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Con las cartas marcadas

Nuestros gobernantes y sus amigos se enriquecen y nosotros nos empobrecemos. Estamos jugando una partida amañada
Luis W. Sevilla
martes, 24 de abril de 2012, 06:58 h (CET)
El juego ese que nos venden los medios de comunicación y los partidos políticos con mayorías parlamentarias o aspiraciones a ellas, el llamado ‘juego democrático’ no es, en el actual estado de cosas, sino un conjunto de reglas con dos caras que sirven para que una minoría muy pequeña se enriquezca sin medida a costa de todos los demás, mientras que la inmensa mayoría de los ciudadanos o bien no son conscientes de que esto sucede, o bien no son conscientes de que podría ser distinto, o bien asumen que el esfuerzo para hacer que sea distinto es inasumible.

La única capacidad que percibe el ciudadano que tiene de participar en las decisiones políticas y económicas que le atañen es la de ir un día cada 4 años a elegir un partido que se va a encargar de hacer todo lo que sea necesario o conveniente para el interés de todos. Y esta es la mentira fundamental por la cual todo el edificio democrático y el propio estado de derecho se encuentran, visto desde las necesidades e intereses de la mayor parte de la ciudadanía, en espantosa ruina y apunto de su demolición más o menos controlada.

La realidad que se nos oculta de forma sistemática es que las decisiones de gobierno en todos los ámbitos (estatal, autonómico, local) se preparan en reuniones secretas de muy pocas personas, en las que los intereses de los poderosos son lo principal a defender, y los de la mayoría de la población quedan al margen de la toma de decisiones. El aparente motor de la toma de decisiones suele ser la estadística, el titular o la búsqueda de valoración de ‘los votantes’, pero la realidad es que el motor es el interés particular de un individuo o grupo de individuos, que o bien forma parte del gobierno y se beneficia, o bien es externo a el y paga los dividendos de sus ganancias beneficiando a los que toman las decisiones.

Sin embargo estas afirmaciones resultan prácticamente imposibles de acreditar, puesto que nuestro sistema de gobierno es una maquinaria perfectamente engrasada para que los beneficiarios del trinque no puedan ser cazados. El secreto que envuelve a la mayoría de la información oficial existe precisamente para encubrir las trampas y los desvíos de dinero. La presencia de los partidos (y por ende de los poderes fácticos) en todas las esferas de decisión, no solo en los famosos 3 poderes sino en los sindicatos, los medios de comunicación o asociaciones ciudadanas garantiza que cualquier fisura que se pudiera abrir en esta asociación ilícita para beneficiarse del poder sea sellada al instante.

Pero podemos hallar indicios claros de que esto (el robo sistemático del dinero de todos para quedárselo en muy poquitas manos) está sucediendo de forma premeditada y constante. Las estadísticas de aumento de la riqueza según el poder adquisitivo nos muestran que en los últimos 20 años en España (y en Europa, y en EEUU) son los más ricos los que más dinero han ganado, en proporción, mientras que los más necesitados se han empobrecido de forma clara. La evolución de los salarios tambien nos muestra como en los últimos 12 años los salarios no solo no han crecido sino que han bajado, mientras que los beneficios empresariales y financieros se disparaban.

Y en los meses más recientes estamos asistiendo a dos acciones coordinadas que tienen como objetivo ocultar a la mayor parte de los ciudadanos como suceden en realidad las cosas: La búsqueda del control de todos los medios de comunicación, y la persecución (política, mediática, policial, judicial) de cualquier forma de expresión de disconformidad, desacuerdo, disidencia o rechazo.

Porque esto que estamos viendo y viviendo no es el efecto secundario de ninguna crisis, ni de ningún exceso. Este es el aspecto real de nuestra forma de gobierno, una engañocracia donde siempre son los mismos los que ganan, y siempre somos los mismos los que perdemos. Una forma de sumisión de la inmensa mayoría frente a los tradicionales poderes fácticos: la banca, el clero y los terratenientes, con la ayuda indispensable de la política y la judicatura.

Si queremos que España sea una verdadera democracia habremos de luchar por ello. Este juego está viciado desde que en 1975 se empezó a diseñar, y en 2012 ya es el momento de diseñar un juego nuevo. Una democracia de todos,  con participación de todos y con participación de todos. O echamos a los tramposos de la partida, o siempre se quedarán con nuestro dinero

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