A veces uno no sabe muy bien qué hacer con la vida, porque a veces la vida crece y se desborda, se hace gelatinosa y resbaladiza como una medusa. Y duele. Eso piensa Elena —o tal vez solo lo siente, como una sucesión de acordes que acolchan una melodía— cuando ya han pasado los días negros y asciende entre los pinos. Conoce el camino desde niña. Atrás han quedado los últimos chalés. Más arriba, los árboles dejarán paso a la roca. El cielo está nublado. El aire es frío y entra en el cuerpo contundente y redondo. Unas horas antes estaba lloviendo. Elena lo recuerda mientras sigue ascendiendo. Su pulso se acelera con la pendiente, nota el calor del cuerpo, mira las nubes y respira, como un sacrificio a los dioses. Le gustaría ahora ser una cierva blanca y correr con sus patas finas y ligeras sorteando los arbustos, esquivando las piedras, viendo los árboles pasar a su lado como manchas de viento. Aumenta el paso. A sus pies solo hay tierra, granito y algunas hierbecillas que se hacen hueco en las grietas de los peñascos. Sabe que la cumbre está cerca. Camina aún más rápido, pero un momento antes de alcanzar la cumbre, se detiene. Tan solo unos metros la separan de la cima del monte. Respira profundamente el aire verde. Huele a tierra mojada. Tal vez sea el mejor olor del mundo, piensa. Arriba, las nubes grises; abajo, piedra. Bajo sus pies algo late, infinito, rítmico, ajeno al dolor y a la alegría.
Ya en la cumbre, a los labios de Elena asoma una sonrisa. Es la vida, piensa, nada más; la vida, que sigue.
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