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Estos días, un prestigioso diario nacional decía que durante décadas EEUU había sido una potencia cultural y que sus valores habían marcado el rumbo del mundo (¿nostalgia del anterior gobierno, reproche al actual?). El tono era similar al de un paraíso perdido irrecuperable.
Hoy he tenido una revelación impactante: soy parte de la historia. No, no porque haya hecho algo digno de aparecer en los libros, sino porque me ha alcanzado la historia; mi hija y yo estábamos estudiando la democracia en España y me ha resultado muy fácil explicárselo, conocía de primera mano todos los datos sobre Felipe González, Aznar, Zapatero, Rajoy y ETA.
Estamos viendo como se nos está yendo de las manos la joven, aparentemente madura, democracia española. Como se aprendía, hace muchos años, en la escuelas de artes y oficios profesionales, “cuidado con lo que se manipula”, porque cuando queráis daros cuenta la máquina no funciona.
La debilidad de la democracia está en su propia esencia, pues defiende la libertad de pensamiento y de expresión del mismo como forma de establecer relaciones beneficiosas para la propia sociedad; más he aquí que, aquellos sujetos enemigos de la democracia, al amparo de los privilegios que le otorga esa libertad, la van dinamitando mediante la propia descalificación del sistema.
Quienes se autodenominan “influencers”, sean periodistas, filósofos o simples ciudadanos, hace mucho tiempo que nos advierten que la democracia está en peligro de extinción. Si la democracia no es social, ¿para qué sirve? Democracia significa gobierno del pueblo y se ha estructurado de manera que en fechas determinadas los ciudadanos depositan el voto en las urnas.
En España somos magos, nuestro truco principal es transformar cualquier cosa que ocurra en cualquier latitud en una cuestión de política interna, y ni es un truco muy bonito, ni deja muy satisfechos a los espectadores, pero es nuestra especialidad. Sí, es el clásico juego de ver quién lo hizo primero y quién la hizo más grande, o más bien, servir en bandeja ese mal truco e interpretar acusaciones en función del color político con el que se sucedieron.
Cuando hablamos de democracia, solemos pensar en el derecho a votar, en la posibilidad de elegir representantes y en la existencia de instituciones que garanticen la participación ciudadana. Sin embargo, no todas las democracias funcionan de la misma manera, y el caso de Suiza nos ofrece un modelo que muchos consideran más auténtico y participativo que el de España.
Personas y grupos externos a la educación de nuestro país profundizan últimamente en los ataques a la libertad educativa, y esto lo están sufriendo las familias españolas. Además, en el Estado español conviven diferentes modelos educativos, y eso implica que no se tengan las mismas oportunidades. Pienso que la educación es pilar básico, ya que es donde se desarrolla el futuro y la prosperidad de nuestra nación.
Jamás pensé que llegaríamos a esta situación política, porque siempre hubo más o menos entendimiento entre los partidos, defendiendo la constitución que tantos años de tranquilidad nos ha dado, y pensando en el bienestar de todos españoles, de la sociedad en su conjunto con sus discrepancias y afinidades, respetando la idiosincrasia de las distintas regiones (comunidades) con sus tradiciones y lenguas, sin imposiciones.
Los mandamientos de la santa madre izquierda son cinco, como los de la Iglesia, pero bien distintos. Son mandamientos porque son ordenados por la superioridad sin que se sepa bien cómo y por qué, pero afectan prodigiosamente al comportamiento de millones de personas en toda España y en el resto del mundo.
Hace poco tiempo, un gran filósofo y amigo de mis tierras, compartió conmigo un libro de Jean-Claude Michéa, titulado "El imperio del mal menor" (2007), en el cual se desarrolla una interpretación bastante interesante del "mal menor" como criterio político y ético dominante en la mayoría de las democracias occidentales contemporáneas.
Huyendo del frío, y sin entrar, como canta Sabina, en las rebajas de enero, ronda uno las calles entre cientos de rostros que asimismo vagan por la ciudad, hombres o mujeres, seres singulares, pues en la calle no existen los colectivos, solo las personas concretas.
El 20 de noviembre se cumplen 50 años de la muerte de Franco, uno de los pocos dictadores que murió en la cama. Y el gobierno de Pedro Sánchez ha decidido convocar varios actos para celebrar que hace medio siglo llegó la democracia a España. Solo el anuncio ya hizo alborotarse el corral de las derechas locales, porque, según el PP, con estos actos lo único que quiere el PSOE es distraer la atención del personal.
La confianza en la democracia se enfrenta a desafíos significativos en la actualidad debido a factores como la polarización política, la desinformación y la sensación de ineficiencia de las instituciones por parte de la sociedad. En este sentido, según un estudio, en España la mitad de la población (51%) se muestra descontenta con el funcionamiento de la democracia, y un 40% de españoles percibe que su participación en la vida política no sirve para nada.
Fernando Ónega finaliza su escrito “Una pequeña propuesta”, así: “Me limito a hacer una modestísima proposición: ¿sería mucho pedir del ejecutivo de quien depende la solvencia de las decisiones oficiales de que se sometan a una prueba de idoneidad? No se hará porque no interesa a los compromisos de esta máquina de colocación que son los partidos.
El embargo que Estados Unidos ha impuesto por décadas sobre Cuba es un caso único. Por su duración y efectos, ha sido la medida más cruel e inhumana jamás tomada contra un pueblo en la historia. Formalmente, EE.UU. justifica el embargo al juzgar que en la isla no hay democracia y que el gobierno es enemigo del pueblo. Además, desde 1982, bajo la presidencia de Reagan considera a Cuba como un país «patrocinador del terrorismo».
Escuché hace poco una charla del pensador Rafael Argullol sobre la compasión, un valor y virtud altamente necesarios para nuestro tiempo: se nutre de un profundo sentimiento de solidaridad y conexión con el sufrimiento del otro, y es uno de los pilares fundamentales sobre los que se edifica nuestra libertad como seres humanos.
Aquello de Bush hijo de los buenos contra los malos fue una idea genial. A veces las mentes más simples disponen de los recursos más eficaces. ¿Por qué complicarnos la vida queriendo establecer gradaciones morales condicionadas si todo se resume a eso: a escuchar atentamente a los gurús del pensamiento oficial y seguir sus recetas?
El 6 de diciembre de 1978, hace ya cuarenta y seis años, siete diputados de diferentes e incluso opuestas ideologías, que se habían conjurado para superar el trauma histórico de una fallida República, una cruenta guerra civil y una dictadura, presentaron ante la sociedad española el resultado de un difícil trabajo que inició su andadura el 22 de agosto de 1977 y que fructificó en la Constitución más longeva de nuestra historia.
Francisco Paesa, estafador y espía, protagonizó en los años 90 uno de los episodios más estrambóticos relacionados con la corrupción durante la etapa del gobierno de Felipe González. Después de una vida dedicada a negocios con el solo objeto de timar incluso a dirigentes más allá de nuestras fronteras y al espionaje internacional, se involucró en uno de los casos más escandalosos de la época, como fue el del entonces Director General de la Guardia Civil, Luis Roldán.
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