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Etiquetas | Humanidades | Educación

El asesinato silencioso de la actitud crítica

La progresiva merma de peso de las Humanidades en el curriculo formativo deja desatendidos el aprendizaje de habilidades comunicativas, analíticas y plásticas como la expresión literaria, la actitud crítica, el análisis discursivo y la sensibilidad artística
Jesús Portillo Fernández
lunes, 24 de abril de 2017, 00:00 h (CET)
¿Nadie piensa hacer nada por las humanidades? ¿De verdad os han convencido de que no aportan nada realmente valioso a la sociedad? ¿Serán suficientes los contables, los administrativos, los empresarios y los comerciales para mantener el patrimonio cultural? Recordaré el secreto a voces que no conviene a nuestros dirigentes: “controla el plan de estudios de los niños de hoy y tendrás asegurado un punto de vista determinado en los votantes de mañana”. Han hecho desaparecer la literatura de bachillerato y a la filosofía le han ido restando horas e importancia hasta que la han sacado de la fase general de la EBAU; siendo solo opción para los bachilleratos de Sociales y Humanidades, como si no fuera una materia de interés para Ciencias Tecnológicas y Ciencias Salud. ¿Quién planteará debates sobre el sentido de la vida, el compromiso social, la dimensión artística del ser humano y el gobierno de la ciudadanía? La respuesta es “nadie”. Sin horas en las aulas para fomentar el espíritu crítico y la sensibilidad artístico-literaria, para pensar la regulación del tiempo que invertimos al ocio y al negocio, para analizar las opciones de gobierno y funcionamiento de éste, para escapar y expresarse mediante la poesía; ¿qué se espera de las futuras generaciones? Sencillamente, que sean dóciles y manipulables.

A cambio nos agasajarán con más entretenimiento, garantizarán nuestra seguridad a cambio de sumisión, intentarán confundir “diversidad” y “perjudicial”, simplificarán y querrán hacer ver que la pluralidad es algo peligroso. Las humanidades sobran en las aulas para aquellos que ven solo un negocio en el mundo, habiendo lugar y siendo importantes todas las disciplinas. Si creen que exagero échele un vistazo a la LOMCE e incluso a los libros de Historia de editoriales conservadoras, las cuales plantean la privatización de servicios básicos y universales, garantizados teóricamente por nuestra Constitución, como la educación, la sanidad, la justicia y las pensiones como un medio para hacer sostenible el Estado. ¿Cómo aprenderán a apreciar la manipulación mediática si no contrastan ni analizan lo que leen? ¿Cómo serán capaces de diferenciar la opinión de la información, si no tienen formación suficiente para distinguir las otras opciones que no conocen? Y la pregunta más básica: ¿quién creará hábito de lectura si no se hace desde casa? Desgraciadamente, cada vez se lee menos y se consume más audiovisual, un formato completo que tiene el inconveniente de darlo todo hecho y no ejercitar la imaginación.

¿Estarán preparados nuestros jóvenes cuando tengan que votar para decidir en primera persona o se dejarán llevar por la decisión heredada? ¿Sabrán las formas que tienen para defenderse o seguirán anestesiados esperando un cambio que no llega? Para aquellos que no lo sepan, el gobierno eliminó Ética de secundaria, una asignatura fundamental para estar al tanto de los problemas sociales más comunes como el clasismo, el racismo, la xenofobia, la intolerancia religiosa, la homofobia, etc. Era una materia que enseñaba a los alumnos los documentos que sirven de marco legal a nuestras leyes, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y las formas de adhesión; las diferentes formas de gobierno, las instituciones civiles y políticas, la importancia de la independencia y la división entre poderes, el valor de la educación, el cultivo de la tolerancia en sociedades multiculturales, la relativización de perspectivas y sobre todo los límites de la acción y el lenguaje. ¿Cómo sabrán cuáles son sus derechos y cómo defenderlos? Es fundamental que nuestros jóvenes sepan qué es la seguridad jurídica, qué es el “habeas corpus”, qué valor tiene la manifestación pública y el derecho a la huelga (siempre pacífica y claramente organizada). ¿No interesa que nuestros jóvenes sepan que es la “desobediencia civil”, la diferencia entre “legalidad” y “legitimidad”, la importancia del cumplimiento de la ley y la vigilancia de los poderes públicos?

Aprendiendo a analizar el discurso, aprenden a analizar las intenciones, a anticiparse a acontecimientos potencialmente hostiles, a proponer y expresar correctamente alternativas. Y desde el plano personal, ¿serán capaces de expresar sus ideas con un vocabulario pobre o bastarán las letras de la música comercial? No parece muy fiable la esperanza de que la gente se interese por temas que no conoce, se pregunte por el punto de vista del otro, se apiade de realidades a las que no tiene acceso y se preocupe por hacer que el mundo sea mejor.

¿Y qué hacemos con Historia? La versión que los niños tendrán como verdadera de lo que sucedió, la herramienta que moldea la cosmovisión de una generación. ¿Qué papel juega actualmente el estudio de la historia contemporánea y reciente? Muchos no saben qué modelo de organización territorial y política tiene nuestro país, qué importancia tienen los estatutos y cómo cambiarlos, porqué utilizamos la ley D'Hondt y no un sistema de voto por persona, cómo se transmite y normaliza la corrupción en la sociedad civil. Las humanidades juegan un valioso papel en la construcción de la ciudadanía, porque, al fin y al cabo, es la soberana de la nación, la dueña de las decisiones que deben escoger y quitar a sus representantes políticos. La producción de las humanidades no es material, es fundamental, ideológica y creativa; constituye la superstructura de la cultura, los andamios de la comunicación y de la comprensión de la población.

Cada vez que alguien lee un buen libro viaja a otro lugar, conoce a gente nueva, experimenta emociones, aprende lecciones y, sobre todo, descubre que su punto de vista no es la verdad, sino una perspectiva de muchas que debe hacer compatible con la de los demás: aprende a ser tolerante. “La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta” (André Maurois).

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En el contexto actual de tambores de guerra, desconozco si de este lado se la prefiere o no a la paz. Me viene al recuerdo “Elogio de la locura”, la obra que Erasmo pergeñó a principios del siglo XVI, hace ya más de quinientos años. La traducción textual sería “elogio de la estupidez”, aunque, sea como sea, no es fácil desentrañar las intenciones de su autor al escribirla.

Con la historia suele ocurrir como con otras muchas entidades, menudean los intentos de servirse de sus propiedades sin miramientos; aunque progresivamente se comprueba su complejidad y su desvirtuación cuando se la quiere manejar caprichosamente.

Con la actualidad en la mano, convendría templar el ambiente y evitar dejarse llevar por el siempre tentador camino de las emociones, con sus “pásalo” y sus típicas espontaneidades. Nadie tiene la obligación de sentir simpatías por éste o por cualquier otro Gobierno, pero la justicia y la verdad, grandes palabras que ahora son ingredientes de todas las salsas, no tienen nada que ver con los afectos y desafectos.

 
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