De todos es bien sabida, la nula moralidad del presidente del Gobierno y su entorno familiar y político. Pero no es menos conocida su enorme caradura para decir -o hacer- una cosa y la contraria, en menos de un minuto, sin que le salgan los colores. Pero el colmo de la desfachatez le deja con el tafanario al aire cuando censura, sin piedad por los demás, lo que él mismo se permite practicar con frecuencia y avidez.
Hace un par de días, queriendo presumir de estadista, y refiriéndose al vodevil del Despacho Oval, se atrevió decir que las relaciones del siglo XXI deben ser “de alianzas, no de vasallaje”, intentando con ello dar lecciones al mundo entero.
Pero, ¿quién se creerá que es? ¿No se ha dado cuenta de que es el mayor defensor del vasallaje que existe? ¿No nos consideró ilegalmente vasallos a todos los españoles durante los años de pandemia? ¿No sigue siendo el repugnante siervo de Puigdemont, Otegui, Junts y Bildu? Última pregunta: ¿Sabrá este embustero lo que es una alianza?
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