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​Cabeza, espíritu, mitos y trascendencia

Las leyendas son mucho más que relatos, son mapas emocionales, conceptuales, que conectan a las personas con su tierra y su historia, con su ser, terrenal y espiritual
María del Carmen Calderón Berrocal
sábado, 15 de febrero de 2025, 12:59 h (CET)

I. La cabeza, punto de unión entre lo que somos y lo que verdaderamente somos


Es en el encéfalo, bajo la bóveda del cráneo, donde late el último resquicio de humanidad y cordura, es el centro de mando más extraordinario de la naturaleza, un teatro sin telón, donde se representa, día tras día, la película que muestra todas las emociones posibles, tanto las más sublimes y espirituales, como las más carnales y prosaicas. Ahí está todo lo que somos, pensamos, sentimos y es gestionado con gran precisión, hasta que algo falla y el mecanismo empieza a ser defectuoso. Cuando se descompone el delicado equilibrio del encéfalo, lo que era un prodigio se convierte en una tormenta precipitando chuzos de punta.


La medicina como ciencia emerge como un faro en la tormenta de la ignorancia que lleva siglos descifrando las consecuencias de estos desajustes que, a veces, bautiza con nombres como Huntington, Alzheimer, Parkinson, ELA…, para designar enfermedades que devoran las neuronas como polillas a un mantel guardado en un arcón, dejando tras de sí confusión, impotencia y dolor. No son males nuevos, pero sí alrededor de ellos se han realizado descubrimientos contemporáneos.


Desde el principio de los tiempos, la cabeza, con su complejidad, ha sido símbolo y necesidad, el bastión de lo humano frente al caos. No es solo una cuestión de anatomía o salud, sino que desde el principio el hombre advierte que la cabeza era algo más que un hueso redondo que contenía el cerebro. Era un cuadro de mandos, una metáfora, un faro, un líder, algo que está “por encima de” y que “conecta con” lo que somos en realidad, aquello que se ha adaptado al vehículo que es el cuerpo, el vehículo que le permite al ser, a lo que realmente somos, andar e interactuar en este mundo tal y como lo conocemos.


Es algo superior que nos ayuda a discernir entre el bien y el mal, o que, -al menos-, nos puede ofrecer consejos para elegir las reglas más útiles, el camino a seguir, las normas más justas, para que la tribu, la ciudadanía, la sociedad, no se convierta en un totum revolutum anárquico y cruel.


El cráneo encierra como en un búnker una obra de ingeniería que no es obra humana pero que nos ha sido concedida y el cerebro es el instrumento que nos permite mantenernos de pie en medio del caos. El encéfalo, es la máquina perfecta que nos convierte en lo que somos. En ese pequeño universo cabe todo: las pasiones más altas y los instintos más bajos, los amores que inspiran poesía y los odios que encienden guerras. Pero la, a veces caprichosa, naturaleza y también implacable, desordena ese equilibrio y transforma el prodigio en tormento.


Es entonces cuando aparecen los nombres que aprendimos a temer y que mencionábamos antes, enfermedades que arrancan las piezas clave de un engranaje mágico, divino, porque somos parte de esa perfección y consciencia universal, participamos de ella o de Él, aunque algunos no lo sepan, no lo crean o incluso lo rechacen. Entonces, el humano y también los animales no humanos, se convierten en prisioneros de un cuerpo que se desmorona.


La cabeza fue siempre el talón de Aquiles del ser que transita por este mundo, animal humano o no humano, tan Creación es uno como el otro; y la historia, esa crónica interminable de grandezas y miserias de los hombres, nos lo recuerda.


II. La cabeza. Metáfora, advertencia y arte


Desde los primeros textos sagrados, la cabeza fue metáfora y advertencia, por eso es un elemento importante en las representaciones hagiográficas. La Biblia, siempre puntual cuando de significados se trata, nos presenta la pérdida de la cabeza como castigo divino o como prueba de derrota, el caso es que la sociedad laica o agnóstica también ha considerado como demérito “la pérdida de la cabeza”, es decir, la enfermedad mental o la locura.


En su vertiente más poética, la decapitación en el martirio cristiano dio lugar a una paradoja fascinante, aquellos mártires a quienes una vez separados de su cabeza, la recogían del suelo y continuaban su camino, en la historia, de la Iglesia al menos, cargando con ella, contra su pecho, en la mano o sobre su cintura, como un recordatorio de su sacrificio, como un atributo de su santidad por martirio.


Hay enterramientos en los que ha aparecido la cabeza separada del cuerpo post mortem, no producto de una decapitación, de una ejecución, sino como de un castigo o martirio autoimpuesto, como una especie de cilicio eterno.


En España, en Andalucía tenemos dos casos, el de Susana famula Dei, cuyo cuerpo se encontró en una finca de Salteras, Sevilla y que, habiendo sido considerada Santa, siendo en verdad una Sierva de Dios, está hoy en la parroquial del pueblo, su cabeza aparecía dispuesta bajo sus pies, en lógica intención de purgar algo o de autocastigarse por algo.


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También tenemos el caso de Susana Ben Susón, “la fermosa fembra” de las crónicas, que traicionó a su padre por salvar a su amante y, finalmente, su padre fue ejecutado en la hoguera en el Campo de Tablada. En su testamento disponía que su cabeza fuese separada de su cuerpo y puesta en la fachada de su casa, para ejemplo y purificación, por su comportamiento, que tuvo consecuencias tan trágicas. La historia está publicada en actas de la Asociación de Archiveros de la Iglesia de España y en la Revista TABULARIUM Edit, pudiendo descargarse de Dialnet.


El arte, siempre atento a los símbolos, recogió la imagen de santos decapitados con devoción y detalle. Las esculturas y pinturas de estos mártires, en la Historia, nos muestran esas figuras solemnes, portando su cabeza como un estandarte, como si supieran que, incluso en la derrota, la cabeza sigue siendo el centro de todo. Porque al final, lo que llevamos bajo el cráneo es más que un órgano, es la brújula que nos guía, el faro que nos ilumina, incluso en la más absoluta oscuridad; y, sin ella, estamos perdidos.


Perder la cabeza ha significado a lo largo del tiempo como un estigma, como una condena, nadie quería admitir que tenía problemas mentales porque eran padecimientos incapacitantes, que restaban fundamento y valor a los actos y palabras del sujeto.


III. Lugares sagrados, loca sacra libera


La cabeza hizo al hombre comprender que necesitaba algo más. Así, en el vasto lienzo de los paisajes sagrados que pueblan la geografía, algunos lugares sobresalen por su carga simbólica, su historia ancestral y la conexión íntima que guardan con los mitos y la espiritualidad de quienes los habitaron en montes, collados, peñas abruptas y cuevas profundas; con fuentes que brotan como secretos de la tierra y lagos que parecen espejos del cielo. En la orilla, donde el océano se encuentra con la roca, están los cabos, las islas, los arrecifes y peñones como guardianes del abismo, envueltos en brumas de leyenda y misterio. Allí fueron a meditar eremitas, santos y hombres de hoy, de siempre, a encontrarse con aquello que verdaderamente son. A su lado, una calavera, les recordaba la fugacidad del tiempo y lo diminuto que es el ser frente al SER.


Estos lugares sagrados o loca sacra libera, como los llamaban los clásicos, eran más que simples paisajes. Eran umbrales entre lo humano y lo divino, espacios donde los hombres buscaban respuestas en las señales de la naturaleza, donde los rituales sacros intentaban domar lo inabarcable. El agua (dulce o salada), desempeñaba un papel especial convirtiéndose en un canal de purificación y vida; y el mar, gigante, azul e indomable tenía inherentemente un aura mítica, portador de historias y de presagios. El mar, aquello de lo que somos una sola gota.


IV. Las reliquias de Emeterio y Celedonio. Cabezas Santas


Es en este contexto donde encaja la fascinante leyenda de la arribada de las Cabezas Santas a la bahía de Santander. Las reliquias de Emeterio y Celedonio, hermanos mártires de los primeros tiempos del cristianismo, que llegaron en una barca de piedra.


Eran soldados romanos que se convirtieron al cristianismo y fueron martirizados por negarse a renunciar a su fe, siendo venerados especialmente en la ciudad de Santander, España, ya que sus reliquias se trasladaron allí y su culto ha estado ligado a la protección de la ciudad.


La embarcación milagrosa, de piedra, en la que llegaron, colisionó con un peñón que desde entonces lleva el nombre de La Horadada, testimonio geológico que parece refrendar la historia y se mezcla el mito y la realidad, lo céltico tejido con las creencias cristianas posteriores.


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El Peñón de la Horadada es un icono natural y cultural en Santander, es una formación rocosa situada en la playa de El Sardinero, que durante mucho tiempo fue un símbolo muy conocido de la ciudad.Se denomina "La Horadada" porque tenía un agujero u "horadación" en su estructura, lo que le daba una forma única. En 2005, una fuerte tormenta destruyó el arco que formaba el agujero, dejando solo una parte de la roca en pie. Aunque esto cambió su apariencia, sigue siendo un lugar significativo para los habitantes de Santander.Antes de su colapso, el Peñón era un símbolo turístico y una postal representativa de Santander. Está ubicado cerca de la segunda playa de El Sardinero, un área muy frecuentada por locales y visitantes. El entorno del Sardinero es conocido por sus playas, su paseo marítimo y su belleza natural. El Peñón sigue siendo una referencia importante para los habitantes de Santander y su historia recuerda el poder de la naturaleza y el paso del tiempo.


No es casual que esta narrativa referida combine elementos de la naturaleza –roca, agua, isla– con el simbolismo espiritual. Las culturas prerromanas de la región, influenciadas por el mundo celta, atribuían carácter sagrado a estos lugares. Los árboles majestuosos, las rocas imponentes y las islas aisladas eran venerados como moradas de dioses o puntos de contacto con lo sobrenatural. Con la llegada del cristianismo, estas creencias no desaparecieron, se transformaron, cristianizándose, para integrar nuevas narrativas de fe.


La leyenda de las Cabezas Santas no es solo un relato piadoso sino que es una ventana al pasado, un eco de viejos mitos que sobreviven en la tradición popular. Al estudiar este fenómeno, vemos cómo los antiguos topoi, aquellos cabos y peñones sagrados, las reliquias y las narrativas milagrosas, se entretejen con la historia y la cultura, dejando un rastro de significado que aún hoy podemos rastrear.


Estos relatos no son meros adornos del folklore, sino claves para entender cómo nuestras raíces más profundas se mezclan con las corrientes históricas que moldearon nuestra identidad. En cada rincón sagrado, en cada leyenda que sobrevive, late el recuerdo de quienes buscaron en el mundo que los rodeaba un reflejo de lo divino. “Donde hubo fuego, hojarasca quedó”, donde hay una leyenda, algún poso de verdad hubo que la produjo. A veces alguien oye campanas y no sabe dónde y quiere darle explicación, su explicación personal puede ser distante de la realidad y confundir en la Historia, a través de los tiempos, a la gente.


V. Emeterio y Celedonio: Los Santos Mártires de Calahorra


San Emeterio y San Celedonio son dos mártires cristianos venerados como santos por la Iglesia y son los patronos de Calahorra, en La Rioja y su historia se enmarca en el contexto de las persecuciones romanas contra los cristianos durante el siglo III d.C.


Emeterio y Celedonio, según la tradición, eran hermanos nacidos en León, España, en el seno de una familia cristiana durante el período de las persecuciones romanas. Ambos sirvieron como soldados en el ejército romano.


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Durante el reinado del emperador Diocleciano (284-305), las autoridades romanas exigieron que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses paganos como muestra de lealtad al Imperio. Emeterio y Celedonio, firmes en su fe cristiana, se negaron a cumplir esta orden. Algo similar pasó a las hermanas santas Justa y Rufina en Sevilla.


Su negativa los llevó a los dos hermanos a ser arrestados y trasladados a Calahorra, donde fueron juzgados. Tras mantenerse inquebrantables en su fe, fueron condenados a muerte. Según la tradición, ambos fueron decapitados a orillas del río Cidacos.


Su martirio consolidó su fama como santos y, en el lugar de su muerte, se levantó una iglesia que con el tiempo se convirtió en un importante centro de peregrinación. Posteriormente, sus reliquias fueron trasladadas a diferentes lugares, aunque parte de ellas permanecen en Calahorra.


San Emeterio y San Celedonio son frecuentemente representados como soldados romanos, con armas y escudos, en alusión a su servicio militar. También suelen aparecer con palmas, símbolo del martirio o junto a una fuente o un río, recordando el lugar de su ejecución.


Son los santos patronos de la ciudad de Calahorra, cuya catedral está dedicada a ellos. También son venerados en otros lugares de España y Europa. La festividad de San Emeterio y San Celedonio se celebra el 3 de marzo, fecha de su martirio según la tradición. Aunque la historia de los santos Emeterio y Celedonio se basa principalmente en la tradición cristiana, su legado continúa vivo en la devoción popular y en la cultura religiosa de las regiones que los veneran.


Emeterio y Celedonio representan la fidelidad y el coraje en la fe cristiana frente a la adversidad. Su historia sigue inspirando a los creyentes como un ejemplo de valentía espiritual y lealtad a los principios religiosos, incluso bajo amenaza de muerte.


VI. Dos cabezas y dos leyendas


Adentrémonos ahora en la compleja urdimbre de las tradiciones que rodean a los mártires Emeterio y Celedonio, cuyas reliquias o, más bien, las leyendas que las envuelven, han sido objeto de fascinación y disputa a lo largo de los siglos. El paso del tiempo ha dado ocasión no a una sino a dos leyendas que parten del mismo punto.


La milagrosa llegada a Santander de estos dos santos en una embarcación de piedra ha dado origen a dos versiones, por lo menos; y cada una con sus matices y cronologías, pero ambas alimentadas por una mezcla de fe, mitología e incluso podríamos decir celos lugareños, celos tópicos, ligados al terruño, a raigambres locales.


Primera versión. En cuanto al viaje de las cabezas, la más antigua de estas tradiciones que llegan a nosotros como leyendas, se encuentra recogida en las llamadas Actas de Tréveris, documento cuya autenticidad y fecha han sido cuestionados e investigados. Tras la decapitación de los mártires, sus cabezas fueron arrojadas al río. En un giro prodigioso, no se hundieron ni se perdieron, sino que fueron recogidas por una rudimentaria embarcación de mimbre y emprenden un viaje asombroso. Las aguas del Ebro las llevaron hasta Tortosa y, desde allí, tras cruzar el Estrecho de Gibraltar, navegaron por todo el perímetro peninsular hasta alcanzar las costas cántabras. Nos recuerda significativamente a Moisés, rescatado de las aguas mientras estaba recién nacido en un cesto de mimbre en el Nilo; y también al viaje del héroe, tan presente a lo largo de la Historia desde Ulises.


El relato, con ese tono de epopeya de crónica medieval, encuentra eco en múltiples fuentes posteriores. Desde la sobria Hispania Sagrada de Fray Manuel Risco hasta las descripciones más floridas de cronistas locales, el milagro de las cabezas flotantes se ha representado también en la iconografía religiosa, con imágenes que muestran las reliquias capitulares, por aquello de caput, pues en latín, "caput" significa "cabeza" y se usa tanto en un sentido literal, como la parte del cuerpo, como en sentidos figurados, para referirse a algo principal o -y esto es importante- más importante, como en “caput mundo”: "Cabeza del mundo", refiriéndose a menudo a Roma; o “caput rerum”: "Cabeza de las cosas", es decir, lo más importante, siendo asimismo la raíz de palabras modernas como "capítulo" (originariamente, una "cabeza" o sección principal de un texto) o "capitán" (el líder, o "cabeza" de un grupo).


En fin, las cabezas capitulares (importantes) son en cestos o en un cesto, llevados por las aguas. Vemos aquí un trasfondo mitológico que combina la sacralidad de los mártires con el simbolismo más pagano del río como portador de vida y destino; o como el río de Heráclito, que fluye y, por tanto, nunca es el mismo. Heráclito afirmó que "no puedes bañarte dos veces en el mismo río", lo que refleja su visión del cambio constante como esencia de la realidad. Según Heráclito, el río siempre fluye, sus aguas cambian constantemente y, por lo tanto, ni el río es el mismo ni la persona que se baña en él lo hace en el mismo río que ayer, son exactamente los mismos en dos momentos diferentes, pero el paso del tiempo los hace diferentes, por tanto, es una combinación de lo eterno y de lo pasajero. El hombre es el mismo a través de la Historia, pero todo hombre es mortal. La historia-leyenda, pues, sirve para el pasado y para el futuro, pero con las peculiaridades que aporta el paso del tiempo. Penélope, en la canción de Serrat reconoce a su amante cuando vuelve, pero ya no es el mismo y sigue, equivocadamente, buscando aquello que está en su cabeza pero no es ya igual en la realidad.


Parménides, por su parte, sostenía que el cambio era una ilusión y la verdadera realidad era inmutable y eterna. Esto hace que las visiones de Heráclito y Parménides sean pilares fundamentales del debate filosófico entre el cambio y la permanencia. Y, a la vez, aplicables a esta historia-leyenda.


Segunda leyenda: El misterio de la cueva. La segunda versión, más moderna y teñida de un halo romántico, aparece en el siglo XIX. Su principal vehículo es la literatura de José María de Pereda, en su novela Sotileza, que evoca la tradición de las reliquias escondidas en una cueva cercana al mar, conectada a la bahía de Santander por un oscuro y temido pasaje subterráneo. Según esta historia, el refugio fue utilizado para ocultar las cabezas durante tiempos de persecución, en una especie de vínculo entre lo sagrado y lo misterioso.


Ahora el milagro cede terreno a lo humano y la cueva se convierte en un símbolo de resistencia, un santuario improvisado, donde la devoción popular encuentra refugio frente a los avatares históricos. La atmósfera de esta leyenda, entre mística y tenebrosa, refleja la influencia del romanticismo en la reinterpretación de los relatos tradicionales.


VII. El simbolismo de las tres iglesias


Ambas tradiciones se entrelazan con otra creencia, la de las tres iglesias superpuestas en el cerro hoy conocido como Somorrostro. Esta idea arranca y está documentada ya en el siglo XVI y sugiere una continuidad sagrada que conecta el lugar con el milagro de las reliquias: las dos cabezas. La presencia de estos templos, construidos uno sobre otro a lo largo de los siglos, parece reforzar la idea de que las reliquias no llegaron aquí por casualidad, sino que su destino estaba señalado por un designio divino.


Así, las dos leyendas no solo nos hablan de la llegada de las cabezas santas a Santander, nos revelan también cómo la tradición y la historia, lo sagrado y lo profano, se entremezclan para crear un patrimonio cultural y espiritual que sigue vivo en la memoria colectiva. Más allá de su veracidad o su rigor histórico, estas historias nos invitan a reflexionar sobre el poder de los mitos y las creencias para dar sentido a los lugares que habitamos. Porque, al final, las leyendas son mucho más que relatos, son mapas emocionales, conceptuales, que conectan a las personas con su tierra y su historia, con su ser, terrenal y espiritual.

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