| ||||||||||||||||||||||
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un asunto urgente en nuestra sociedad actual, en la cual nos estamos convirtiendo en expertos en señalar las fallas del mundo, exigiendo transformaciones externas permanentemente mientras ignoramos el microcosmos de nuestro propio ser.
Da la impresión que la humildad en la política es un pecado para los cristianos, un error para los demás. Aquí siempre es quién la dice más fuerte, o quién hace más ruido para ser noticia y salir en los medios, y todo por un titular, por unos minutos en los telediarios e informativos. En esta olimpiada del “ego” la batalla por la medalla de oro, en nuestro país, está muy competida.
La demencia es la pérdida de la capacidad de pensar, recordar y razonar a niveles tales que afectan la vida y las actividades diarias. Pérdida progresiva de las realidades cotidianas que interesan al bienestar general de las personas. Como todo en la vida, la demencia, puede llevarse en los genes personales y transferibles.
En épocas anteriores, bastante más normales, por cierto, la importancia de una persona, “por lo que representaba”, se podía deducir por el séquito que le acompañaba. Cuando el séquito se salía de lo normal, la persona en cuestión podía tener varios apellidos: “emperador, dictador, populista, egocentrista”.
El ya desahuciado Pedro “el mediocre” anda que se las pela tratando en su deriva postrera de “repescar” a vetustos políticos de poco pelo (y muchos años rindiéndole pleitesía al plagiador) para que le sigan aplaudiendo vergonzosamente al modo Chino, Ruso o Coreano del Sur, para que le cubran la retirada.
|