Durante los años setenta una novela del escritor francés Georges Perec (1936-1982) recorría el mundo, se enseñaba en universidades y era muestra de talento. “La vida, instrucciones de uso”, título de la versión traducida al español, relataba historias entrecruzadas en un edificio sobre la base de las contraintes, una serie de reglas para escribir, según un grupo literario que el autor compartía con Raymundo Queneau. Asimismo, por dar otro ejemplo de relatos entre vecinos, Hebe Uhart (1936- 2018), maravillosa cuentista argentina, escribió “Reunión de Consorcio”, donde relata paródicamente las célebres reuniones de vecinos porteños para “decidir”, la mayoría de las veces, poco y nada… 
En 2019 (la primera edición en Argentina data de 2021), un escritor nacido en Jerusalén en 1971, cuya infancia transcurrió entre Israel y Norteamérica, psicológo, aborda los problemas humanos utilizando idéntico recurso: un edificio. Con varios premios en su haber, Eshkol Nevo presenta tres novelas en una, interrelacionadas a través de sus personajes, que conviven en un pequeño consorcio/comunidad. Cada piso, un mundo.
Y, al igual que Perec y gracias a la experiencia actual en las letras cuyos estilos varían, este escritor que sigue los pasos de Amos Oz y a mi juicio, los supera, cuenta tres historias en un espacio que se desgasta, igual que la vida misma. “Tres pisos” (la edición traducida al español por Eulàlia Sariola le pertenece a “Duomo Nefelibata”) trata de un edificio en un barrio tranquilo, ordenado y silente que guarda los secretos de un hombre culposo y paranoico tras la presunta relación extraña entre su hija pequeña y un viejo enfermo que mudó a Israel desde Alemania. ¿Qué esconde esa culpa que lo coloca en situación de actuar contra el viejo como tratándose de un loco peligroso?
El segundo piso termina siendo habitado por un matrimonio con dos hijos. El marido viaja por trabajo, ella recibe la visita de su cuñado... ¿El agobio familiar puede llegar a que imagines lo que nunca sucedió?
Y en el tercero, una exjueza jubilada, viuda, vive intensamente el duelo de su marido fallecido, extraña a un hijo que considera perdido, y el azar la lleva a una protesta, gracias a la que conoce a un hombre culto y refinado que le demostrará que la ley no siempre es perfecta.
La segunda persona y un estilo epistolar impecable tientan al lector a seguir cada momento de los hechos. Un hallazgo adicional, el de la viuda del tercer piso, que compartió el ejercicio de la judicatura con su esposo fallecido, consiste en que ésta le deje constantes mensajes de voz al marido muerto en el viejo contestador automático del teléfono. Lo había encontrado por azar en la habitación de su escritorio. A menudo, se le acaba la cinta…
De fácil lectura, los parlamentos omiten la prótesis de diálogo, un recurso repetido y sencillo de la época. Y cada historia se resuelve en la del piso siguiente. Por ejemplo, el vecino del primero le cuenta a un amigo las cuitas de su historia con los vecinos del segundo, de cuyas consecuencias se ocupa la sentencia que recuerda la viuda del tercero. Y la nueva propietaria del piso dos le escribe angustiada a su amiga del alma acerca de una relación misteriosa con su cuñado, de cuya realidad y lucidez propia anda dudando, hasta que la vecina del tercero, en un encuentro inesperado y amoroso entre pasillo y escaleras, le confirma que sí había visto ella a su cuñado, paseándose en la casa vecina de los relojes.
En un pasaje del libro, la exjueza del tercer piso sospecha del inconsciente, y contra argumenta a Sigmund Freud, como es de esperar de todo quien se debe al derecho, a la ciencia y a lo tangible. Sin embargo, nos damos cuenta de que ella misma representa el superyó (la ley la presiona hasta límites impensados…); de que el vecino del primero es el ello andante (no logra domeñar sus pulsiones ni impulsos) y la vecina del segundo, se desespera con su yo (entre la vigilia, el sueño y sus ensoñaciones, sospecha hasta de sí misma). Una intervención (de autor textual) plena de humor e ironía por parte de Nevo.
“Tres pisos”, por lo demás, nos permite una lectura social inteligente. Se encuentran en el texto los paradigmas de la cultura judía y del sistema de ideas de un israelí medio. Todo, mediante el sofisticado matiz de cada historia: el honor, Freud, la ciencia, el destino, los servicios de inteligencia; las soldados y su accionar, la oposición a los gobiernos, los implacables relojes humanos del tiempo, las huertas, unas lechuzas, el sexo, el amor y el cuidado indeclinable de la familia; Alemania (el matrimonio Adelman del segundo piso, la Selva Negra, la shoá (la traducción refiere a “Holocausto”), alguna aversión por la música de Strauss y la wagneriana. Y los negocios inmobiliarios como modo decente de capitalizarse en un país pequeño. También, la culpa, el apego a la ley como el nombre-del-padre al que se respeta pues nombra. No faltan la necesidad del éxito social y el dinero para confirmar la identidad ni la ayuda solidaria.
El miedo a la locura y la soledad, vividas distintas por un hombre que por una mujer; la maternidad y hasta la competencia entre pares se nos aparecen entre bambalinas. Y, como dijera alguna vez el escritor alemán Günther Grass (1927-2015), la cuestión judía continúa siendo hoy la cuestión alemana y viceversa: años de memoria de un lado y del otro, basada en la ética, que no anula el pasado ni lo pretende, pero que induce a una esperanza. (La esperanza se filtra en esta novela en el tercer piso, cuando la viuda piensa en mudarse y reparar el conflicto serio que venía aquejando a su familia).
Los personajes son nobles, algunos más reflexivos que otros, portan sus sombras como todos y aman como pueden. Entremedio, el destino… Y la amistad, que Nevo representa en “Tres pisos” a través del relato en segunda de sus personajes remitentes, que necesitan hablar a sus destinatarios, compañeros de vida. La genialidad de un autor estriba en poder introducir su mirada en los detalles más nimios de la cotidianeidad con un lenguaje sencillo y encantador.
Eshkol Nevo sabe capturar el instante de lo humano. Demuestra que no vive ni escribe en vano.
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