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En menos de una década, Isabel la Católica, con su mano firme y su voluntad de hierro, levantó de las cenizas un reino que se desmoronaba, un reino que apenas aguantaba en pie entre traiciones y discordias. Logró lo que siglos de monarcas no habían conseguido: convertir un reino moribundo en una potencia mundial, capaz de alzar su voz en las cortes europeas y marcar el destino de medio mundo.
Escribo este artículo desde Caracas, cuna de buena parte de los próceres americanos, donde quizá haya más ilustres hijos por metro cuadrado que en ninguna otra, como Bolívar, cuya estatua ecuestre veo a diario, paseando con mis perros, en el próximo a Ferraz, mi calle.
En líneas generales, la Orden de Isabel la Católica tiene como objetivo premiar los comportamientos extraordinarios de carácter civil «que redunden en beneficio de la Nación o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación española con el resto de la comunidad internacional».
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