En estos tiempos hay colegios donde se han colado las ideologías en boga y van configurando en los niños una forma de ver el mundo extraña (o, mejor dicho, los van incapacitando para poder observar) y otros centros donde en los planteamientos pedagógicos no hay barbaridades ni errores garrafales, pero se quedan cortos en sus propuestas. Eso de que el niño ha de crecer en valores, ser una buena persona, respetar a todos… Estamos hartos de decirlo y de escucharlo, lleva a moralizar por un lado o por otro y sirve para poco.
En una época de ambigüedad, permanecer ambiguo no hace más que acrecentar el mal (la cita no es mía, pero no recuerdo dónde la he escuchado o leído). Creo que aquí está la clave: hay que afanarse en no ser ambiguos. La pregunta, entonces, es evidente: ¿Hay una forma cristiana de educar? ¿Peculiar e inconfundible? La respuesta no es fácil de contestar, no se resuelve en un paradigma, ni se puede recoger en libros de texto o unidades didácticas. Tampoco cabe en debates estériles ni manidos. Es un firmamento. Y nos introduce en el universo.
|