Sr. Director:
El humanismo nunca perderá actualidad, especialmente el que mira o se refiere al bien del género humano, que ya desde las doctrinas renacentistas defendidas por ilustres personajes ha cubierto siglos de historia.
Preocuparse por el hombre, por la criatura pura y desnuda, queda hoy en día muy estrictamente reservado y limitado a circunstancias como, por ejemplo, la reciente “DANA” en la zona levantina. Y aquí tenemos un ejemplo claro que podemos desarrollar.
Largos millares de personas se han volcado físicamente para colaborar en lo que les ha sido posible: limpieza, atención a personas, búsquedas, procurar alimentos… También largos millares de personas han colaborado con aportaciones económicas en la medida de sus posibilidades. ¿Qué les ha movido a todas estas personas? Un claro y evidente humanismo desinteresado. Muchas de ellas se han visto impelidas por un ideal cristiano de fraternidad y amor al prójimo. Es una obvia manifestación del humanismo cristiano: Dios ha movido sus almas en pro de los necesitados y han sabido responder con una generosa entrega. Y todos ellos de forma anónima.
Vergonzosamente, de otro lado, por desgracia, está el humanismo político, del cual hemos tenido y seguimos teniendo claro ejemplo. ¿Preocupación por los damnificados? Habría que escarbar mucho para descubrir lo que en realidad les interesa de sus actuaciones: la necesidad de un pueblo subsumido en medio de una catástrofe o el rendimiento político que pueden sacar de la situación. Oprobiosa disyuntiva, pero tremenda realidad.
Hay que fomentar de manera denodada el verdadero humanismo, humanismo esperanzador, y este tiene su raíz y fundamento en el trasfondo divino que nos une a todas las personas del mundo.
|