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Venderle el Paraguay a Estados Unidos

Decía una humorada que la mejor alternativa era venderle el Paraguay a Estados Unidos y comprarse algo más chico en Europa
Luis Agüero Wagner
martes, 10 de julio de 2012, 06:57 h (CET)
Recuerdo que en una oportunidad alguien deslizó la humorada que el mejor negocio que se podía realizar con el Paraguay, era venderlo a Estados Unidos y comprarse algo más chico en Europa.

No sería una transacción novedosa en una región donde todos los más alabados próceres manifestaron siempre adhesión incondicional al imperio de turno, confundiendo desde tiempos remotos el nacionalismo con la voluntad de coloniaje.  Argentina, por citar un ejemplo, se salvó de que sus gobernantes decimonónicos la regalaran a Inglaterra solo porque las autoridades británicas no quisieron aceptar el presente.   Rivadavia y Mitre, por solo citar dos ejemplos, se adherían a todo lo que fuera inglés, por usar la expresión del representante británico Parish, quien conoció al primero.

El amor no siempre fue correspondido entre imperialistas y colonizados. Dicen las crónicas que cuando Bernardino Rivadavia, "Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata", recibió con toda pompa y quiso ofrecer una cena de gala a Lord Ponsoby, éste le comunicó que no pensaba comer en público ni en privado con alguien que hablaba tanto". Dicen algunos conocedores de la historia que este altanero y eficiente enviado de George Canning  fue el inventor del Uruguay.  Es muy posible, si se considera que cuando Lugo Londres lo envió a Turquía, en 1832, un diplomático francés lo escuchó anunciar a su llegada a Constantinopla: “estoy aquí porque quise, y haré lo que quiera y me iré cuando me plazca."

La tradición siguió al punto que los gobiernos de la nueva izquierda transformaron el nacionalismo uruguayo en una lucha por defender el derecho de papeleras finlandesas a explotar orientales y contaminar ríos sudamericanos.

De Mitre dice el historiador inglés Ferns que poseía un “corazón había sido colonizado por el temperamento victoriano”.  Tanto es así que durante su dictadura obsequió 300 mil hectáreas de las más espléndidas tierras argentinas a ferroviarios ingleses y delegó en el recién fundado Banco de Londres la responsabilidad de nominar a quien debía ser Ministro de Hacienda de su gabinete. Incluso admitió al representante inglés Edward Thornton como asesor de su gobierno con derecho a participar en el consejo de ministros.

En lo que respecta al Brasil, es bien sabido que su política fue dirigida por décadas por Evangelista de Souza,  banquero de Pedro II y Barón de Mauá. Apenas  un simple testaferro de la familia de banqueros judeo-alemanes, radicada en Inglaterra, conocida como los Rothschild.

Los norteamericanos empezaron a reemplazar a los ingleses en tales aventuras, al punto que el magnate estadounidense Percival Farquhar se divirtió promoviendo una guerra entre Brasil y Bolivia por intereses de caucho, y uno de sus testaferros, el portugués Manuel Rodríguez, precipitó un golpe de estado en Paraguay hacia 1912.  Años después aparecería en la escena sudamericana Spruille Braden, quien años antes de enfrentarse a Perón en Argentina, dibujaría en el mapa la frontera entre Bolivia y Paraguay tras la guerra del Chaco.  La ubicación de los pozos de petróleo de la Standard Oil serían determinantes, para despojar al Paraguay de miles de kilómetros cuadrados, a pesar de haber ganado la guerra.

Finalmente, durante las dictaduras militares de tiempos del Plan Cóndor, los altos funcionarios de los tiranos se disputarían quién entregaba mayores jirones de soberanía en la embajada norteamericana.  Ello siguió en democracia, al punto que los gobernantes “electos” resultaron alumnos aventajados, y superaron a los maestros.

La solución al aislamiento al que hoy someten al Paraguay el Mercosur y la Unasur pues, solo hay que buscarla en la tradición de los cipayos. Sobre todo si se tiene en cuenta que tanto golpistas como golpeados compiten por el favor de la oligarquía, de Monsanto y la embajada norteamericana.

Vender el Paraguay a los norteamericanos y comprarse algo más chico en Europa, una vieja alternativa, hoy más vigente que nunca.

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