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Yo también quise ser Valdez

Si él aparecía, pasaban cosas, brotaban esas chispas que embellecen ese espectáculo incomparable que es el fútbol
Herme Cerezo
jueves, 27 de febrero de 2025, 10:22 h (CET)

Sí, yo también quise ser Valdez. Los de mi generación queríamos ser Valdez. Todos, sin excepción. Jugar como él, driblar como él, chutar como él. Óscar Rubén Valdez Ferrero llegó al Valencia C.F., procedente del Platense argentino, en un momento importante, la temporada 1970-71, legendaria con el paso del tiempo. Fue el año en que Di Stéfano revolucionó la capital del Túria con la ayuda de sus «ches». Se armó un plantel de gente joven, con hambre, apoyado en un puñado de veteranos curtidos, avalados por el pedigree que otorgaba el título de Copa conseguido en 1967 y un subcampeonato en ese mismo torneo de la temporada 1969-70. Fue en el seno de ese grupo donde aterrizó Valdez, la guinda brillante de aquel pastel insospechado. Era la época de los oriundos, donde los clubes de la liga española inscribían en sus plantillas a jugadores sudamericanos con raíces hispánicas. Una puerta abierta, tan válida como cualquier otra, para que los equipos reforzasen sus escuadras para competir en Europa con mayores garantías, pues los resultados obtenidos durante los últimos años habían dejado mucho que desear, ya que sus rivales continentales alineaban extranjeros con absoluta normalidad. Valdez, me desayuno ahora, vivió un par de meses alojado en un hotel de la localidad de Chiva, mientras se ultimaba el papeleo que permitiese su fichaje. La primera vez que le vi jugar fue contra el Málaga en Mestalla. Cuajó una buena actuación, incluso pudo marcar, pero Deusto, el portero visitante, le amargó la tarde. Sólo Forment pudo batirle en una única, y suficiente, ocasión de gol. Pero Valdez había debutado una semana antes. Fue en Gijón, frente al Sporting, en un partido en el que la prensa dijo de él que «despachó un segundo tiempo verdaderamente magnífico. Dribla muy bien, toca la pelota excelentemente, es rápido y ve la jugada». No se podía pedir más.


Los que nos arracimábamos entonces sobre las barras blancas en las gradas de general de pie, familiarmente, comenzamos a llamarle «El Indio». Pero que nadie busque en este apelativo una intención racista o de menosprecio. Todo lo contrario. Habituados como estábamos a las películas que mostraban a los pieles rojas como seres taimados, a los que los cuchillos largos del ejército federal metían en cintura con facilidad, poco a poco descubrimos que los chiricaguas, sioux y otros apaches eran tipos valientes e inteligentes, capaces de tender emboscadas a los casacas azules. La palabra astucia era el término que mejor les definía. Y en nuestra opinión, ésa era la principal cualidad de Valdez: la astucia. Valdez era un jugador astuto, muy astuto. Listo. De ahí lo de «El Indio», aunque en su tierra natal – con un palabro cuyo sentido no termino de entender bien – le apodaban «cachín». Como el periodista Paco Lloret señaló recientemente, en ocasiones parecía que Valdez no estaba en el campo e, inopinadamente, despertaba para orquestar una genialidad, que siempre desembocaba en algo provechoso para los merengues. Si él aparecía, pasaban cosas, brotaban esas chispas que embellecen ese espectáculo incomparable que es el fútbol. «El Indio» tenía esa chispa, la habilidad del prestidigitador, el zigzag de las ardillas y la velocidad de un galgo. Un cóctel letal para sus rivales, sazonado con un disparo potente y certero, como pueden atestiguar García Remón, en aquella inolvidable semifinal de Copa en Mestalla, o el mismísimo Iríbar a quien le marcó un gol inverosímil el año del título liguero.


Disfrutó Valdez de sus tardes de gloria. En el Nou Camp, con golazo a Sadurní; en Mestalla frente al Castellón, al que endosó cuatro goles de una tacada; en la ya citada semifinal copera contra el Real Madrid, a la que por cierto asistí enfermo y abrigado hasta las cejas. Aunque nunca fue un goleador nato (marcó 67 tantos en un total de 241 partidos jugados de blanco), lo que importaba era su presencia sobre el césped, contemplar su imagen atenta al juego, sus medias tobilleras y la cabellera al viento cuando arrancaba a correr por la banda izquierda. Compartió vestuario con jugadores de primer nivel como Claramunt, Paquito, Keita, Rep, Forment, Kempes, Kurt Jara, Felman, Quino, Sol… A punto estuvo de firmar por el Barça, pero al final no se dio. En sus últimos coletazos por las canchas, se enroló en el Castellón por un tiempo breve para colgar después las botas en el Kimberley del Mar del Plata. Jugó en la selección española 9 partidos, sumando 5 goles. En su debut frente a Uruguay, donde marcó, le correspondió enfrentarse con otro mito del valencianismo futbolístico: Víctor Espárrago. Como entrenador no tuvo tanta fortuna, pero su vida quedó ligada al fútbol para siempre como formador de jugadores. Y ni que decir tiene que echó raíces en València, la tierra que le vio triunfar, que le admiró profundamente y donde vivió hasta el final. El 16 de febrero de 2025 falleció Óscar Rubén Valdez Ferrero, tras una prolongada enfermedad. Tantos años después de verle jugar en Mestalla, aún sigo pensando que yo también quise ser Valdez, yo también quise ser «El Indio». Aunque no fuera zurdo como él. 

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