En los inicios del nuevo año, camino de la Epifanía, emprendo una relectura de Karel Capek, padre de la palabra “Robot” en su obra “R.U.R”, designando así, ya en 1920, hace más de cien años, mediante el acrónimo del título, a las máquinas humanoides por él ideadas, mucho antes de que acuñásemos el sintagma Inteligencia Artificial o de que a nadie se le ocurriese hablar de transhumanismo.
Pero no es esa la ficción de Capek que releo estos días, sino “La guerra de las salamandras”, muy a propósito para la terapia del presente, de gran éxito en su momento y susceptible de interpretaciones varias. Antes de nada, hay que decir que el autor presentó, en 1937, una obra teatral cuyo argumento giraba en torno a una curiosa peste proveniente de China que afectaba, sobre todo, a las personas mayores y que se difundía con rapidez por todo el mundo, lo que resulta tan sorprendente como inquietante y nos hace propensos a tomar en serio todo lo que dejó escrito. Un año antes de semejante precognición literaria, se publicaba La guerra de las salamandras. Su caldo de cultivo es sin duda el de los años previos a la Segunda Guerra Mundial, con el nazismo y el comunismo soviético marcando el día a día de Europa y del orbe entero.
Recuerdo el argumento: se descubre que una remota isla está habitada por salamandras de un tamaño parecido al de un niño de diez años, que exhiben gran capacidad de aprendizaje; los gobiernos acaban por advertir que poseen una vigorosa fuerza de trabajo, que acaba siendo utilizada para construcciones submarinas, ampliación de continentes y modernización de los ejércitos. Pero el colectivo de las salamandras se va haciendo consciente de su poder, y acaba por constituir una amenaza turbadora para la especie humana.
¿Quiénes son, o qué significan, esas salamandras humanoides, utilizadas primero como mano de obra barata y fuente de problemas más tarde? Las interpretaciones han sido variadas: por el contexto, se las ha calificado como metáfora del ascenso del nazismo, o del totalitarismo en general, incluido el comunismo, pero la sátira va, o eso creo, mucho más lejos. En una reseña se afirma su carácter de “sátira prometeica en la que, con un sentido del humor memorable, la cortedad de miras de políticos y hombres de negocios conduce a uno de los apocalipsis más delirantes que se han imaginado jamás” (1).
Lo de la cortedad de miras me parece definidor. Es decir, aparte de las valoraciones o exégesis del relato en su contexto histórico, harto significativo, hay algo más genérico, más universal y aplicable a cualquier tiempo y lugar. Todos, en la dramatización, van al unísono en relación con las salamandras (prensa, empresarios, políticos y demás) en un batiburrillo de hechos e informaciones sin análisis ni raciocinio, casi sin voces discordantes reconocidas o reconocibles, sin visiones más allá de cada uno de los momentos, con el cortoplacismo como guía y faro.
Podríamos elucubrar acerca de aquello que, hogaño, presumiéramos como el equivalente alegórico de aquellas salamandras en estos días sin brújula o con una que, marcando un camino aparentemente planificado de antemano, no deja de constituir un ejemplo de la aludida cortedad de miras, no incompatible con conspiraciones u hojas de ruta, pero que, en todo caso, impide ver lo que hay al otro lado. Ya sé que no es fácil la interpretación, y Kapek no quiso que lo fuera, evitando mensajes simples e identificables desde el punto de vista ideológico o moral.
La moraleja, si es que existe, se centra en mirar más allá de las salamandras y de no correr todos, en el sentido figurado, hacia no se sabe dónde, como pollos sin cabeza del devenir político y social. Igual es necesario valorar, de una vez por todas, la costumbre de recapacitar, es decir, de examinar con cuidado antes de actuar o efectuar dictamen, o sea, de pensar en el sentido literal del término. Que no es fácil ni supone una práctica que cotice al alza. A los hechos de nuestro presente me remito.
1. https://gigamesh.com/gigamesh/la-guerra-de-las-salamandras/
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