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Morir de frío

José Manuel López García
domingo, 25 de octubre de 2015, 10:05 h (CET)
Si Europa no reacciona adecuadamente pueden morir de frío refugiados, por causa del cierre de fronteras. La solidaridad y la ayuda humanitaria y compasiva deben ser inmediatas. Porque el frío y crudo invierno puede causar la muerte de cientos o miles de refugiados.

Médicos Sin Fronteras y ACNUR están informando sobre esta situación extrema provocada por la llegada de las bajas temperaturas, heladas y nieve. Pero no parece que se les haga caso.

En la frontera entre Serbia y Croacia están malviviendo miles de personas en una zona llena de barro y con pocas instalaciones. Es cierto que la capacidad de supervivencia en los seres humanos puede ser alta, pero todo tiene un límite. Y es necesario pensar en numerosos niños, adultos y personas mayores que están sufriendo situaciones inhumanas. Parece como si los Derechos Humanos fueran papel mojado, ya que no se cumplen.

El desamparo de los refugiados es terrible. Abandonados a su suerte en las fronteras de Europa, el presente y el futuro de sus vidas depende de las decisiones de los gobiernos europeos. Y más que eso, ya que si no se toman medidas de protección hacia los refugiados pueden acabar muriendo congelados, o por el frío excesivo. Necesitan unas condiciones de vida dignas y adecuadas, aunque estén entre las fronteras de dos países.

Si a esto se añade el cierre definitivo de la frontera húngara la situación de los refugiados se agrava notablemente. Además, que Eslovenia no acepte más de 2.500 refugiados por día complica más las cosas, puesto que aumenta el número de inmigrantes en la frontera serbiocroata.

Como dice Adela Cortina catedrática de Ética y Política de la Universidad de Valencia, y miembro del jurado del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, etc., es esencial «conseguir sociedades altas de moral, que son las que pueden resolver el problema de los refugiados, de los inmigrantes, y acabar con las injusticias». Es cierto, porque ante la falta de solidaridad se derrumban los cimientos de una sociedad civilizada y cosmopolita.

Da la impresión, en mi opinión, de que la aporofobia o la aversión, desprecio o indiferencia respecto a los pobres está instalada en una parte del ambiente social, y sobre todo en los gobernantes. Como también argumenta la profesora Adela Cortina: «Los que molestan son los pobres, el asilado político que lo ha perdido todo en su país, los inmigrantes pobres». La ética debe formar parte de una convivencia civilizada y justa. Y es verdad que con mucho más trabajo social y asistencia a los más débiles y desfavorecidos se acabará con este tipo de situaciones de pobreza y abandono. Los refugiados también tienen derecho a la ayuda humanitaria.

Como ha dicho, en su discurso ante los reyes, en la ceremonia de entrega del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales la economista Esther Duflo: «La pobreza siempre ha estado entre nosotros pero podemos llegar a entenderla y así acabar con ella». La clave parece estar en analizar las ideas que tenemos sobre las causas de la pobreza, y buscar las mejores soluciones a la misma, con procedimientos de prueba y análisis que hagan factible su superación.

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