En el contexto actual de tambores de guerra, desconozco si de este lado se la prefiere o no a la paz. Me viene al recuerdo “Elogio de la locura”, la obra que Erasmo pergeñó a principios del siglo XVI, hace ya más de quinientos años. La traducción textual sería “elogio de la estupidez”, aunque, sea como sea, no es fácil desentrañar las intenciones de su autor al escribirla. Se la ha caracterizado como sátira social y se trata, en todo caso, de un texto irónico en el que la locura y la estulticia son glosadas de manera entre críptica y festiva. La obra está repleta de dobles o triples significados. Y parece que se refiere a que tanto los prelados como el vulgo están atrapados en una suerte de necedad, en un vivir en el mundo de las apariencias, aunque ello, la ignorancia, les hace, en el fondo, más felices. Tal vez como a nosotros mismos en este presente que nos ha tocado. Afirma Erasmo, entre otras cosas, que “la paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa” y, asimismo, que “en la guerra, para vengar la afrenta de unos pocos y a veces de uno solo, afligimos cruelmente a tantos miles de hombres que no se lo merecen.” Ahí lo dejo, vista la tendencia creciente a considerar que la guerra pueda ser mejor que la paz.
Todos se apuran, de pronto, a posicionarse para salir en el lado correcto de la foto, que es lo importante. Han tocado a rebato y observamos lo que no creímos que llegáramos a observar. Consideró Carl van Clausewitz a la guerra como “la continuación de la política por otros medios”; se trataría, al parecer, de utilizar la fuerza militar para obtener objetivos políticos. Lo teníamos olvidado, en Europa, y la frase sonaba a letanía del pasado. Quizá pensábamos que somos demasiado civilizados para que volviera a suceder, pero la civilización nunca impidió la guerra, sino que, por el contrario, como observó Gustavo Bueno, “la guerra es característica de la civilización”. Tucídides, que historió la guerra del Peloponeso allá por el siglo V antes de Cristo, entendió que la misma fue resultado del temor al avance del otro, Atenas en ese caso.
Y así, lo que está ocurriendo con gobiernos de por acá, e incluso con una porción significativa de ciudadanos, según encuestas, subidos al carro militar cuando no belicista, nos aleja de lo que veníamos siendo. Igual vivíamos una ficción, como parque temático de la democracia, la paz y la tolerancia que éramos, y que ya no sé si seguimos siendo, mientras mirábamos y valorábamos, desde la superioridad moral, los embates castrenses de otros, como la potencia hegemónica cuando desenterraba los cañones para conseguir sus fines o desbaratar los de otros. Y, ahora, nos vemos de pronto solos y desamparados, sintiendo un temor, como el consignado por Tucídides, hacia la expansión de un enemigo próximo y delimitado. No es nada nuevo y ya sucedió antes.
El uso del miedo está bien documentado. En “La falsedad en tiempos de guerra” (1928), Lord Ponsonby, político y diplomático británico, denigraba las mentiras propagandísticas urdidas en torno a la Primera Guerra Mundial. El libro, un verdadero clásico en el mundo anglosajón, desbarataba las acusaciones más notorias lanzadas contra los otros para justificar las guerras. Utilizaba, en la argumentación, casos concretos de las mentiras sobre los alemanes, como la «fábrica de cadáveres» donde se extraían aceites a partir de los cuerpos de los soldados muertos, o como el hundimiento del crucero de pasajeros Lusitania, amén de toda una enumeración de propagandas fraudulentas y mentiras de gobiernos y parlamentos, en forma de informes manipulados, fotografías falsas y noticias prefabricadas, todo ello en apoyo de la conocida afirmación acerca de cómo “cuando estalla la guerra, la primera víctima es la verdad”.
Y en guerra estamos. Y no sabe uno hacia donde orientarse. Los girasoles lo hacen hacia el sol, y una parte considerable de ciudadanos giran, en cada momento, hacia el sol que les calienta, según ideología o intereses. Pero, en guerra, uno se atenaza y no encuentra nada seguro. Opinemos y tomemos posición si es necesario, pero, por si acaso, seamos cautos.
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