En toda actuación relacional entre personas tiene que estar presente los buenos modales ya que de estos depende su éxito. Y esta premisa cobra especial relevancia cuando lo aplicamos en el mundo profesional, en el mundo de la empresa, ya que nos jugamos el éxito de un negocio.
Según el diccionario de la Real Academia Española urbanidad es «cortesanía, comedimiento, atención y buen modo». Y esta teoría, ¿cómo la aplicamos en la empresa?
En líneas generales, existen tres indicadores que nos marcan el nivel de los buenos modales: la cortesía, el saludo y la puntualidad.
La cortesía, por ejemplo, es mucho más que el clásico pedir permiso para entrar o retirarnos de algún lugar o reunión. También es la actitud que tenemos hacia quienes nos rodean.
El saludo es otra acción que se enmarca dentro de los buenos modales. Por saludar se entiende «dirigir palabras de cortesía, gestos o cualquier acto de atención a otra persona al encontrarla o despedirse de ella». Además, también el saludo se entiende como una muestra convencional en señal de honor o respeto.
Antes de las medidas de seguridad sanitarias provocadas por la pandemia del COVID-19, el saludo en el ámbito profesional, se escenificaba en los hombres estrechándose la mano y este también estaba adquiriendo protagonismo entre las mujeres frente al beso.
Otro de los indicadores de los buenos modales es la puntualidad, definida como el «cuidado y diligencia en llegar a un lugar o partir de él a la hora convenida». Puntualidad tanto para llegar como para irse, y tanto para los invitados como para los anfitriones. Si este comportamiento es importante para la vida social, no lo es menos en el ámbito empresarial.
En nuestro país ya es una costumbre, mala, pero costumbre, dejar esos cinco o quince minutos de cortesía para empezar un acto. Además, la impuntualidad puede ser un factor de fracaso en el mundo profesional, ya que al igual que ocurre con el saludo, es una señal de respeto y consideración hacia los demás.
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