Es conocido que los migrantes que ingresan a la península ibérica por el sur, lo hacen a través de las playas, trasponiendo puestos fronterizos o saltando vallas que protegen a ciudades que el Reino de España sostiene como suyas en territorio marroquí, como Ceuta o Melilla. Ninguna de estas vías es factible emplear sin llegar a Marruecos, que representa es al Magreb lo que México es a Centroamérica.
La responsabilidad de Marruecos en este fenómeno es limitado, dado que ha sido siempre una tierra abierta a quien quiera residir en ella, paradigma del islam tolerante y cuyos habitantes han vivido siempre alejados de sentimientos como el chauvinismo o la xenofobia que aquejan a muchos europeos.
Mientras la España de Carlos V y Felipe II sacrificó la prosperidad que no fue de un imperio en el que nunca se ponía el sol, malgastando el oro arrebatado manu militari a los pueblos originarios de América, en empresas inciertas como perseguir al demonio y herejes, Marruecos fue la tierra prometida para judíos, musulmanes y cristianos excomulgados que simplemente cambiaron de orilla. Talentosos intelectuales, artesanos y trabajadores de todas las religiones, encontraron un hogar en la otra orilla del “mare nostrum” romano, contribuyendo a forjar un espléndido acervo cultural con el cual Marruecos maravilla al extranjero hasta el día de hoy.
Tragedias de la cultura como el racismo o el jingoísmo, que con tanta frecuencia resurgen una y otra vez en Europa, están lejos de viciar a la mentalidad marroquí aunque sean intransigentes cuando se trata de defender su integridad territorial.
Hoy el itinerario de la inmigración une Dakar, en Senegal, con Nouadhibo, Mauritania, para seguir hasta la frontera sur de Marruecos. De allí los migrantes, muchos de ellos niños, se dirigen a las principales ciudades marroquíes donde se unen con grandes flujos migratorios de argelinos aquejados por la crisis política y económica de su país, tanto como a marfileños y nigerianos.
Otra ruta pasa por Malí y Argelia para desembocar en Oujda, ciudad fronteriza donde precisamente en septiembre se reunirán intelectuales de todo el mundo para analizar un concepto que Marruecos pretende revalorizar: el de capital inmaterial.
Tanto la seguridad de los países europeos cercanos al Magreb, que a excepción de Marruecos constituyen casi todos criaderos de radicalismo religioso, como el problema de la inmigración, han acentuado la importancia estratégica de Marruecos ante España y sus vecinos.
Tanto es así, que previendo cualquier mala interpretación sobre una gira latinoamericana del presidente español Pedro Sánchez previa al tradicional viaje a Marruecos, la elite gobernante española decidió enviar a la fiesta del Trono a los más importantes referentes del signo que maneja el poder. El ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero y el ex ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos, participaron de la Fiesta Nacional marroquí unas semanas atrás y en sus declaraciones despejaron toda duda al respecto.
Los españoles explicaron que el tradicional primer viaje de su gobernante al Reino de Marruecos no pudo realizarse debido a que este país se encontraba en pleno Ramadán, y el Rey Mohammed VI fuera del Reino.
El gobierno español también abogó recientemente ante la Comisión correspondiente de la Unión Europea, por una mayor ayuda a Marruecos, considerado aliado preferente, y sus líderes reconocieron una vez más que la solución al problema del Sahara solo es factible bajo liderazgo marroquí.
Quienes refutan lo señalado por la historia respecto este anacrónico litigio sin pista de aterrizaje, pronto deberán enfrentarse a realidades mucho más consistentes como las razones económicas, políticas, diplomáticas y de seguridad nacional.
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