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No nos olvidemos de Valencia (III): “Todavía esperamos ayuda en Castellar Oliveral”

María José Alapont, afectada y residente en esta pedanía valenciana, exige la pronta actuación del Gobierno central para otorgar las ayudas y limpiar los destrozos, y una mejor coordinación entre seguros, el Consorcio de Compensación y los peritos
Patricia Lucía Pérez Martínez
viernes, 28 de febrero de 2025, 09:24 h (CET)

A cuatro meses de la Dana que cambió su vida y la de sus familiares, María José Alapont exige la actuación del Gobierno central para otorgar las ayudas correspondientes por la pérdida de coches y viviendas, así como para la restauración y limpieza de los destrozos producidos en los campos, regadíos, carreteras y vallas. “En casa nos ha afectado en tres cosas: coches, casa y campos”, comenta.


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Hace escasos días cobró la indemnización por el coche de su hijo, pero el camino para lograrlo ha sido tortuoso. “Los problemas con el seguro han sido por su falta de colaboración en intentar ayudar a sus clientes. En muchas ocasiones nos respondían de forma chulesca o antipática”, explica María José. En este sentido pide más empatía a las compañías de seguros.


El día a día después de la DANA transcurre con la sensación de impotencia, estrés y nerviosismo que empiezan a hacer mella en las personas, desesperadas por tener que lidiar con el dolor de haber perdido mucho, en una situación traumática y que, “por culpa de la falta de organización y la falta de interés del gobierno central”, todavía continúan enfrentándose a dolores de cabeza derivados de la DANA.


María José perdió a sus tíos ese día y los honra con un relato de lo corrido. “Recuerdo la sensación de abandono y desamparo que hemos vivido durante el primer mes, en gran parte, por culpa de la incertidumbre provocada tanto por el consorcio como por los políticos y la falta de ayuda de servicios como militares o de limpieza”.


Destaco la poca humanidad de la clase política de este país, que cada día va en aumento, han pasado más de 3 meses desde lo sucedido, y aún queda mucho por hacer, ayudas por llegar, calles por limpiar, coches que retirar, alcantarillados que limpiar, personas que reubicar por que han perdido sus casas, y una larga lista de tareas, que tras más de 90 días siguen por hacerse; pero que ya no escucharemos en las noticias, porque se han olvidado de nosotros, muchas promesas, muchas palabras, pero pocos hechos. Asimismo, la poca dignidad o moralidad de la política de este país también se refleja en la falta de autocrítica, de asumir responsabilidades y de dimisiones.


Comenta la situación de discusiones que se mantiene con las compañías de seguro, por el pago de indemnizaciones que no llegan. “Mientras sus casas o coches han quedado destruidos, y necesitan ese dinero para poder empezar a rehacer sus vidas, después de esta catástrofe”, expresa la entrevistada, quien hasta hace poco esperó por una respuesta diferente a la común: “es una situación excepcional y hay que tener PACIENCIA”.


Nosotros en casa hemos tenido que sufrir problemas con el seguro, principalmente por su poca profesionalidad, y no se trata de paciencia, se trata de hacer las cosas bien y con sentido común, no puede ser que enviamos los documentos necesarios a nuestro seguro para que den parte al consorcio; para que después el consorcio nos lo vuelva a solicitar y, finalmente, el perito nos pida esos mismos documentos, así como las contestaciones que recibimos por parte del seguro, los cuales nos exigían entender que están saturados y sobrepasados, pero ellos son incapaces de tener un poco de empatía.

En resumen, esta tragedia ha dejado claro el gran nivel de solidaridad que tenemos los españoles, que deberíamos exigir mucho más del sistema, de la clase política y de los seguros. Para bien o para mal, el ser humano se acaba acostumbrado a todas las situaciones.


Así lo vivió María José y su familia


Nosotros vivimos en una pedanía, cercana a las Artes y las Ciencias, llamada Castellar Oliveral. Como muchas otras familias de los municipios y pueblos de Valencia, el pasado 29 de octubre de 2024 sufrimos un revés terrible en nuestras vidas. Mi casa se encuentra en un extremo del pueblo, cercano a MercaValencia y al antiguo cauce del rio Turia, mientras que el otro extremo se encuentra pegado a la pista de Silla, próximo a Sedaví.


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Cerca de las 20:00 de la tarde de ese día, al lado de nuestra casa, la acequia empezó a desbordarse, inundando la calle donde vivimos lentamente; sin embargo, un grupo de vecinos empezaron a abrir las alcantarillas con la esperanza de poder evitar que el agua entrara en las casas. Por momentos parecía que se había controlado el agua y no supondría mayores problemas.


Mi hijo, al ver que el agua estaba subiendo e iba a entrar en la planta baja, sacó los coches, con ayuda de un amigo; el mío lo dejó a las afueras del pueblo, mientras que el suyo lo llevaron a casa de mi hermano, ya que nos dijo que allí no había agua, que lo lleváramos. Suerte tuvo de no haber sido arrollado por lo que venía.           


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Mientras todo esto ocurrió los teléfonos empezaron a emitir sonidos, debido a que la Generalitat Valenciana envió la señal de alerta por temporal, la cual además de llegar tarde, era bastante pésima, debido a que únicamente indicaba que los ciudadanos evitaran zonas inundables, pero sin informar de la gravedad de la situación ni de la necesidad de vaciar las plantas bajas o de no mover los vehículos. Tras unos instantes en que los vecinos celebrábamos aliviados que el nivel del agua había bajado, nos quedamos atónitos al recibir tal aviso, pero la desgracia ya era inevitable.


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El aluvión de agua, que había arrasado Catarroja, Benetússer, Sedaví, entre otros, estaba llegando a nuestra población con una fuerza tremenda, arrastrando casas, coches, basureros, personas y todo aquello que encontrara a su paso. El desbordamiento de la acequia era simplemente un aviso de lo que venía.


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Todo fue muy rápido, en minutos, cuando mi hijo acababa de volver, llamé de nuevo a mi hermano para ver cómo estaban, y la situación era trágica. Al vivir en la zona más próxima a Sedaví, el agua llegó en forma de olas, con una brutalidad tremenda, sin que los vecinos pudieran hacer nada.

Tristemente, mis tíos, personas mayores, de edad cercana a los 90 años, sufrieron la inundación de su casa, quedando encerrados en el interior de la vivienda y con más de un metro y medio de agua.

Mi hermano intentó junto con otro vecino acceder a la casa, pero el agua y la corriente hicieron que fuera imposible. Hablar con él por teléfono resultaba imposible, debido a la impotencia de saber que sus tíos estaban ahogándose y él no podía hacer nada.


Fue una noche muy larga, con angustia e incertidumbre, ante lo que estaba ocurriendo, pasamos la noche en vela intentando comunicarnos con mi hermano para saber cómo estaban tanto él y su familia, como mis tíos. A todo ello se unió la pérdida de luz y la mala cobertura, lo cual acrecentó el sufrimiento, y los pocos mensajes que llegaban eran videos de familiares y amigos sobre la situación en sus calles, la cual era cada vez más desoladora.


Con la salida del sol, bien temprano, bajamos a ver cuál era situación en la planta baja, más de medio metro de agua, muebles, nevera, álbumes de fotos, el baño, todo estaba lleno de agua y barro. Durante más de una semana, nuestra rutina diaria consistió en limpiar el destrozo que teníamos, cuatro personas día y noche limpiando, dos días sin agua y un día sin luz, un desastre. A todo ello se unió el sin fin de papeleos que tuvimos que hacer relativos a los seguros y ayudas, en su mayoría tramites enrevesados y lentos.


Esa semana no fuimos conscientes de lo que había sucedido y no éramos capaces de digerirlo, habíamos perdido familiares, toda la planta baja, los coches, etc. Estábamos en shock, anestesiados mientras intentábamos limpiar el destrozo.


Después de dos días, cuando el nivel del agua lo permitió, fuimos a nuestro coche a ver como estaba, recuerdo la sensación de tristeza que corría las calles del pueblo durante esa semana, todas llenas de pertenencias, de años de trabajo, esfuerzo y sacrificio, para poder tener una casa o un coche, para perderlo todo en cuestión de minutos.


Caminar por el pueblo durante los primeros días parecía un entierro sin fin, en el que los vecinos no veíamos la forma de hacernos con el barro y la suciedad, tampoco con la humedad ni con el olor impregnado en las casas, no éramos capaces de ver luz al final del túnel.


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Pasaban los días y la situación no mejoraba, calles llenas de coches inundados de barro, de muebles, alcantarillas atascadas, basureros llenos... Menos mal que durante este tiempo no pararon de venir voluntarios, personas, que dedicaban sus días libres o fines de semana, a ayudar a personas desconocidas. Famosa se ha hecho la fotografía en la pasarela peatonal que conecta Valencia con La Torre, de personas cargadas con palas, fregonas, cubos o comida. Aprovecho este texto para agradecerles, en nombre de los municipios afectados, a todos y cada uno de ellos la ayuda desinteresada que recibimos.


Se ha repetido una y mil veces la frase: “solo el pueblo salva al pueblo”, pero estoy harta de ella, ya que es una forma muy sutil de esconder la verdad detrás de todo esto, la incompetencia, negligencia o inutilidad de los cargos políticos, que nos dejaron solos ante el peligro.


Tras lo sucedido, una se pone a pensar y se le ponen los pelos de punta, desde las 15:00 de ese día sabían que estaban produciéndose lluvias torrenciales, que el barranco del Poyo estaba a punto de desbordarse y se ordenó la apertura del pantano de Forata, pero NADIE fue capaz de avisar de ello, sabían el peligro que corríamos pero les dio absolutamente igual, nos expusieron a él y encima tenemos que aguantar cómo en la televisión unos les echan la culpa a los otros y los otros a los unos, cuando son TODOS igual de culpables, unos por imprudentes y negligentes, otros por cómplices por su pasividad.

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