Los humanos, con frecuencia, nos desanimamos por lo que no somos y quisiéramos ser; por el amor que quisiéramos dar, y ofendemos; incluso por la palabra de consuelo que es mal recibida y, en vez de consolar, aumenta pena a la pena; por nuestras meteduras de pata con la mejor intención del mundo.
El desánimo es conocido por los pecadores y por los santos, que también tiene su parte de pecadores, y son bien conscientes de no corresponder al amor que Dios les manifiesta. Quizá sólo el anciano cargado de años se salve del desaliento y lo convierte en esperanza fecunda, porque ya ha vivido lo suficiente para darse cuenta de que sólo vale la pena echar en falta el Paraíso.
Con el desánimo hay que vivir, pero no se puede vivir de él. Va bien el desaliento normal que busca una palabra de ánimo para convertirse de nuevo en ganas de recomenzar, porque en definitiva es tomar conciencia de los límites de nuestro ser criaturas de Dios. No va bien, sin embargo, el “estado de desánimo”, la profesión de “desalentado”, que acaba en un pesimismo agrio, colérico, insoportable. Y aquí es donde el agradecimiento por una palabra de ánimo, ante un “levántate, que no es para tanto”, alcanza su sabor.
Estaba desanimado el cantador que se arrancó por tientos con aquello de: “¿Qué pájaro será aquel / que canta en la verde oliva? / Anda y dile que se calle / que su cante me lastima”. Sólo un hombre muy abatido puede lastimarse con el cantar de un pájaro.
Cuesta decir una palabra de ánimo, a veces nos puede costar dar un vaso de agua al sediento, consolar al triste. Siempre puede quedarnos la sensación de meternos donde nadie nos llama e, incluso, de que nos van a despedir con cajas destempladas. Aunque les venga bien, no todos tienen el buen espíritu de agradecer algo que necesitan.
No importa, la palabra animosa renueva siempre las raíces del bien en el corazón que la ha engendrado, y crea en su mente y a su alrededor la alegría de vivir, también en el desaliento de cada día.
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