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Como la casa de uno...

Con frecuencia recuerdo la anécdota que me contó un amigo cura sobre el amor a “nuestras cosas”
Manuel Montes Cleries
miércoles, 29 de septiembre de 2021, 11:54 h (CET)

La autoría de este sucedido se la atribuyen diversas personas. Es más dudo hasta que sea cierta. “Ma si non e vero, e ben trovato”, Se trata de aquél pobre hombre que se estaba muriendo en una chabola paupérrima. El sacerdote que le atendía le estaba preparando para la llegada a la casa del Padre. Le anunciaba que sería un lugar maravilloso y deseable. El hombre se defendía diciendo “como la casa de uno no hay na” mientras miraba a su alrededor.

   

Este sucedido ha venido a mi memoria contemplando las duras imágenes de los Palmeros llorando ante la destrucción de sus domicilios por la erupción volcánica. Se me ha partido el corazón observando como personas con rostros esculpidos por el sol y el trabajo en los campos, asistían con terror a la desaparición de sus terruños, más o menos buenos… pero que son los suyos.

   

El pensamiento subsiguiente, producido por esta terrible catástrofe, se me ha presentado ante la pregunta que se han planteado los sufridos canarios. ¿Qué intentaríamos salvar primero ante esta situación?

    

Mi planteamiento ha sido inmediato. No me gusta renunciar a nada de lo antiguo. Mentalmente soy una especie de Diógenes al que le gustaría conservar todo lo que ha pasado por sus manos. Disfruto extraordinariamente cuando vuelvo a contemplar una vieja foto, leer un trasnochado libro, ver una película de mi infancia o encontrarme con alguien con quien compartir los recuerdos.

    

Me he despedido de mis viejos vehículos con una pena que apenas pudo mitigar la presencia del nuevo. Me paso casi todo el invierno enfundado en un viejo jersey que conservo desde hace más de treinta años. Estoy totalmente enamorado de mi anciano portátil que tiene las mismas aplicaciones desde hace décadas. Sigo viendo Saber Ganar con Jordi Hurtado o las viejas películas de 13 TV.

    

Lo de la casa es todavía más notable. Vivo en la misma casa y duermo en la misma cama desde hace más de cuarenta años. Se me ha quedado bastante grande tras el vuelo de mis hijos a su propio hogar. Ante cualquier insinuación de mudarnos me atrinchero en mi castillo y me niego en rotundo a abandonar mi santo santorum.

     

En los encuentros fuera de mi domicilio, acostumbro a sentarme en el mismo sitio en el templo, el autobús, el restaurante o el cine. Voy al mismo peluquero, etc. En fin, soy un animal de costumbres.

     

Pienso que estas “manías” no son malas. La personalidad se nutre del hombre y de sus circunstancias. Creo que el cambiar por cambiar es innecesario. A nuestra provecta edad es básico conservar nuestro entorno.

     

Por todo ello comprendo el sufrimiento de los habitantes de esa bellísima isla de La Palma. Les darán nuevas casas, tendrán preciosos muebles de Ikea, pero seguirán añorando su silla de anea, la vieja cama donde nacieron sus hijos y esa palmera que planto y cuidó con mimo durante muchos años. Me solidarizo con su sentimiento. Como la casa de uno…

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