Tiene la felicidad algo de incontrolable, pues a veces nos sentimos felices sin saber cómo ni por qué. Algo así como una emoción estética no se explica por las ondas musicales de una sinfonía o las variaciones cromáticas de una puesta de sol. Es algo difícil de descomponer. Pero sí sabemos que está en nuestro interior. Así como en la constitución de la Unesco se lee “puesto que la guerra comienza en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde se deben construir los baluartes de la paz”, así hemos de educar también la mente, nuestro espíritu, para lo mejor de la vida. Tiene algo de orgánico, pues la estimulación del sistema límbico puede inducir manifestaciones placenteras y amorosas. Así como la comunicación entre personas tiene un aspecto corporal (por los ojos, por los oídos, por la voz...), así puede tener, la sensación de felicidad, elementos y mecanismos de relación con los demás, estructuras cerebrales que dialogan con determinados factores... ¿Cuáles?
Una definición equivocada de felicidad es “situación placentera”, pues la que se tiene con mundos inventados no es ser feliz. Por ejemplo, si uno está enamorado puede sentirse feliz. Entonces, lo ve todo más luminoso, y ve a los demás buenos, amables (dignos de ser amados). El mundo interactúa con uno de una manera más positiva que si no es feliz. El placer tiene sus conductos físicos, químicos y neurológicos donde se codifican eso que nos llegó por conductos que van del emisor a nuestros sistemas de recepción. Eso es parte de la felicidad. También lo tienen los animales. Pero no todo placer es bueno. Hacer lo bueno está por encima. Hacer el bien suele dar placer. Sobre todo, hacer el bien es causa de alegría. Feliz es el que hace el bien y se lo pasa bien, porque al hacer el bien nos hacemos buenos y eso nos hace felices.
Por tanto, según esto felicidad es “alegría”, es decir que es feliz el que está contento, y por eso goza con una lectura o una pieza musical o una puesta de sol. Es por tanto algo personal y en relación con los demás, social. No es feliz el moralista escrupuloso ni el deber por el deber kantiano. Pero ese camino de la virtud no es suficiente con la voluntad. Hay algo más. Si no, podría ser algo seco. La benevolencia es amor supremo, pero el gozo del “eros” o amor de necesidad también es importante. Sentir que nos necesitan, que Dios nos necesita es lo más reconfortante, que los amigos nos necesitan. Por eso decían los filósofos que la amistad da lo que podría llamarse el bien supremo de la vida. Vamos viendo que no es algo meramente en relación con el amor, sino también más cosas. La felicidad tiene muchos ingredientes secundarios, como tener salud o dinero, pero es (esencialmente) algo interior en relación con los demás: alegría, pero también “gozo de la verdad”: contemplación, más que ansias de tener. También tiene que ver con la creatividad en el trabajo y las demás manifestaciones de libertad. Por tanto, acoge las manifestaciones intrínsecas de toda actividad humana, lo propiamente espiritual de la persona, de: a) amar-querer el bien, b) inteligencia-buscar la verdad, c) libertad-colaborar en el trabajo que realiza nuestra creatividad y fomenta la esperanza de proyectos.
Así llegamos a lo que podría ser para el cristiano el desarrollo de las tres virtudes por excelencia: amor, fe (seguir la Verdad) y esperanza. Es feliz, según eso, todo aquel que llega a la plenitud del desarrollo humano a través de esos componentes del espíritu (amor, inteligencia, libertad). Relativamente, pues no somos del todo felices porque esto es un camino que siempre desea más, siempre se crece más. Y puede ser feliz una persona sin salud, dinero o posición social. De ahí que en sentido absoluto, la felicidad está en Dios, y en ese camino hacia nuestro crecimiento interior.
|