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​Picanya

Emmanuel Rueda Girondo, Vigo
Lectores
miércoles, 20 de noviembre de 2024, 13:24 h (CET)

Alfalfar. En una nave industrial un niño flota sobre el agua que penetra por todas partes. Catarroja. Una mujer se salva de la riada agarrándose con toda su vida a una sábana anudada. Picanya. Decenas de coches yacen torcidos y peleados entre sí en posturas imposibles. Entre las chapas no cabe ni un alfiler. La crecida del barranco de Picanya se ha llevado la vida de muchas casas. Se ven trozos de paredes que fueron blancas. Restos de fachadas que fueron amarillas o rojas. Valencia. Cientos de voluntarios caminan sobre los puentes portando cepillos como soldados en guerra. No sé cuántos mundos tendremos que destruir para que un niño vuelva a flotar en una maleta en Alfalfar. Cuánto seguiremos contaminando para que una mujer se agarre a una sábana en Catarroja. Quizás la próxima no halla sábana blanca. Cuánta basura tenemos que seguir expulsando para que las casas no que queden sin vida en Picanya. Cuánto humo echaremos a la atmósfera hasta que nos demos cuenta de que no habrá más maletas ni sábanas blancas.

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Dice mi hija Anapi que cuento en estas páginas todo lo que me pasa. En parte lleva razón. Hace muchos años que quedó grabada en mi mente la frase del Evangelio de San Lucas que dice: “de la abundancia del corazón, habla la boca”. A lo largo del día mi mente se va llenando de ideas y de sensaciones, que se suceden de forma que, apenas has digerido una, aparece otra. De eso es de lo que escribo.

Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa –hace 17 años que nuestros sueldos no se actualizan con el IPC, las ratios siguen siendo elevadas, se prioriza la inversión en la enseñanza concertada frente a la pública…– y porque, a pesar de que no soy muy optimista, necesito convencerme de que las cosas pueden mejorar.

El objeto de esta columna es expresar una reflexión sobre la Iglesia católica, ya que a menudo es actualidad y motivo de fuerte polémica. Mucho de lo que leo sobre la Iglesia católica podríamos afirmar, a mí modo de ver y desde siempre, que es «signo de contradicción».

 
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