MADRID, 2 (OTR/PRESS) Escribe Milena Busquets en su último libro, 'Ensayo general': "Me gusta la frivolidad y la ligereza, lo que no deja cicatrices". Cada vez nos gusta más a todos refugiarnos en la frivolidad, lo que no deja de ser una forma de huir de lo trascendente, de lo importante, de los problemas. Todos tenemos razones para dejarnos ir. Pero ¿seguro que no deja cicatrices? La frivolidad es sinónimo de superficialidad, trivialidad, intrascendencia, futilidad, insignificancia, nadería, y casi siempre es un refugio temporal y falso. Lo es, y con consecuencias en política. La frivolidad, en tiempos complejos, sustituye a los argumentos y a la razón y, como encuentra campo abonado en la sociedad en la que vivimos, funciona y se convierte en una manera impostada de legitimarse. Cuando el poder está en apuros, recurre, consciente o inconscientemente, a la frivolidad en el planteamiento de los problemas. Lo es el falso debate entre el pacifismo y el rearme forzado por las amenazas de los agresivos, se llamen Putin o Trump. España se ha beneficiado de Europa en los últimos cincuenta años y ahora el presidente del Gobierno se niega a utilizar la palabra rearme y a fijar un plan de defensa con inversiones suficientes y sus socios, los del Gobierno y los de legislatura, que no dijeron ni una palabra contra la invasión armada de Ucrania, se declaran antimilitaristas. Lo de los Presupuestos es de una frivolidad mayúscula y los argumentos para no presentarlos de una infantilidad insultante. Los ataques a los jueces o contra la presunción de inocencia se basan no en razones jurídicas sino en que beneficien a los nuestros o los perjudiquen. A la mayoría de los que les parece mal que se investigue a la mujer del presidente, a su hermano, al fiscal general del Estado o al que fuera ministro y número dos del PSOE, les encanta que lo hagan a Díaz Ayuso o que condenen a Marine Le Pen por cuestiones incluso menores. Los debates forzados sobre Universidad pública-privada en lugar de mejorar la calidad de unas y de otras y de reforzar los controles académicos sobre unas y otras; la doble y viciada moral en el enfoque de los abusos a mujeres según sea los abusadores de un color o de otro; los intentos de acabar con la sanidad privada por una ministra que ni sabe ni hace ni acierta en nada; el lamentable espectáculo del regateo en las negociaciones sobre MUFACE; la voluntad de los aliados del PSOE de cargarse la escuela concertada, asfixiada presupuestariamente desde hace décadas; la aprobación de leyes, como la de la ELA, para no dotarlas de medios cinco meses después y que sigan muriendo enfermos sin recibir atención; el falso debate de la vivienda sin promover la construcción de una sola; el sectario debate sobre la inmigración, dilatando intencionadamente el traslado de menores desde Canarias o dejando a su merced a refugiados sin permiso de asilo y sin regularizar a los que ya tienen un puesto de trabajo y una raigambre comprobada son un verdadero escándalo, además de un ejercicio de frivolidad polìtica. Especialmente grave es la trivialidad del debate parlamentario, cada vez más estéril, más incapaz de posibilitar el debate, el consenso y el encuentro de los que piensan diferente. Lo es el uso por los políticos de uno y otro color de ese simplismo populista que es el "nosotros contra ellos" frentista, estéril y destructivo. O el odio a España de los que se benefician de los dineros públicos y de las contraprestaciones a cambio de votos y de puestos en los consejos de administración de empresas públicas españolas. Como dice Mario Vargas Llosa, "la frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada, en la que la forma importa más que el contenido y la apariencia más que la esencia; en la que el gesto, el desplante y la representación hacen las veces de sentimientos e ideas". Hay dos problemas: que nos tragamos esa frivolidad ajena como si no dejara cicatrices y que nosotros mismos, nuestros propios comportamientos, están cómoda y peligrosamente instalados en la frivolidad.
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