El objeto de esta columna es expresar una reflexión sobre la Iglesia católica, ya que a menudo es actualidad y motivo de fuerte polémica. Mucho de lo que leo sobre la Iglesia católica podríamos afirmar, a mí modo de ver y desde siempre, que es «signo de contradicción». Quiero mostrar con esta columna mi reconocimiento al ingente bien social, tanto en nuestro país, reconocido hace un tiempo por los premios «Príncipe de Asturias», como en los países más pobres de la tierra, donde los misioneros siguen viviendo al lado de los más desfavorecidos, con frecuente riesgo de sus vidas.
Sin embargo, no faltan voces airadas acusando fuertemente a sectores conservadores de la Iglesia, y considero que una crítica constructiva sería de alabar, siempre que sea desprovista de una pasión exacerbada, que nubla la objetividad, pero desgraciadamente las críticas hacia la Iglesia no suelen ser constructivas.
Recordemos que Jesucristo aceptó a todas las clases sociales, sólo fustigó a los hipócritas y vino a traer para todos el mensaje del amor, incluyendo a los enemigos.
Pienso que es abrumador lo positivo que ofrece la Iglesia, especialmente necesaria en estos tiempos en que el materialismo lo invade todo, donde lo espiritual brilla por su ausencia y las jóvenes generaciones se encuentran inmersas en una carencia casi absoluta de valores humanos.
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