| ||||||||||||||||||||||
La clemente voz suele pasar desapercibida, porque las fuerzas que actúan no son las económicas y políticas, sino las morales y espirituales. Está visto que nos hemos confundido de ruta. El desamparo suele dejarnos sin palabras, es lo que presenciamos por todos los rincones de la humanidad; mientras la crisis humanitaria, las enfermedades acrecentadas por desigualdades tremendas y por doctrinas que esclavizan, se dan la mano cebándose con la población más débil.
El actual momento que vivimos nos interroga continuamente para tomar otro rumbo, ya no sólo en cuanto a las modalidades de producción y consumo insostenibles, sino también en relación a un compromiso mundial y solidario, que ponga en el centro la dignidad humana y el bien colectivo.
El que sufre tiene retentiva y recuerda a esas gentes de bien, que trabajan al servicio de la causa por la concordia, hasta dejarse su propia vida en esta misión. Desde luego, el mayor homenaje que podemos rendirles es volcarnos en proseguir con su labor de entrega y generosidad, en un mundo cada día más feroz y deshumanizado.
En un mundo en permanente cambio, nos alienta el bosque de las palabras, la orquestación de su mística y el colorido de las armónicas miradas; al tiempo que nos alimenta, asimismo, la persistente renovación de la savia. Esto nos demanda, el activo de un sincero diálogo entre latidos variados, la buena vecindad de los pulsos y el espíritu reconciliador en escena.
Lo horrible de esta tierra son nuestras contrariedades. Necesitamos sentirnos solidarios y despertar sin egoísmos, para sustentarse y sostenerse armónicamente, como una indivisa familia con multitud de hogares, deseosos de participar su calor viviente. Ese entusiasmo gozoso por el bienestar es el que nos da consistencia, que no está tanto en las personas adultas, como en los niños y en los ancianos.
Cada uno de nosotros, sólo será justo en la medida en que haga sus labores de desapego, porque nuestra víscera egoísta perennemente está apegada a la deslealtad, dentro de una atmósfera adherida al odio, a la venganza, a los rencores. Por desgracia, cualquiera hemos presenciado la destrucción de vínculos hogareños, que nos revuelven por dentro, pero que ahí suelen estar, pasando de una generación a otra.
Nunca viene mal, tanto para creyentes como no practicantes, activar en nosotros el itinerario cuaresmal de cuarenta días, al menos para tomar una cognición más nívea y reflexiva, sobre nuestra propia historia por aquí abajo; máxime en un momento de tantos endiosamientos mundanos, con su siembra de mentiras y maldades.
Nuestro mundo atraviesa un periodo de fuertes turbulencias, que se reflejan en un aluvión de violencias sin escrúpulo alguno, que nos dividen y nos esclavizan como jamás. Ante esta grave, gravísima situación global, tenemos que apostar por el vital reconstituyente de la unidad, de rehacernos con la cura terapéutica de la clemencia.
Hoy, más que nunca, se percibe por todo el orbe que la humanidad requiere curación. Nuestras propias pulsaciones vivientes están necesitadas de un espíritu nuevo, con un estilo distinto. No para cambiarlo todo, pero sí para mejorarlo. De ahí que debamos trabajar unidos, a fin de asegurarnos que la savia florezca conjuntamente, purificados de la hipocresía de las apariencias.
Nos merecemos un cambio de actitud, o sea, de corazón. Nadie puede sentirse dominado por nadie. El hecho de que exista una minoría privilegiada, es deshumanizador por completo, fruto de una inmoralidad que nos daña el propio tronco humanitario. Estamos aquí para protegernos unos a otros.
El vínculo más patente es que todos cohabitamos en este planeta, bajo el mismo aire e idéntico techo, hasta que la muerte nos alcance el manchado cuerpo. En consecuencia, nuestra gran asignatura pendiente, radica en no romper los armónicos lazos que nos unen como humanidad; y, por ende, como familia.
Nos hemos globalizado. Ahora nos resta continuar uniendo pulsos, haciendo camino, despojándonos de intereses egoístas, entregarnos a una transición ecuánime, donde nadie se sienta excluido. Esto requiere de un níveo aliento por parte de todos, que es lo que entrelaza la sostenibilidad medioambiental con la justicia social, lo que garantiza el cambio sereno, con la creación de empleo y fuertes medidas de protección social.
Todo en esta vida se supedita a vincularse y a relacionarse. Además, somos gente en exploración continua, lo que nos demanda a estimular la responsabilidad en las acciones. La innata disposición del humano ser a desplazarse, se ha visto impulsada por su papel en el desarrollo económico, pero también desempeña un rol fundamental en el fomento de la concordia.
Tenemos que bajarnos de la nube del egoísmo para ver con nuestros propios ojos la esclavitud que nos hemos forjado de nuestro propio itinerario viviente, por el que transitamos faltos de libertad y con las mayores injusticias sembradas. Ojalá aprendiéramos a mirarnos con los ojos claros de ese amor universal, vinculo primordial para fraternizarnos.
El extremismo violento es una ofensa a los proyectos y fundamentos que nos fraternizan. Globalmente, socava la concordia entre análogos y quebranta, tanto los derechos naturales e innatos, como el proceso sostenible y humanitario. Por consiguiente, es un fenómeno cruel descomunal, que nos deshumaniza por completo y nos deja sin esperanza alguna.
Somos un inédito soplo de vida, la pulsación de un verso en camino, deseoso de reencontrarse con el edén. Ante esta realidad, no podemos continuar envenenándonos, hemos de forjar otros fueros más níveos, al menos para acrecentar la pureza del ser, manteniendo nítida la propia aura que respiramos, con sus consabidas percusiones anímicas.
Con carácter exclusivo, el materialismo y la enemistad tienen intereses egoístas, que nos repelen y nos impiden fraternizarnos. El odio sí que tiene patria vengativa; no obstante, el amor verdadero, todo lo universaliza con el lenguaje de la voluntad. A los moradores de este planeta, precisamente, lo que nos falta es ese reencuentro con nosotros mismos, para descubrir los valores comunes compartidos por toda la humanidad.
Esta naturaleza herida requiere sanación; el árbol de la vida hay que sustentarlo entre todos y sostenerlo con abecedarios de concordia, antes de que las desavenencias nos rompan los vínculos fraternos y el odio se avive por todas partes, disuadiendo cualquier esperanza viviente que nace del amor y se funda en el amar.
Latido a latido es como se progresa, abrazados a la existencia y sembrando poemas, no penas, que todo despertar de cada día tiene su encanto, tampoco lo destrocemos. Cualquiera, en esta supervivencia diaria, requiere de nuestros pulsos en comunión y en comunidad.
El mundo no puede parcelarse anímicamente entre análogos. Necesitamos sumar pulsos, sentirnos arropados mutuamente. Sólo hay que ver que el orbe vive más tiempo, más sano y tal vez un poco más radiante, gracias a las organizaciones internacionales, en este caso a merced de la Organización Mundial de Salud.
|