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Obsolescencia sindical

​Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa
Manuel Rebollar Barro
jueves, 3 de abril de 2025, 10:25 h (CET)

Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa –hace 17 años que nuestros sueldos no se actualizan con el IPC, las ratios siguen siendo elevadas, se prioriza la inversión en la enseñanza concertada frente a la pública…– y porque, a pesar de que no soy muy optimista, necesito convencerme de que las cosas pueden mejorar.


Da la sensación de que los sindicatos no se hubieran enterado de que el mundo ha cambiado y de que las fórmulas que funcionaban en el siglo XX han dejado de ser efectivas en la actualidad. A veces, cuando escucho la manera de dirigirse a nosotros, con ese léxico repleto de anacronismos, me acuerdo de Fernando Esteso y su participación hace un par de años en el programa de televisión No sé de qué me hablas, donde el actor cómico de los 70 se comportó con la presentadora, Inés Hernand, como cuando mostraba sus artes de seducción en aquellas, desde la distancia, casposas películas, dirigiéndose a ella con una serie de piropos regresados de otra época, haciéndole ojitos y evidenciando que su evolución se había detenido en algún punto del milenio pasado y que no sabía la realidad del nuevo mundo que habitaba. Lo peor es que, al igual que con el “piquito” de Rubiales, Esteso no comprendió lo extemporáneo de lo realizado hasta que alguien se lo recriminó, y solo entonces fue cuando pidió disculpas.


Y tal vez sea ese el problema, que no hay nadie dentro de los sindicatos que les haga ver que el mundo que logró todos los avances que tenemos en la actualidad gracias a la lucha sindical ya no existe, que estamos en otro escenario, y que una huelga tiene sentido cuando se genera un problema irresoluble en el organismo de poder, pero nuestra huelga solo tendrá un perjudicado: nosotros mismos. La opinión pública seguirá pensando que somos unos privilegiados que solo queremos más dinero y vacaciones; los chavales estarán encantados porque será un día sin clase; los padres podrán depositar a sus hijos como siempre en el centro y seguir su jornada; la Administración ahorrará los más de cien euros de penalización por docente que secunde la huelga y dirá en los medios afines que la huelga ha sido un fracaso;… y nosotros, mañana, regresaremos a clase con la sensación de que, aun teniendo razón, las cosas deben cambiar, también en la manera de mostrar nuestras reivindicaciones.


La huelga de un solo día es un saludo al sol cuando lo que se pretende es ser práctico. Educación no puede tratarse como una huelga de transportes que puede paralizar una ciudad con sus consecuencias. Es preciso visibilizar nuestra realidad de otra manera para que el impacto de nuestra medida provoque un conflicto que despierte, por fin, a toda la comunidad educativa. Los sindicatos siguen siendo necesarios, pero en su versión 2.0.


Haré la huelga por principios. No por el nudo. Ni por el desenlace.

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Hoy, en Cantabria, hay convocada una huelga en la educación pública. La secundaré por principios, porque la reivindicación es justa –hace 17 años que nuestros sueldos no se actualizan con el IPC, las ratios siguen siendo elevadas, se prioriza la inversión en la enseñanza concertada frente a la pública…– y porque, a pesar de que no soy muy optimista, necesito convencerme de que las cosas pueden mejorar.

El objeto de esta columna es expresar una reflexión sobre la Iglesia católica, ya que a menudo es actualidad y motivo de fuerte polémica. Mucho de lo que leo sobre la Iglesia católica podríamos afirmar, a mí modo de ver y desde siempre, que es «signo de contradicción».

Nos hemos globalizado y, eso, está muy bien; ahora nos falta sustentarnos en el verdadero amor, conocedores de que el espíritu fraterno, es lo que nos obliga a desvivirnos por vivir la acción colectiva, como fuerza orientadora para lograr la concordia, desde el abecedario del respeto mutuo y el lenguaje de la tolerancia.

 
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