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La historia rara vez se detiene en los discretos, prefiere los gestos grandilocuentes, las batallas, las frases solemnes grabadas en mármol. Pero de vez en cuando, de entre las “sombras”, emerge alguien cuya importancia no necesita discursos ni heroicidades estridentes.
En un escenario marcado por el constante azote de las olas de un revisionismo histórico más interesado en la confrontación que en la verdad, tres figuras con un peso tremendo en la historia y la genealogía de los pueblos, que una vez compartieron un destino común, claman por la necesidad de mirar hacia el pasado con la mirada del entendimiento, no del reproche.
En Cabeza la Vaca, la presencia judía dejó su rastro en diversas costumbres. Un ejemplo de ello es la práctica de sacrificar el cerdo a las puertas de las casas que se tenía desde antaño, práctica que celebramos desterrada hoy en día. Esta acción se interpreta como una forma de demostrar la plena integración en una comunidad cristiana, ya que, en el judaísmo, el cerdo es considerado un animal impuro.
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