No podíamos ser menos. La “marca España” tenía que quedar a la altura de las circunstancias en lo sanitario y lo social y en la parafernalia de las evacuaciones a lo yanqui (mucho foco y mucha escafandra) y para demostrar que “aquí estamos; con un par”, repatriamos hace algunas semanas a dos héroes hasta entonces anónimos, que habían dejado su piel durante muchos años en aquellos países a los que de forma genérica aludimos como “África subsahariana”. Los doctores Miguel Pajares y Manuel García Viejo no sólo eran médicos sino también miembros de una orden religiosa, misioneros, que, desde el primer momento, asumieron la posibilidad de morir desempeñando su doble labor como curas de almas y de cuerpos. Profesiones (y vocaciones) de enorme riesgo, que dignifican a la especie humana. Ambos se contagiaron con el virus del ébola tratando de ayudar a pacientes infectados que acudían en tropel a esos hospitales infradotados de medios técnicos, medicinas, asepsia y personal que deberían avergonzarnos a todos los que gozamos –al menos hasta ahora- de una infraestructura sanitaria moderna y equipada. Y digo “avergonzarnos” porque situaciones así sólo parecen preocuparnos cuando nos afectan directamente.
El esfuerzo de traer a España a los dos misioneros en aviones medicalizados fue baldío, entre otras cosas porque no existe de momento ningún tratamiento eficaz contra una enfermedad que a veces, sin que se conozcan muy bien las razones, se cura de forma espontánea. Fue una decisión política disfrazada de “razones humanitarias”; aunque poco se habla del agravio comparativo que sufrieron los que se quedaron en tierra por no tener pasaporte español. Entre ellos, la hermana Paciencia, asistente del doctor Pajares, que permaneció en Monrovia a pesar de estar infectada por el virus. El simple hecho de pertenecer al “otro mundo” (el que se muere de hambre y vive en la inmundicia) y no al “nuestro” (el de la autocomplacencia y la obesidad) marcó la diferencia. Es seguro que ambos misioneros, de no haber estado débiles e incapacitados por la enfermedad, habría protestado ante tamaña injusticia. Paradójicamente ellos murieron y la hermana Paciencia superó la enfermedad y los anticuerpos que generó su organismo son ahora la esperanza de la primera persona contagiada fuera de África: la auxiliar de enfermería Teresa Romero, voluntaria que atendió al misionero Gª Viejo cuando fue trasladado a Madrid el pasado septiembre.
La situación de alarma que acaba de producir este contagio, cuando las autoridades sanitarias –la ministra Mato a la cabeza- habían asegurado por activa y por pasiva que todo estaba controlado y que las probabilidades de un contagio fortuito eran prácticamente nulas, es del todo comprensible. A la más que discutible decisión de repatriar a los misioneros, se le sumó la celtibérica arrogancia de autoproclamarnos los mejores en eso de la protección contra las amenazas bacterianas y virales (“referente mundial” se les oyó decir en su momento), porque aquí no nos hemos curado aún del síndrome de la Armada Invencible, y hemos caído en un ridículo internacional mucho mayor y más trágico que cuando celebramos que Madrid fuera a ser (que no lo fue) sede de los Juegos Olímpicos. Todavía no nos hemos hecho a la idea de que nuestro país es muy pocas veces ejemplo de cosas a imitar.
¿Cómo se contagió la auxiliar de enfermería? ¿Fue negligencia o accidente? ¿Galgos o podencos? Cuestiones, en parte, bizantinas, ya que lo que está claro, a raíz de los múltiples testimonios del personal sanitario involucrado, es que: 1- Los protocolos de protección no se desarrollaron lo suficiente entre el los facultativos y el personal de enfermería; en concreto en lo concerniente a cómo quitarse el traje de protección 2- Que se empleó un traje de protección nivel 2 (mucho más barato) cuando en realidad se habría precisado un mono de protección de nivel 4, dada la virulencia extrema de la enfermedad infecciosa en cuestión.
Fue un trágico absurdo la repatriación del doctor Gª Viejo porque ya se sabía que el tratamiento a base de ZMARPP era inviable al haberse agotado las reservas de este medicamento experimental a nivel mundial. Tampoco se trataba de condenar a los misioneros españoles a una muerte segura; pero es evidente que a ella estaban abocados ya que la hermana Paciencia se salvó sin que fuera traída a España, y sólo fue autorizada a venir cuando se pensó que un suero elaborado con sus anticuerpos podría servir in extremis para evitar la muerte del segundo misionero.
La cadena de despropósitos culmina (de momento) en tres fases:
La primera se da cuando la enfermera infectada advierte a los responsables sanitarios al solicitar su asistencia por una fiebre acompañada de astenia y malestar general, que ha formado parte del equipo que asistió al doctor Gª Viejo, fallecido dos semanas atrás de ébola, y es derivada a su centro asignado en vez de enviarla al hospital pertinente –el Carlos III- donde puedan hacerle las pruebas específicas.
La segunda resulta a tenor de las lamentables ruedas de prensa, llenas de inseguridades, lugares comunes y nula voluntad de informar, ofrecidas por la ministra Mato y la Directora General de Sanidad (A estas habría que añadir una tercera en la que con una iniquidad y mala voluntad patentes, el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Alonso, insinúa que la enfermera “podría haber mentido” cuando dio las cifras de la temperatura que ella misma se había tomado).
La tercera, y por el momento la última, consiste en la decisión arbitraria, acientífica, cruel y estúpida de sacrificar a Excalibur, el perro de Teresa Romero, desoyendo las peticiones de su marido para que se evitara e ignorando las opiniones de la comunidad científica en el mismo sentido, ya que no se conoce el contagio por ébola entre la especie canina. Es obvio que, en cualquier caso, habría que haberle dado la opción de una cuarentena antes de eliminarlo sin más (Y por las repercusiones afectivas y psicológicas que de esta acción se puedan derivar, los afectados deberían emprender las demandas oportunas) Prepotencia y abuso de poder tampoco faltan en esta historia.
Y la guinda de este escándalo que no ha hecho sino comenzar, la puso el miércoles por la tarde nuestro inefable Mariano Rajoy al afirmar, sin rubor, su apoyo a la ministra Mato, principal cabeza visible (aunque, desde luego, no la única) de esta cadena de lamentables sucesos. Otra vez ¡Con un par! ¡Que para eso semos españoles! Y es que, otra vez, tenemos un Gobierno que no nos merecemos.
De la suerte que han corrido los misioneros, la infectada a su pesar e incluso su perro sabemos todo o casi todo.
Ana Mato, Javier Alonso y los demás incompetentes parecen aguardar su turno para que les practiquen una piadosa lobotomía. Lástima que hasta en urgencias haya lista de espera.
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