Es un hecho indiscutible que, tradicionalmente, donde ha habido buenas historias literarias, sobre todo las de carácter más épico, Hollywood las ha transformado en guion y las ha llevado a la gran pantalla como producto de consumo para grandes masas. Y es que hay pocas cosas que atraigan más a la mentalidad expansionista y soñadora estadounidense que una buena historia —y aún más si puede hacerse realidad, como creen la mayor parte de personas que votaron por el actual presidente de Estados Unidos, versión de carne y hueso, pero mejorada, del Capitán América, un Moisés moderno ungido por los dioses para convertir todas las tierras en las prometidas—, mejor cuanto más simplona, grandiosa y sobrehumana, siendo condición indispensable, desde luego, que el héroe por origen, por convicción, por decreto presidencial o por abducción haya de ser no solo estadounidense, sino norteamericano, ¡qué digo!, americano, porque toda América (y dentro de poco, también, Canadá, Groenlandia, Gaza y la tierra de Ucrania y sus centrales nucleares —sobre el aire y el agua, a estas horas todavía no se sabe nada—) es Estados Unidos, señores. A ver si nos enteramos; ¿es que acaso hay una América no estadounidense? Ya sé que algún ignorante dirá que al norte y al sur de Estados Unidos hay otros países (¡Bah!, nimiedades pasajeras), pero es todo una gran falacia: al norte lo que hay son estadounidenses que, a causa del frío extremo, padecen una especie de amnesia de ubicación, algo así como un Alzheimer geopolítico —que, afortunadamente, se aprecia que va mejorando a medida que el calentamiento global va ganando terreno—, que provoca que no sepan que lo son; pero basta con que se les informe para que entren en calor y se incorporen entusiásticamente a la unión “trumpista” en 24 ó 48 horas, un plazo similar al previsto para el fin de la guerra en Ucrania, más o menos. Al sur —desde Tijuana, en el condado texano de México, hasta la región patagónica, expansión antártica de La Florida—, una masa ingente de inmigrantes ilegales —que vaya usted a saber de dónde han venido, aunque se rumorea que los pusieron allí los pérfidos y expoliadores españoles, por lo del idioma; lo de los brasileños está por investigar—, que hablan español y que se han ido asentando a lo largo de los años, aprovechándose de la natural bondad de los estadounidenses y de su esfuerzo y tesón, a los que habrá que expulsar, porque esto se acabó, pues, de lo contrario, no va a ser posible hacer ricos a todos los americanos. Y sería una pena. Por eso, se rumorea que el presidente Trump está negociando con Egipto, Jordania y los Emiratos Árabes (países de clima cálido, como los iberoamericanos), al menos, a ver si, además de con los gazatíes podrían quedarse con los quinientos y pico millones de latinoamericanos delincuentes que hay que evacuar de América para to make America great again (ya se sabe, donde comen dos, comen tres), pagando Europa, naturalmente, el traslado, el asentamiento y el mantenimiento de todos ellos, que para eso España, se dice, insisto, los depositó allí y toda Europa los reconoció (Gran Bretaña, menos, la verdad). En todo caso, a grandes males…: dicen que las relaciones entre Trump y Putin son muy estrechas y que en Siberia hay mucho espacio.
En este rinconcito del mundo en el que habito (aquí, también, hace tiempo que los que mandan no dejan vivir), más desconfiado y menos dado a los superhéroes, dicen que fue Ramón María del Valle-Inclán el creador de ese género tan peculiar, tan nuestro como la picaresca y tan admirado por mí, denominado Esperpento. Yo, perdónenme, pero no lo creo, sería mucha casualidad: no creo que don Ramón María —un español— creara, extrayéndolo de su imaginación, para plasmarlo en un escrito, el mundo en el que vivimos (por más que, por los rasgos contextuales, lo parezca), lleno de personajes grotescos, desfigurados como seres humanos, “cóncavamente” deformados y vanamente grandiosos. Si acaso, era un médium de la americanidad estrafalaria futura de gran talento (ni chat GPT ni similares), sin duda: un visionario, un vidente, al que le llegó misteriosamente la impronta dramática, sin conocerlos, de las víctimas de los Trump y los Vance, pero, asimismo, de los Putin, las Ursulas o los Sánchez —que no son iguales, aunque son lo mismo—, verdaderos esperpentos demiúrgicos vivos en este teatro de egoísmos estrambóticos y destructivos, que nos manipulan a su antojo hasta hacernos monstruos satisfechos.
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