
Una madre y sus hijos en un poblado sirio. / Ahmed Akacha - Canva El nuevo panorama que se dibuja en Siria desde que fuese derrocado el gobierno de Al-Assad (como si de una coincidencia jocosa se tratase, su apellido significa “el león” en árabe) tras 13 años en el poder mezcla las realidades de un presente difícil, un pasado tortuoso y un futuro, para muchos, halagüeño.
No parece ser tal para los alauíes, pertenecientes a la rama chií, que otrora adquirieron poder y respeto en Siria, desde que comenzase la guerra civil en 2011.
Los alauíes, rama a la que pertenecía Al-Assad, son ahora atacados por el nuevo gobierno, la milicia yihadista HTS, de Al-Qaeda. Una situación sin duda compleja para un país que empieza a reconstruirse.
Si HTS de verdad quiere devolver a Siria una paz durante 13 años inexistente deberá contar también con los alauíes y despenalizarles definitivamente.
Además, la comunidad internacional deberá implicarse vivamente en esa reconstrucción, si de verdad se quieren prevenir hambrunas, pobreza, crisis de refugiados y, no lo olvidemos, futuras amenazas terroristas.
De lo contrario, la nueva Siria no distará mucho de la que se configuró tras las revueltas de hace tres lustros y bien es archirecordado que tal escenario no trajo repercusiones positivas.
¿Emergerá en Siria un nuevo punto caliente en Oriente Medio? Nadie dijo nunca que las transiciones fueran fáciles, pero hoy por hoy, sólo el Gobierno de HTS tiene la clave para evitar que eso suceda.
Si hay algo que Siria puede demostrar al resto del mundo es que la paz es posible tras una larga guerra. Una proeza, si se lleva correctamente a cabo, y que podría ser todo un ejemplo para los otros dos conflictos actualmente abiertos: Gaza y Ucrania.
Esa paz, tan deseada y deseable, sólo será factible incluyendo a todos los sirios. No está de más recordar que los alauíes también lo son.
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