MADRID, 25 (OTR/PRESS) No, no voy a leer "El Odio" en caso de que se publique. Y sí, comprendo el dolor y la rabia de Ruth Ortíz que le ha llevado a pedir a la Justicia que no permita la publicación del libro,aunque por ahora su petición ha sido denegada. Y no lo voy a leer de la misma manera que huyo de la lectura de crímenes truculentos, los cuenten en un libro o en reportaje periodístico. También confieso que no he sido capaz de ver El Silencio de los Corderos, película que los cinéfilos tienen por obra de arte. En su día, cuando el rostro de Bretón se asomaba en los informativos de televisión, yo cambiaba de canal porque me resultaba insoportable la visión de ese hombre que es la representación del Diablo y había sido capaz de asesinar a sus propios hijos para destruir a su esposa. Su odio me resultaba tan repugnante que me provocaba una arcada que terminaba en vómito. Desconozco las razones de Luisgé Martin para escribir un libro cuyo protagonista es uno de los seres más monstruosos e infames que podemos imaginar: José Bretón. Este libro, dicen, es un viaje a las profundidades del ser humano donde anida un sentimiento devastador como es el odio. Quienes lo han leído o dicen haberlo leído o conocer bien al autor, aseguran que este solo pretende indagar dónde empieza la raya que separa a Bretón como ser humano del monstruo maligno que habita en él. Pero dicho esto mantengo dentro de mí un pulso: por una parte el rechazo y la náusea que me provoca el personaje de Bretón y por otro la libertad de expresión y de creación. Y estaba echándome a mí misma este pulso cuando he leído un artículo de Sergio del Molino y otro de Karina Sainz Borgo que han arrojado un halo de luz sobre mi pensamiento contradictorio. Sergio del Molino apunta a la hipocresía reinante: todos los días en las teles nos muestran reportajes y documentales, dice él a modo de ejemplo "sobre violadores de Arkansas", o como una importante revista publicaba no hace mucho la lista de los 94 mejores documentales de crímenes reales que se han podido ver en una exitosa plataforma de televisión. Sí, seguramente, muchos de los que se escandalizan ante el libro de Luisgé Martin, son los que se sientan delante del televisor a ver esos programas habitados por auténticos monstruos. En cuanto a la reflexión escrita por Karina Sainz Borgo,me ha ayudado a terminar de librar ese pulso que me estaba echando, al recordarme las novelas de Patricia Highsmith o Truman Capote: la literatura es el espacio para retratar a los monstruos. Ni más ni menos. Los escritores navegan por lo recovecos y las oscuridades del ser humano, y nos muestra sin compasión lo que alberga en los monstruos. En cuanto a la libertad de expresión y de creación, si no existieran, el mundo se empequeñecería hasta resultarnos ajeno, y viviríamos una realidad falsa si negáramos la existencia del odio y la maldad que destilan los monstruos. La realidad, aunque no se quiera mirar de frente, también existe, por más que estemos construyendo una sociedad en la que, en nombre de tantas causas, se pide que se cercene la libertad de expresión como si, de esa manera, lo que no se nombra dejara de existir.
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