En el año del Señor 844, según reza la vieja Crónica profética, se divisaron por primera vez en las costas de Hispania las temibles naves de los normandos, aquellos hombres del frío Norte que llegaron a alterar la paz de este rincón del mundo. Fue un 1 de agosto, cuando los mares del Golfo de Vizcaya, siempre prestos a la traición, arrastraron a los vikingos hasta las costas de Gijón, tras haber asolado tierras francesas. Aquella tormenta del diablo les empujó contra las rocas asturianas y los saqueadores no desaprovecharon la ocasión para dar rienda suelta a su afán de pillaje.
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Bordeando los acantilados, los drakkars surcaron el Atlántico como fantasmas, hasta llegar al imponente faro que aún domina La Coruña, la vieja Torre de Hércules, donde los bárbaros pensaron encontrar una gran urbe. Pero se toparon con un pequeño caserío, apenas un rincón humilde y, para colmo, el rey Ramiro I les aguardaba acero en mano y el fuego en su corazón.
Las crónicas cuentan que setenta naves arderían aquella jornada y muchos guerreros del norte encontraron allí su destino, desmoronándose como fieras vencidas, obligados a huir bajo el fragor de la derrota.
Pero los vikingos, rudos y testarudos como el frío que los formó, no se dieron por vencidos. Replegaron velas y, como quien busca nuevos horizontes, pusieron rumbo hacia el sur.
Lisboa fue su siguiente presa fallida, pues tras trece días de asedio, la ciudad resistió el envite. Sin resignarse, siguieron descendiendo hasta llegar al Guadalquivir y allí, entre los campos y marismas, Sevilla se ofreció como un bocado más fácil de engullir, aunque la vieja alcazaba resistió con honor el ataque de los invasores.
Habían bajado en columna desde Lisboa pasando por tierras extremeñas, arrasando las tierras de Tentudía, el Bajo Badajoz que entonces formaba parte de Al-Ándalus y más tarde del antiguo reino de Sevilla lo que fue así hasta el siglo XIX; y aún se encuentran restos arqueológicos de aquella vikinga presencia.
Los moros dominaban la zona entonces. El emir Abderramán II no tardó en reaccionar. Armó un ejército y con la destreza de Musa ibn Qasi, el gobernador del norte, montaron una emboscada al sur de Sevilla, donde los normandos pagaron caro su osadía. En Tablada se libró la batalla que selló el destino de los piratas: quinientos hombres y cuatro barcos cayeron bajo el poder de la espada musulmana.
A pesar de ello, como lo hacen las malas plagas, los vikingos regresaron a la Península Ibérica. En el año 858, fue Hasting quien, junto a Bjørn Costado de Hierro, lanzó un nuevo ataque contra Galicia. El conde Pedro los enfrentó con la misma fiereza que años antes mostrara Ramiro, logrando que los saqueadores se retiraran tras causar estragos en Iria Flavia y Santiago de Compostela. Ante tales amenazas, Ordoño I decidió blindar la región, trasladando la sede episcopal de Iria Flavia a Santiago, para así garantizar una mejor defensa.
Pero la amenaza vikinga no desapareció del todo. En 951, otra oleada de furia nórdica asoló las costas gallegas, capturando prisioneros y saqueando sin piedad. Lugo, bajo el mando del obispo Hermenegildo, organizó su resistencia, pero no sería hasta el año 968 cuando el rey Gunderedo, al frente de una gran flota, arrasara Galicia en su intento final de someterla. No obstante, el conde Gonzalo Sánchez le daría la estocada definitiva, sellando así el destino de los últimos vikingos que osaron poner pie en la Península.
Con el tiempo, estas incursiones se diluyeron como niebla al sol y los reinos cristianos del norte fortalecieron sus defensas, preparados para resistir cualquier otra amenaza que llegara desde el mar.
La era de los vikingos terminó y con ella, el eco de sus saqueos y conquistas fue sepultado bajo el polvo de la historia, mientras Europa entraba en un nuevo ciclo, con la conquista de Inglaterra por Guillermo El Conquistador en 1066. Así terminó una época y los hombres de Iberia, curtidos por la lucha, emergieron más fuertes para enfrentar los desafíos venideros.
Los desafíos venideros serían la Reconquista al invasor sarraceno, bien asentado por ocho siglos en terreno peninsular, que tenían en común con los vikingos no aceptar la derrota y volver con nuevas batallas para afianzar poder y ganar tierras apelando al derecho de conquista.
Pero la Reconquista los frenó y la repoblación de toda la banda que baja desde Galicia y llega a Extremadura para llegar después a Andalucía, se haría con elementos galaicos, gallegos, con sangre común con aquellos otros celtas que formaron el pueblo vikingo, en realidad eran hermanos a los que les pudo el pillaje, su sangre se mezcla hoy con la nuestra.
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