
San Valentín, la persona que da nombre a la fiesta de los enamorados, fue, antes que nada, un mártir cristiano de los primeros siglos. Un hombre de fe en tiempos de persecución, cuando creer en Cristo podía costar la cabeza, literalmente. Pero su historia, como tantas otras, se ha envuelto en un torbellino de leyendas, mitos y, -cómo no-, toneladas de cursilería comercial y papeles de regalos.
¿Quién fue realmente San Valentín?
Poca cosa podemos decir con certeza. Ni siquiera sabemos si fue uno o dos, porque el Martirologio Romano menciona dos figuras con su nombre el mismo 14 de febrero.
Uno era un sacerdote ejecutado en Roma hacia el año 270 por orden del emperador Claudio, después de realizar supuestos milagros y negarse a rendir culto a los dioses paganos.
Otro era un obispo de Terni que acabó de la misma manera: decapitado en la Vía Flaminia tras convertir a una familia entera al cristianismo.
Demasiadas coincidencias como para que fueran dos historias distintas.
En todo caso, su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y, siglos después, la Iglesia le dio su propia festividad.
El santo y los enamorados: ¿pura invención?
¿Y qué tiene que ver todo esto con las parejas, los bombones y los globos con forma de corazón? Buena pregunta. La respuesta más probable es que se trata de un caso clásico de sincretismo, donde una festividad pagana se disfraza con ropajes cristianos.
En la Edad Media, la creencia popular decía que el 14 de febrero era el día en que los pájaros empezaban a buscar pareja. Chaucer lo menciona en su Parlamento de las Aves y los monjes benedictinos de Terni que custodiaban la basílica donde estaban los restos del santo, ayudaron a extender la idea por Francia e Inglaterra. Y, después, está la leyenda que asegura que San Valentín casaba en secreto a jóvenes soldados romanos con sus novias, desafiando la prohibición del emperador.
Del martirio al marketing
El golpe final al Valentín histórico llegó con el siglo XIX. En 1849, Esther Howland convirtió las tarjetas de San Valentín en una industria en Estados Unidos y lo demás es historia. El día de los enamorados se transformó en una máquina de hacer dinero, con cenas a la luz de las velas, flores carísimas y promesas de amor eterno compradas en la tienda más cercana.
A España llegó de la mano de Pepín Fernández, dueño de Galerías Preciados, que en los años 40 lanzó una campaña en el diario ABC animando a los hombres a regalar algo a sus novias o esposas. Desde entonces, la fiesta ha ido a más, hasta el punto de que hoy es prácticamente imposible escapar de ella.
¿Y la Iglesia?
El Vaticano, viendo la poca base histórica de San Valentín, lo eliminó del calendario litúrgico en 1969. Pero, aunque ya no sea una fiesta oficial, algunos sectores de la Iglesia siguen aprovechando la fecha para recordar a los novios que el amor verdadero no se mide en regalos, sino en compromiso, sacrificio y fidelidad.
Al final, lo que queda de San Valentín es una mezcla de historia, mito y comercio puro. Un mártir convertido en excusa para vender ositos de peluche y cenas románticas.
La traición a un santo. Valentín, Obispo de Terni
Pocos santos han sido tan traicionados por la historia como San Valentín. Convertido en estandarte de escaparates, peluches y bombones, donde su memoria ha quedado reducida a un icono comercial, cuando en realidad su vida fue cualquier cosa menos dulce.
Corría el siglo III, tiempos en los que ser cristiano no era un “entretenimiento de domingo”, sino un “billete seguro hacia la muerte”. El emperador Claudio II, a quien no le temblaba el pulso para cortar cabezas, se enfrentaba a un problema: los hombres que se casaban se volvían blandos y poco aptos para la guerra. La solución fue prohibir los matrimonios de los soldados. Y ahí entra en escena Valentín, sacerdote que, en lugar de agachar la cabeza, decidió desafiar al emperador y seguir casando a los jóvenes enamorados.
Esa clase de insubordinación se pagaba cara. Valentín fue arrestado y llevado ante Claudio, que, según cuentan, no era del todo insensible a la elocuencia del sacerdote, escuchó con atención sus palabras y tal vez por un momento sintió la tentación de ceder, de permitirle vivir. Pero el poder no se sostiene con debilidades y siempre hay cortesanos dispuestos a recordárselo al emperador. En la corte había quien no estaba dispuesto a tolerar tanta indulgencia, así que el emperador cedió a la presión y firmó la condena a muerte. Valentín fue apaleado, arrastrado y, finalmente, decapitado el 14 de febrero del año 270.
La historia se mezcla con la leyenda y no falta quien dice que, antes de morir, el santo obró un milagro: devolvió la vista a la hija ciega de su carcelero. Otros aseguran que, en sus últimas horas, escribió una carta de despedida a la joven, firmándola con las palabras "De tu Valentín", germen de la costumbre de enviar mensajes en su nombre.
El tiempo hizo el resto. La Iglesia acabó asociando a San Valentín con los ritos de fertilidad previos a la primavera. Geoffrey Chaucer, en el siglo XIV, reforzó la idea en su Parlamento de las Aves, donde afirmaba que el 14 de febrero era el día en que los pájaros escogían pareja. Y así, con los siglos, la memoria del santo fue perdiendo su carácter martirial para volverse blanda y edulcorada.
Hoy, entre corazones de cartón y cenas a la luz de las velas, pocos recuerdan que el verdadero San Valentín murió con la cabeza separada del cuerpo por desafiar a un emperador. Pero así es el hombre a través de su historia: coge a los rebeldes y los transforma en estampitas.
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