Por sorpresa, casi a traición, el gobierno de Mariano Rajoy anunciaba para desconcierto y mosqueo de sus votantes la mayor subida impositiva de las últimas décadas. Adiós a eso de que subir impuestos sería “la puntilla para las familias”. Subida de corte socialdemócrata que gravará, es decir castigará, el trabajo en todos sus tramos impositivos. Especialmente, que la demagogia manda, el de las rentas más altas. Rentas que no son las de los más ricos de las SICAV. El gobierno gravará la productividad de forma confiscatoria (hasta el 55%). Lo nunca visto ni en Suecia. 7 puntos de subida de golpe. Volvemos a la fiscalidad de la era Felipe González, al “no, gracias, que me sube el tramo”. Adiós a la ortodoxia económica que hizo posible el llamado “milagro económico” de los gobiernos de José María Aznar. De la escuela austríaca mejor ni hablamos. Del IBI tampoco, que a todos se nos pone cara de vinagre al pensar que nos lo vuelven a subir para pagar el despilfarro municipal. Del tranvía de Tomás Gómez a los polideportivos imposibles de mantener en numerosos municipios. Hemos vivido como nuevos ricos, muy por encima de nuestras posibilidades, y parece que el PP ha decidido poner por delante del bien común el electoralismo partidista. Andalucía en el horizonte. Error monumental que no evitará, hay que recortar otros 20.000 millones, una primaveral subida del IVA.
Lo sorprendente es que muchos se feliciten y afirmen eso de que “no había más remedio” que expoliar a asalariados y autónomos. Falso. Nadie obliga al gobierno a subir impuestos y machacar, para controlarlas empobreciéndolas y haciéndolas depender de subsidios varios, a las clases medias. Nada obliga a elegir como ideología el socialismo. De derechas en este caso. Cuando uno está endeudado hasta las cejas -y por el de las cejas- puede optar por reducir la deuda recortando el gasto. Mucho más de lo que se ha hecho. Empezando por el 100% de las vergonzosas subvenciones a sindicatos (a éstos ZP les había subido un 50% el convoluto), patronal, partidos políticos, titiricejas y demás paniaguados. Incluyendo esos chiringuitos de formación al desempleo en los que los españoles metemos cada año más de 2.000 millones de euros para que haya cinco millones de parados pero Méndez y Toxo vivan a cuerpo de rey. O de yerno de rey.
Dicen desde el PSOE, hay que tener la cara de cemento armado cuando son ellos los del 8% que posiblemente sea aún más, que la desviación ha sido causada por las Comunidades Autónomas. Algunas de ellas, como Castilla La Mancha o Cataluña, gobernadas por los de Rubalcaba hasta antes de ayer. Otras arruinadas por el PP, caso de Valencia.
Tiene razón Rubalcaba. Las Comunidades Autónomas son la verdadera madre del cordero, el lastre de nuestra economía, la imposición de 17 mercados, 17 parlamentos autonómicos, cientos de diputados, Directores Generales, decenas de Consejeros y Viceconsejeros, empresas públicas, duplicidades y hasta triplicidades, además de lugar en donde pasta una casta acostumbrada a vivir del cuento. Lo que sucede es que teniendo razón y poniendo el dedo en la llaga no se entiende que el PSOE de Rubalcaba, que dice querer ahora vertebrar la España desvertebrada por Zapatero con su silente complicidad, no proponga, al modo y manera de los Länder alemanes, la fusión de algunas de ellas o incluso el reconocimiento del fracaso del Estado de las Autonomías de los más de 200.000 millones de euros anuales. Que es lo único que realmente puede solucionar la crisis política y económica que sufrimos.
¿Por qué no lo hace? En primer lugar porque el PSOE está preso de su propio pasado, tan cercano a los nacionalismos y a las fuerzas disgregadoras. Y en segundo lugar porque todo es un teatrillo. Al fin y al cabo Mariano Rajoy, con su decisión de cargar el peso del fracaso sobre los hombros de las clases medias, ha demostrado que él es el consenso. Y eso a Rubalcaba no debe haberle disgustado en absoluto. Si la sociedad civil no despierta nos espera mucho sufrimiento.
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