Estados Unidos fue adoptada en su forma original el 17 de Septiembre de 1787 por el congreso reunido en Filadelfia, Pensilvania, y luego fue ratificada por el pueblo en convenciones que en cada estado dijeron hablar en nombre de “Nosotros, el pueblo” ( We, the people).
Ratificada el 21 de junio de 1788 y firmada por 39 de los 55 delegados de la Convención de Filadelfia, Para fines de 1791, es decir apenas tres años después, esa constitución ya contaba con nueve enmiendas.
La constitución original no solo permitía la reelección del presidente, además permitía que pueda ser reelegido las veces que se le antoje. Prohibir la reelección definitiva fue una idea que surgiría recién hacia 1947, en carpas republicanas, donde cundía la frustración tras haber perdido contra Franklin Delano Roosevelt en cuatro oportunidades consecutivas.
Alexis de Tocqueville advertía que un presidente no reelegible es un mandamás que no necesita plegarse a los deseos de su pueblo, y como ello es exactamente lo que conviene a ciertos empresarios, éstos se han juramentado para cerrar el paso a la reelección del presidente Cartes.
Para justificar su afán, han decidido elevar a la categoría de sagradas escrituras a una constitución redactada a duras penas, por una mayoría de constituyentes de escasas luces, elegidos en listas sábanas y votados por un padrón sin depurar.
Como ya lo expresamos en esta columna, estamos lejos de hablar de un documento cercano al redactado por Thomas Jefferson, sino de un conglomerado de divagues contradictorios, lleno de errores de sintaxis y con varias lagunas que abren las puertas a un interminable debate plagado de especulaciones mentales subjetivas.
Cuando la constitución norteamericana tenía menos de la mitad de la edad que hoy tiene la paraguaya, en 1804, ya había sido enmendada en doce oportunidades, modificándose su texto en temas tan sensibles como la libertad de prensa, de expresión o religiosa, el derecho a poseer armas, debido proceso o derechos del acusado, etcétera.
A pesar de este paralelismo al que muchos políticos paraguayos son muy afectos, la constitución de 1991 sigue tan campante. Aunque sea bien sabido que defender un error es cometer uno mayor.
La respuesta está en los intereses de una minúscula élite empresarial, que amasó fortuna a la sombra de la dictadura, sin embargo hoy se dedica a bloquear con todos los medios que tenga a su alcance la posibilidad de reelegir al presidente.
Este grupo alega abstracciones que están muy lejos de ser su motivación real. Sucede simplemente que están habituados a decidir a quién elevar a la primera magistratura de la nación, a obtener bajo presión todos los beneficios comerciales posibles una vez que logró ubicar a quien quiso al frente de la administración del estado, para luego emprender ataques injuriosos contra el primer magistrado en el contexto de una nueva campaña por elevar a un sucesor acorde a las mismas expectativas.
La formula la han repetido tantas veces que la mayoría de la ciudadanía han empezado a desconfiar de las intenciones de sus operativos de prensa, y se mantiene equidistante de los burdos argumentos que ya perdieron vigencia. Mal que les pese a Zuccolillo y Vierci.
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