sábado, 11 de octubre de 2008 Actualizado a las 04:58 (CET)
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Herme Cerezo FIRMA DE OPINIÓN
Crítica literaria
Herme Cerezo Rabadán nació en Valencia hace cuarenta y nueve años. Casado y padre de una hija, es Licenciado en Historia Moderna por la Universidad Literaria de Valencia, aunque no ejerce la docencia. Asiduo lector de novelas, hace unos años despertó su interés por escribir sus propios relatos, siempre dentro del terreno de lo breve. Fruto de este trabajo fue la consecución de algunos premios literarios y la publicación de su libro 'El perro faldero' en Brosquil Edicions en 2003. Además, ha colaborado como crítico literario en el diario castellonense Mediterráneo y ha sido jurado en diversos certámenes. En septiembre de 2006 vio la luz su última obra 'Tranvias, Trolebuses y Autobuses. La Empresa Municipal de Transportes de Valencia' y en la actualidad colabora como articulista y crítico en SIGLO XXI y en varias revistas.
    






ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS
‘Los papeles de agua’ de Antonio Gala, una novela inducida
Deyanira Alarcón atraviesa uno de los momentos más desencantados de su vida personal. En España era una escritora de éxito y la representante más significativa de la literatura actual. Pero nada de aquello tendrá para ella ningún valor cuando una terrible decepción amorosa arrebata la felicidad que había conocido junto al hombre que ayudó a introducirla en el mundo literario. Deyanira, que en realidad se llamaba Asunción Moreno, decidió cambiar su nombre para brillar con mayor fuerza en el turbulento panorama cultural, pero no logra desembarazarse de la fractura emocional que la ha convertido en la sombre deprimida de la mujer que había sido. Estas líneas resumen, grosso modo, el argumento de ‘Los papeles de agua’, la última novela de Antonio Gala.



Antonio Gala en el Hotel Astoria de Valencia. / Foto: Herme Cerezo.


El dramaturgo, ensayista, novelista y poeta, nacido en Brazatortas (Ciudad Real), entró el pasado jueves en la Sala Ribera del hotel Astoria de Valencia, minutos después de las once de la mañana. Vestido con tonos rosa, blanco y gris, acompañado por su inseparable pañuelo al cuello y su bastón con empuñadura de plata, se sentó a la mesa conferencial dispuesto a celebrar su cumpleaños – prohibido decir cuántos años – con los periodistas valencianos que allí nos dimos cita. Era una buena fecha para celebrar la excelente marcha de las ventas del libro, con tres ediciones en la calle y más de ciento veinte mil ejemplares ya vendidos. Gala, con ironía, humor y un poco de sueño – había pasado mala noche – respondió a todas las cuestiones con sus palabras engrasadas, pausadas, como mecidas por la cadencia musical del compás de un reloj.

La primera perla vino con la portada del libro: "me quedé estupefacto – dijo Gala – al contemplar que el nombre de Deyanira Alarcón no aparecía por ninguna parte". Y es que el escritor, en un claro juego metaliterario, siente que ‘Los papeles de agua’ no es un libro suyo: "Lo he escrito con enorme rapidez, más que nunca, porque iba inducido. Yo escribo por las tardes, en contra de los demás escritores que lo hacen por las noches o en horas raras. Terminaba el trabajo de una forma y, luego, en sueños, alguien que no podía ser otra criatura que Deyanira, corregía ese final, que yo había construido quizá con algunas dudas. Deyanira, mujer bellísima, ha colaborado conmigo de un modo escalofriante. Ella es la verdadera escritora del libro porque yo me he limitado a poner el oído. Éste es un libro inspirado, que me invadió completamente, y del que sólo he sido su amanuense". A Gala se le ve muy satisfecho con su obra: "Es mi libro predilecto y no lo digo porque sea el último".

La novela se plantea como un puzzle, "unos papeles, sin división capitular, que Deyanira escribió con la intención de tirarlos al agua, de ahí el título. No guarda un orden lógico ni temporal. En realidad, yo lo llamo libro porque Deyanira escribe sobre lo que le viene al pensamiento en cada momento".

Su proceso creativo, además, quedó interrumpido por otro trabajo, que se cruzó en su camino: "La escribí en dos partes, porque cuando tenía terminada la primera me sobrevino el parto de ‘El pedestal de las estatuas’, mi obra anterior, una historia que yo tenía que parir porque la había digerido desde los años de mi infancia". Esta interrupción también se refleja en la historia y en el escenario escogido para narrarla: Venecia, la Serenísima, "una ciudad que Deyanira detesta porque en ella vivió su luna de miel que, en realidad, fue de hiel", también refleja estos dos momentos emocionales del escritor: "la primera parte, muestra una Venecia chabacana, mercantilista, inventora de la silicona y de las correcciones de estética y cirugía; mientras que la segunda, dibuja la Venecia tradicional, hermosísima, erguida sobre el agua. Y generosa, cosa que no ha sido nunca Venecia, que ha sido una trincona toda su puta vida, nunca mejor dicho. Pero Deyanira la ve así, porque ahora tiene lo que nunca tuvo antes".

Gala, una vez más, ha escogido una protagonista femenina: "Elegí a Deyanira porque a esta mujer, si la viese por la calle, la reconocería en seguida. Mis protagonistas femeninas, además, están asimiladas a ciudades: Palmira Gadea a Sevilla, Desideria a Estambul y Deyanira a Venecia. Las mujeres como personajes me interesan mucho más que los hombres". También dejó bien claro que el personaje no es su "alter ego": "Deyanira no tiene nada que ver conmigo. Yo tengo una educación de Guerra Civil y no soy tan mal hablado como ella, que es absolutamente deslenguada, trepidante, porque lleva en su seno como un desdoblamiento de personalidad, que le hace mandar a la mierda a todo el mundo en cualquier momento. Además también difiero en sus opiniones sobre otros escritores, excepto lo que dice sobre Borges y Brecht donde coincido con ella" Y ¿qué hubiera ocurrido si Deyanira hubiera estado presente hoy aquí? "Ella no me conoce. No sabe nada de mí, me hubiera puesto como un pingo si yo me hubiese dejado, aunque me cita en la novela cuando descubre que en su cartera lleva la fotografía de un niño que le recuerda unos versos que escribió Antonio Gala".

‘Los papeles de agua’ esconde un doble homenaje: "por un lado a La Baltasara, donde yo vivo seis meses al año, y, por otro, a la Guardia Civil porque hace un tiempo, ante una amenaza de bomba en mi casa, se presentaron allí y se comportaron de un modo absolutamente tranquilizador. Les estoy muy agradecido. La Guardia Civil, a la que en la época de Franco no sólo la odiaban los gitanos sino todo el mundo, es la institución que más ha cambiado para bien durante la Democracia en este país".

Sobre la moda actual de que algunos autores utilicen escritores como protagonistas de sus obras, Gala manifestó que "ignoraba que se escribía sobre ellos. La raza de escritores no significa nada para mí y, por lo tanto, no sigo ninguna moda, ni para ponerme el jersey ni para coger el bastón, que lo he inventado yo – risas – . No leo libros de casi nadie, sólo de los clásicos. Me gustan pocos escritores y me relaciono sólo con aquéllos que son mis compadres como Caballero Bonald, con el que no hablo de Literatura. Así que, cuando oigo decir que los escritores tratan entre ellos de sus obras, me entran escalofríos".

Gala guarda un buen recuerdo de Fernando Quiñones y de Terenci Moix: "En mis sueños y aunque sé que estoy dormido, es frecuente que yo piense que hace mucho tiempo que no los veo y me digo que en cuanto me despierte tengo que llamarlos. Al levantarme, cojo el teléfono y quiero marcar sus números, que recuerdo perfectamente, porque creo que todavía están vivos".

En un párrafo del libro, la protagonista dice: "Lo que sí tengo claro es que no escribiré nunca más para que me lean – eso lo juro -, sino porque sienta la necesidad de hacerlo. Igual que el adicto que toma su droga para sobrevivir y matarse a la vez". Del fragmento, parece desprenderse que escribir sea una enfermedad. Pero Antonio Gala lo tiene claro: "Escribir es una tragedia, pero necesaria. La vida no es una fiesta a la que todos hayamos sido invitados, pero ¿sin ella qué hacemos? Sin ella no hay ni siquiera la posibilidad de que nos inviten. Hay mucha más gente que escribe que escritores, que no hay tantos, muchos menos de lo que parece. Ser escritor es un destino y yo lo incumplí durante tantos años que se produjo en mí un desquicie, casi una esquizofrenia, y me fui a la cartuja. Ya tenía tres doctorados hechos, acababa de sacar la oposición a abogado del estado y estaba tan imbuido de ellos, que mis temarios de oposiciones están llenos de versos y notas mías, porque yo tenía que escribir. Los cartujos, también como Venecia, un poco trincones, después que yo les había ordenado los cuarenta mil volúmenes de su biblioteca, heredados del cardenal Segura, me dijeron: "tu voz no es nuestro silencio. Tú tienes que salir y hablar". Ellos lo descubrieron inmediatamente pero no lo dijeron hasta que no les ordené su biblioteca. Eso es muy de frailes. Pero fue una frase exacta".

Y hasta aquí la presentación en Valencia de ‘Los papeles de agua’, un juego metaliterario, entre un escritor, Gala, real, que juega a personaje, y una escritora, Deyanira, de tinta y papel, que juega a autor real y que ha guiado la mano diestra de Antonio Gala por el camino deseado a través de los sueños, una senda sin orden aparente que cobra pleno sentido cuando el lector cierra la última página del libro, la número 456 exactamente.

Domingo 5 de octubre de 2008
‘La noche desnuda’ de Juan Carlos Arce: una obligada lectura
La foto que tengo ante mí, virada en sepia, es la de un hombre joven, sentado ante una mesa de despacho. En primer término, un rimero de folios disfrazado de informe confidencial, algunos libros, un teléfono de época, con micrófono curvo, trompetilla y auricular redondo, negro. Al fondo, un cuadro de formas imprecisas, quizá unas flores, quizá otra cosa, tal vez sólo manchas. El hombre viste camisa desabrochada sobre otra prenda presuntamente blanca y de cuello redondo. Ropa de currante. Tiene los dedos semiflexionados, quietos, pensativos. Muestra un reloj, pero no se lee la hora, sólo una esfera blanca. Sus ojos miran a su izquierda, justo por donde entra la luz, con mezcla de ironía, escepticismo, esperanza ... Y aunque parezca contradictorio, también pregonan seguridad. Seguridad en su ideario, en sí mismo, "¡Yo soy Andreu Nin!", el hombre que mira a su izquierda, justo por donde entra la luz.
Andreu Nin es el personaje sobre el que gira ‘La noche desnuda’, la última novela de Juan Carlos Arce (Albacete, 1958), letrado de profesión, literato de vocación. Estamos ante la historia de dos fugas existenciales y un acorralamiento político. La primera, la del escritor Henry Miller, convertido en personaje por la pluma del autor albaceteño. Un Miller que vive en París, permanentemente anclado entre las sábanas de interminables noches de amor. El amor y el placer son su única filosofía. La cosa no admite dudas: "Cuando acabe todo esto, chico, tráeme un trocito de libertad y otro de revolución y yo las meteré juntas en mi cama a ver si de verdad me la ponen tiesa", le dirá al también escritor George Orwell antes de que éste suba al tren que le conducirá hasta España para enrolarse en las Brigadas Internacionales. Orwell, como Miller, es el segundo fugado, pero mientras el primero huye de sí mismo, en un intento hedonista de permanente evasión, el británico ahuyenta el pasado y pretende justificar su futuro peleando en las trincheras republicanas, henchido de un entusiasmo idealista: "Lo que ahora está en juego en toda Europa es, sencillamente, la libertad".

El acorralamiento tiene un protagonista distinto de los dos anteriores: el hombre de la foto en sepia, de mirada segura y escéptica: Andreu Nin. Nin, de condición modesta, era maestro, ocupación que pronto abandonaría para dedicarse al periodismo y la política. Vivió muchos años en Rusia, embebido del ideario de Trotsky, hasta que fue expulsado del país soviético por su postura abiertamente contraria a la línea oficial, representada por Stalin, regresando a España en 1930. Esta oposición a Stalin provocará que los agentes soviéticos del NKVD, comandados por el camarada Orlov, orquesten una trama que acabará con el propio dirigente y la cúpula del partido por él fundado en 1935: el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista).

‘La noche desnuda’, a través de sus doscientas cincuenta y dos páginas, desmenuza toda esta urdimbre, indaga en la vida de los personajes centrales: Orwell, Miller, Olga Tareeva, Andreu Nin, Gorkin, Juan Andrade, Orlov, Enrique Adroher, Jordi Arquet, David Rebull, José Escuder, Dolores Ibárruri, Julián Zugazagoitia, Ortega o el mismo jefe del gobierno republicano, el doctor Negrín. Pero sobre todo circula por los entresijos de la "conjura oficial" para borrar del mapa político al POUM. No podemos olvidar que los enfrentamientos que desencadenaron la persecución del partido de Nin se produjeron en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, y revelan la existencia de una segunda contienda bélica dentro del propio bando republicano. Y es que lo que subyuga al lector de esta novela, por interesante, es la historia que encierra, ese amasijo de idealismos revolucionarios e intrigas políticas, regado con el bálsamo de la sinceridad, el orgullo de los protagonistas y sus ansias de libertad.

El asunto de la desarticulación del POUM y del acorralamiento de Andreu Nin, al que las autoridades republicanas, fuertemente controladas por el Partido Comunista y mediatizadas por agentes soviéticos, acusarán de espía y colaboracionista con el bando rebelde del general Franco, resulta peliagudo porque podríamos estar hablando de eso que, genéricamente, se denomina "crimen de estado". El diario ‘Mundo obrero’, en su edición del día 4 de junio de 1937, recogía unas declaraciones al respecto del Director General de Seguridad, teniente coronel Ortega: "Se ha de terminar con los provocadores, con los fascistas encubiertos, con los trotskistas, que cumpliendo órdenes de la Gestapo realizan sublevaciones contra el pueblo en Cataluña y obstaculizan por todos los medios nuestra victoria. [...] Y ha de disolverse la central fascista que inspira casi todas estas actividades contrarrevolucionarias: el P.O.U.M. Y sus dirigentes – capitanes fascistas en nuestro campo, culpables de desórdenes, campañas derrotistas, espionaje y asesinatos – deben ser encarcelados". En el enfoque de la novela, Arce toma partido, decantándose claramente por la tesis de la persecución y del crimen de estado, lo que no deja en muy buen lugar que digamos al sistema de gobierno republicano, proclamado democráticamente por las urnas el 14 de abril de 1931. Santiago Carrillo, en sus ‘Memorias’ parece darle la razón a Juan Carlos Arce: "El putsch de mayo de 1937 acabó de rellenar el dossier antitrotskista del lado español. Parecía la confirmación gráfica de la acusación de connivencia entre trotskismo y fascismo. Que en plena guerra contra Franco, una fracción de nuestro Ejército y retaguardia se levantase en armas e iniciara una guerra dentro del campo republicano era "objetivamente" una ayuda a Franco. Si después se han esclarecido los hechos y se ha concluido que la muerte de Andrés Nin era un asesinato, en aquel momento la opinión pública aceptó la tesis de un levantamiento realizado de acuerdo con Franco para romper la resistencia republicana y de una fuga del jefe poumista al campo enemigo. [...] Personalmente yo y cuantos tenían relación conmigo estábamos convencidos. Cuando un veterano socialista como Virgilio Llanos y un republicano como Ossorio Rafall testimoniaban en el juicio contra el POUM, lo hacían honestamente, convencidos de que estaban defendiendo la República".

‘La noche desnuda’ aporta buenas dosis para la imaginación, sin duda, pero lo bien cierto es que los hechos se dibujan nítidos, tanto que por momentos el lector puede dudar de si tiene entre sus manos una novela histórica o un libro de historia sin más. Únicamente la abundancia de diálogos, muy bien construidos y poco habituales en los manuales históricos, nos devuelve la certeza de que pisamos el terreno de la ficción. Escenarios cambiantes, confabulaciones del espionaje soviético, las trincheras, los ideales, las corruptelas gubernamentales, las detenciones, los secuestros, la tortura, son elementos que se conjuran para presentar este buen producto que es la novela de Juan Carlos Arce, un libro de lectura obligada.

‘La noche desnuda’ se cierra con otra fotografía, ésta celebérrima, en blanco y negro, captada por el objetivo de Agustí Centelles, que ilustra la portada de la novela: ‘Guardia de asalto’. El agente apunta su rifle, con el ojo izquierdo apagado, la bayoneta calada al frente, parapetado tras una esquina, instantes antes de disparar. Justo arriba de la gorra del guardia, un letrero inverosímil en una guerra: SE PROHÍBE FIJAR CARTELES. Es el 19 de julio de 1936, es Barcelona, es la misma ciudad que diez meses después vivirá nuevas jornadas de violencia, las mismas que, a la corta, prendieron la mecha que dinamitó al POUM y al motor de ‘La noche desnuda’: Andreu Nin.

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‘La noche desnuda’, de Juan Carlos Arce. Ediciones B. 252 páginas, 19 euros.

Sábado 27 de septiembre de 2008
‘La virgen del burdel’ de Hubert y Kerascoët: el triunfo innegable del color
Otra vez París. Un París veinte años más joven que el de Néstor Burma. Un París veinte más viejo que el de Adele Blanc-Sec. Ignoro el motivo, pero para mí, en el Cómic, la referencia de la capital francesa siempre será Tardi. Y en blanco y negro, además. Sin embargo, a partir de ahora y para ese tiempo intermedio del primer tercio del siglo XX, que recoge los últimos coletazos de los alegres años veinte y el tufillo de los preliminares de la II Guerra Mundial, ‘La virgen del burdel’ puede ser otro punto de partida. En sus imágenes, en sus páginas, se respira un París distinto, a todo color, a caballo entre los oropeles de los burdeles de postín – no pierdan detalle de los salones y pasillos del ‘Pompadour’ – , el puterío de arrabal, la vida de las criadas y los vicios inconfesables de los señores "bien", políticos corruptos incluidos.



Portada del cómic.


Pero voy a insistir en el color. El aspecto, con diferencia, que más ha llamado mi atención, ha sido el cromatismo de este álbum: muy vivo. Hay una alternancia perfecta entre los tonos oscuros, para las escenas nocturnas y las de tensión, algo obvio, y los luminosamente claros para las escenas diurnas. Los bailes presentan una envoltura rojiza, insinuante, levemente lasciva, que rima inapelable con las luces y gallardetes que engalanaban aquellas verbenas populares. No puedo olvidar tampoco el trazo del dibujo, sencillo pero muy eficaz. El complemento perfecto para esta obra. Y aún hay más. Desde que tuve ante mis ojos la imagen de la protagonista de ‘La virgen del burdel’, la recatada Blanca, acudió a mi mente un cuadro de Matisse, cuyo título no he conseguido traer a mi memoria desde entonces. Había algo en aquel rostro que me recordaba la pintura del artista francés. Repasando algunos otros cuadros suyos, me topé con que en la obra de Matisse destaca la gran importancia que otorgaba al color: la vida era color para él. Su pincel, su paleta, esbozaron sombras, perspectivas y volumen a través de este recurso expresivo. Matisse dibujaba con el color y algo parecido puede decirse de cada una de las viñetas de este álbum. Visto así, ‘La virgen del burdel’ sería el triunfo innegable del color.

Los artistas responsables de todo esto que les cuento son el escenarista y colorista Hubert Boulard (Saint-Renan, Francia), un curioso devorador de libros, que descubrió los cómics – a pesar de que en su familia los tebeos estaban considerados como "lecturas poco serias" – a través de la obra de autores tales como Tardi, Pratt, Bourgeon o Frank Miller; y Kerascoët (seudónimo singular que, inopinadamente, enmascara una realidad plural: la de los dibujantes Marie Pommepuy y Sébastien Cosset).

El argumento es completamente policial. En los alrededores de París, en los bosques y en otros puntos de la ciudad, se ha cometido una serie de asesinatos. Las víctimas son criadas y prostitutas. La hermana de Blanca, Agathe y su amiga Eugenie, son atacadas una noche al regresar de un baile popular. La psicosis del asesino en serie se extiende por la ciudad y por la mente de Blanca, quien descubre el lugar donde el Carnicero perpetra sus crímenes. Agathe, accidentalmente, recibe la bala que iba dirigida a su hermana y muere. A partir de este momento, Blanca decide descubrir al culpable de su muerte. Planteamiento clásico, policial, como les dije, con un toque romántico de heroína femenina. Lejos queda el mundo de Néstor Burma, muy próximo al Maigret de Simenon, o el de Adele Blanc-Sec de este planteamiento, muy lejos. ‘La virgen del burdel’, además, es un retrato de época. Las calles de París, sus barrios y sus habitantes desfilan por las viñetas, que no son postales como los fondos escenográficos de Tintín, sino decorados con vida propia. Una sucesión de bellas imágenes que enmascara esta sórdida historia de depravaciones y pasiones insospechadas de gente "gorda" (desde un comisario de policía hasta un miembro de la realeza británica). El guión gana en intensidad a medida que avanzan sus páginas y se implican otros personajes, aparentemente "inocentes". Los recursos del género policial están presentes y el goteo de pistas, falsas y buenas, dudosas y posibles, contribuye sin duda a este "in crescendo" del clímax. Por cierto, la joven Blanca no es ninguna superwoman, ni tampoco una perdedora. Con ella se inauguraría, es un decir, el espécimen de la protagonista timorata, aunque teñida con ciertas dosis de falsa inocencia, porque maneja las armas blancas con indudable destreza. ‘La virgen del burdel’ un notable trabajo que en el país vecino ya ha tenido continuidad con un nuevo álbum: "El príncipe encantador", que esperamos ver pronto en España.

Y acabo. Me llama la atención el título original de la serie: ‘Miss pas touche’ o lo que, literalmente, sería ‘La señorita no se toca’, como con rechifla y un puntito de envidia llamarán a Blanca sus compañeras de oficio. Un título significativo, sugerente y que refleja perfectamente lo que el lector va a encontrar en el interior del álbum. Por cierto, ¿de cuál de los tres autores sería la idea de ubicar una virgen en una casa de lenocinio? Lo ignoro y no importa. Pero me parece absolutamente genial. Jo, una de las protagonistas, se apunta a mi opinión – les aseguro que no nos hemos puesto de acuerdo – y en la página 72 afirma: "Yo diría que una chica como tú en una casa como esta es un enigma apasionante". Y corrosivo, añado yo.

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‘La virgen del burdel’, de Hubert&Kerascoët. Ed. Planeta DeAgostini. Especial BD, año 2008. 10,95 euros y 96 páginas.

Miércoles 24 de septiembre de 2008
‘Post mortem’ de Patricia Cornwell: impecable thriller diez años después
Diez años después de haberlo hecho por primera vez, releo con deleite ‘Post mortem’, sin duda la mejor novela de Patricia Cornwell. Un thriller impecable, que ha resistido muy bien el paso del tiempo. Para ello aprovecho la magnífica ocasión que nos brindan las ediciones de Kiosco del otoño de 2008. En la República de las Letras, es bien sabido que, a la vuelta del verano, es decir, ya mismo, y a primeros de cada año, las editoriales hacen su agosto – cuando ya pasó, curiosamente – y sacan al mercado, a precio asequible y con buenas ediciones, novelas ni demasiado antiguas, ni demasiado actuales, o las integrales de autores de reconocido éxito, en su afán por exprimir un poco más la ubre de las ventas. Y eso, ni menos, ni más, es lo que ha hecho RBA Colecciones S.A., poniendo al alcance del gran público la obra completa (o casi) de la Cornwell.
Por cierto, esta nueva edición es estupenda en lo que se refiere a presentación: tapas duras, tipografía grande y generosa distribución de márgenes y páginas. Sin embargo, está contaminada por fallos demasiado repetitivos. Porque en algunas páginas faltan palabras. Sí, sí, como lo leen, faltan palabras, y por ello algunas frases quedan en el aire, suspendidas, incompletas, inconcretas. Son las cosas de los procesadores de texto. A veces da la sensación de que han publicado un borrador en lugar de un original definitivo. Por favor, ¿dónde están los correctores? ¿Son plantilla ya de la primera empresa nacional, o sea, del paro? O ¿es que ya no quedan? O quizá ¿se jubilaron todos? O tal vez ¿se murieron de hambre? ¿A qué jugamos, Dios mío? El asiduo de los kioscos no es un lector de segunda división. Ni mucho menos. Y sólo reclama lo que es suyo: un producto terminado en las debidas condiciones.

Pero me centro en ‘Post mortem’, que es de lo que se trata. Cuando leí hace diez años esta novela, recuerdo que finalicé su lectura de madrugada. Y recuerdo también que me produjo una sensación de desasosiego que otros autores especializados en el género de terror, Lovecraft o Stephen King, por ejemplo, no han conseguido jamás provocarme. Fue cerrar el libro y girar, lentamente, mi cabeza para inspeccionar mi retaguardia y asegurarme de que no había nadie detrás de mí. Lo mismo hice luego, por toda mi casa. Una habitación tras otra. Tal fue la impronta que dejó en mí esta novela que ahora, cuando la he releído, recordando perfectamente quién era el asesino o la asesina, he vuelto a sentir un temor parecido al de entonces. Mucho más atenuado. Pero temor al fin. Y es que ‘Post mortem’ relata el ‘curriculum vitae’ de un asesino en serie, un psicópata, que, al inicio de la novela, lleva ya despachadas tres mujeres con métodos tortuosamente crueles. La historia arranca, y con ella el misterio y la intriga, cuando la escritora estadounidense, de buenas a primeras, nos introduce en el cuarto crimen.

En ‘Post mortem’, que fue galardonada el mismo año con los premios Edgar, John Creasey, Anthony y Macavity, además del Prix du Roman, Patricia Cornwell nos presenta a los dos personajes en los que asentará su labor como escritora policial: la doctora forense Kay Scarpetta, y el inspector de policía, Pete Marino. También aparece su sobrina Lucy, que cobrará importancia en la serie más adelante. En otra ocasión ya dije que Kay Scarpetta es la precursora en lo literario, del CSI en lo cinematográfico. Las indagaciones de la doctora Scarpetta, las "pesquisiciones" que diría un policía de ficción tan nuestro como Plinio, alias "Manuel González", se centran en la localización y análisis de pruebas, huellas y residuos que el asesino haya podido olvidar en el lugar del suceso. Exudaciones, filamentos, sangre, saliva, semen, pólvora, adene, todo vale para localizar al autor de la matanza.

Hay otra virtud que exhiben los libros de Patricia Cornwell, especialmente en este ‘Post mortem’ y en ‘La jota de corazones’, otro de sus buenos títulos, que les hace interesantes a la vez que distintos. Y es que ante la tendencia actual, respetable, por supuesto, de que lo que importa es el entorno de la víctima y del posible asesino, la corrupción y otras miserias humanas en boga, en esta novela interesa saber quién es el asesino o la asesina. Sin ser novela problema pura, en ‘Post mortem’ descubrir al autor o la autora de los asesinatos es importante. Entre otras cosas porque la Cornwell consigue despertar en nuestras mentes la inevitable necesidad de que un tipo o tipa semejante permanezca recluida o recluido entre rejas, a buen recaudo y bien custodiado o custodiada. Aunque sea una criatura de tinta y papel, nunca se sabe.

No he citado hasta estas alturas un par de apuntes más que considero de interés. El primero: Patricia Cornwell utiliza en ‘Post mortem’, como arma literaria, lícita y supongo que real en muchos casos, la discriminación que ponen en práctica ciertos investigadores masculinos con respecto a sus colegas del otro sexo. Es una discriminación injusta, de altas esferas, de capitostes, de jerifaltes, de los que analizan la vida policial y social desde la atalaya de sus despachos y no sobre el teatro de la vida: la calle. Y el segundo: la escritora nacida en Miami, presenta "en sociedad" a Pete Marino, a quien cité al principio. Pete Marino es un policía solitario, desastroso en su aspecto, hosco y un pelín repelente, pero un profesional de primer orden, intuitivo, que va un poco por libre como todos los gatos viejos. Hay en él algo de Méndez y, especialmente, del viejo policía Colombo, el desaliñado inspector de la gabardina desabrochada y acusadamente torcida, el de la mirada extraviada, que hacía nuestras delicias los domingos por la tarde en la primera cadena de Televisión Española a principios de los años 70.

Como final y para engancharles, les dejo un fragmento de la primera hoja de este ‘Post mortem’: "Vi un rostro muy pálido tras el cristal veteado por la lluvia, un rostro amorfo e inhumano, como el de las muñecas deformes hechas con medias de nailon. La ventana de mi dormitorio estaba oscura cuando aquel rostro apareció repentinamente, una inteligencia diabólica que miraba hacia dentro". No hagan caso de lo de "diabólica". El diablo no aparece en toda la novela. Se lo aseguro. No hace ninguna falta.

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‘Post mortem’ de Patricia Cornwell. RBA Coleccionables, S.A., septiembre 2008. 447 páginas, 3,95 euros.

Lunes 22 de septiembre de 2008
‘La llave que te di’, de Agustín Santos: Novela negra, en clave mediterránea, muy nuestra
Disculpen, mis improbables, que últimamente fustigue sus meninges con policiales. Lo siento. Sorry. El que suscribe anda incurso en una de ellas y para ambientarse, para aprender o, simplemente, para disfrutar con lo que hacen otros, lee todas las que pasan por sus manos. Y, enfrascado en estos menesteres, se lleva alguna sorpresa, en este caso una agradable sorpresa en clave mediterránea. Porque eso y no otra cosa ha constituido la lectura de ‘La llave que te di’, ópera prima del escritor salmantino, afincado en Almassora (Castellón), Agustín Santos. La verdad es que tenía ganas de leer una novela en la que la acción y sus protagonistas discurriesen por la ciudad donde vivo, Valencia, una urbe tan cívica y criminal como cualquier otra, pero que me cuesta imaginar como marco de estructuras detectivescas. No es que no existan libros que la utilicen como escenario, pero no son muy frecuentes. Y ‘La llave que te di’ transcurre íntegramente entre sus afueras y sus adentros, entre sus calles y sus alrededores (La Albufera, algún polígono industrial cuyo nombre se intuye pero no se cita, etcétera). El mar que, según he leído está muy presente en la vida de Agustín Santos, también se huele en sus páginas, igual que la atmósfera que envuelve a los maderos de la Jefatura de Gran Vía o el submundo de la noche capitalina, del "cap i casal", se entiende. Lo que es seguro es que, tras leer esta novela, algunos lugares de mi ciudad natal seguirán siendo los mismos, pero ya no me sabrán igual.
‘La llave que te di’ cuenta la transformación que sufre la apacible vida de un supervisor de enfermería, Luis Pons, que trabaja en un centro hospitalario de la ciudad de Valencia, tras aceptar el quilombo que le propone un tipo al que conoce por casualidad a través de uno de los enfermos del hospital. Este negocio, negro y sucio, por supuesto, se va a enlazar con otros cuantos, más negros, más sucios, hasta que la cosa estalle con varios fiambres de por medio. Surge entonces la figura del protagonista, un policía judicial, otro sabueso especializado en la lucha contra el hampa, al que el escritor salmantino ha bautizado con el nombre de Justo Boyero y del que luego les hablaré porque merece apartado propio.

Como no es mi objetivo contarles todo el argumento, primero porque está feo y, segundo, porque me parece una falta de respeto a la novela, paso a hablarles de ella. ‘La llave que te di’ es, como dije antes, una ópera prima. Y eso en pequeños, muy pequeños detalles, puede notarse. Pero hay que tener presente que sin una primera novela no hay una segunda, ni una tercera, ni una cuarta. Nadie nace enseñado y menos en esto de escribir, donde nunca se termina el aprendizaje. Pero lo cierto es que Agustín Santos presenta un debut de un nivel más que aceptable. Como mínimo bueno y muy prometedor. E intenso, porque en sus páginas, al que se descuida, le pueden apiolar rápidamente con una pistola de 7,65 milímetros u otro calibre similar. Y eso, en este género, es primordial. Baste decirles que sus 280 páginas las he leído de corrido, porque era otro de esos libros – tan escasos últimamente – que no he podido soltar hasta concluirlo. Y a mí me gustan esas novelas que te agarran de los cataplines, te zarandean, como si hubieras sido apresado por el lazo de un vaquero del oeste, ¡ziu, ziu!, y te hacen caer donde el escritor quiere, donde le viene en gana, porque tu voluntad como lector ya no existe. Se apoderó de ella el narrador omnisciente diseñado por Agustín Santos y sólo te la devuelve cuando cierras el libro tras concluir su lectura.

Y ¿dónde reside el truco para conseguir este efecto tan beneficioso? Sencillamente en la estructura de la primera mitad de la novela, que es la parte que el autor utiliza para urdir el entramado argumental. Les dije al comienzo que a Luis Pons alguien le propone un negocio turbio que él acepta. Y cuando todo indica que la cosa ha salido a pedir de boca no es así. Sólo lo parece. Porque a partir de ese instante y detrás del primer embrollo, el enfermero supervisor cae, sucesivamente, en otro, y en otro, y en otro ... Y el calibre de los líos es cada vez mayor y más complejo, de tal manera que la víctima se pringa hasta los higadillos. Como el lector que, si al principio ya ha picado, ahora no podrá soltar el anzuelo. Se lo tragará enterito. Lo dice el propio Pons: "Hasta donde alcanzo a entender, no existe retorno y habré de seguir adelante, exponiéndome y haciendo todo lo que ustedes me manden".

Otro elemento narrativo, que utiliza con habilidad el autor, radica en las conversaciones telefónicas. La mayoría de ellas van más allá de la mera charla, adelantan terreno, tensan situaciones, acrecientan el interés. Enorme rendimiento el que saca Agustín Santos a estas llamadas. También es resultona la ejecución de los asesinatos: muy de la tierra peninsular: dos tiros certeros, el de la herida mortal y el de gracia, para rematar y por si acaso. ¿Les suena de algo? Trabajos finos, de artillería pesada, aliñados con el pulso de profesionales llegados del otro lado del Atlántico. Son méritos, pues, nada baladíes, que añadir a su bagaje literario.

Y me refiero ahora al nombre con el que el salmantino ha bautizado a su policía: Justo Boyero. Justo de justicia, tal vez, y Boyero, según el DRAE y cambiando la y griega por una elle, sería "persona que hace o vende bollos" en primera acepción y, en segunda, no hace falta explicarlo. En todo caso una palabra un tanto ambigua, como quizá sea este policía, que mezcla la actividad puramente investigadora con la negociación. Boyero goza de reconocido prestigio en la Policía Judicial, pero quizá sucumba con demasiada facilidad a las tentaciones que le acechan cada mañana. Sin duda en ese sucumbir, en ese negociar, en esa "ambigüedad" radique el éxito de su trabajo. Villar, uno de los inspectores a su cargo se lo deja bien clarito en este pasaje: "Justo, no quiero ni pensar en qué follón estás. Eres un buen policía y, ya te lo he dicho en alguna ocasión, no comprendo como te metes en ciertas cosas, la verdad".

Hay muchos detalles más que recomiendan la lectura de ‘La llave que te di’. Ecos de otros escritores policiales, González Ledesma, por ejemplo, Juan Madrid o Andreu Martín, y guiños a la Literatura y al mundo musical. En resumen, pequeños homenajes a la Cultura con mayúsculas. Creo que Agustín Santos, según señaló él mismo en una entrevista, anda ya enfrascado en el segundo caso del policía judicial Boyero. Que lo termine y lo publique pronto. Que así sea.

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‘La llave que te di’, de Agustín Santos. Brosquil Ediciones, mayo 2008. 279 páginas, 16,95 euros.

Lunes 15 de septiembre de 2008
     
 
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