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Dando sin recibir y recibir dando: el precio invisible del amor y de la solidaridad

Una relación sana y justa solo es posible en la reciprocidad absoluta
Armando B. Ginés
viernes, 4 de abril de 2025, 10:29 h (CET)

Es un lugar común que habitamos una época de individualismo feroz donde el narcisismo egoísta es más o menos una conducta social apegada a la piel de cada persona. Sin embargo, contrasta con este hecho casi incontrovertible la cantidad de solidaridad y caridad estructurada alrededor de organizaciones sociales y benéficas que hacen del altruismo estandarizado su razón ética o moral de ser. Su generosidad resulta inatacable: dan sin esperar nada a cambio.


Ese dar sin reciprocidad esconde una incapacidad de saber recibir al tiempo que anula la agencia de todas aquellas personas o sectores marginales o señalados como necesitados de ayuda material o afectiva para ser portadores de valores suficientes para la parte dadora de una situación asimétrica o jerárquica: los donantes siempre están éticamente un peldaño por encima del donatario. Al que da le sobra y al que recibe le falta.


En esta situación no igualitaria, la autoestima del dador sufre una revalorización interna y externa mientras que el donatario queda sumido en una impotencia moral que solo puede mostrar su agradecimiento negando su voluntad de llegar a ser una persona autónoma e independiente.


La relación descrita sucede tanto en ambientes interpersonales como sociales, nutriéndose de conceptos de alto valor añadido, amor y desinterés, muy difíciles de ponderar desde una perspectiva crítica en términos éticos e incluso políticos.


Los dadores están exentos de culpa (no siempre). Su generosidad desinteresada viene envuelta en amor puro. Si los perceptores de su ayuda la rechazan, sobre tales actitudes recae el estigma de la incomprensión. No dejarse ayudar tal y como quieren los dadores es una respuesta inaceptable.


¿Es posible ver entre tanta presunta bondad que el simple darse sin esperar nada a cambio es una sutil forma de narcisismo y egoísmo que solo busca la afirmación de un yo incapaz de atisbar la humanidad del otro/a?


La solidaridad o caridad que va en una sola dirección, del buen dador al indigente o necesitado de ayuda, es una relación de poder como otra cualquiera que entraña entornos psicológicos y culturales de supremacía o superioridad donde la balanza está desequilibrada: el dador es un ser completo, sin fisuras, con voluntad propia y libre mientras que el receptor es un ser inacabado, potencialmente enfermo, sin capacidad de decidir sobre su propia vida y enclaustrado en su miseria.


No obstante, esta relación tan performativa levanta sospechosas contradicciones si rascamos un poco en su sustancia invisible.


¿Es justa una relación no recíproca? ¿Es ético dar sin recibir? ¿Nada tiene el que recibe que pueda ser de interés afectivo o material al que da? ¿Solo da el que tiene y solo recibe el que nada tiene? ¿Es posible dotar de significado absoluto al dar y al recibir? ¿Existe relación humana ética cuando dar y recibir se excluyen mutuamente? ¿Dar sin recibir no es puro egoísmo disfrazado de generosidad buenista? ¿Recibir sin poder dar no permite la explotación de los afectos y la sumisión disfrazada de agradecimiento al dador?


¿Es amor no esperar nada a cambio? ¿Es amor el altruismo desinteresado? ¿Es amor rechazar que el donatario sea capaz a su vez de dar al dador?


Resulta evidente que la cultura occidental de la caridad/solidaridad/amor encumbra a la parte activa del que ama o presta ayuda a la contraparte, reduciendo la capacidad del que percibe la ayuda o el amor a una agencia meramente pasiva: su respuesta solo puede ser de agradecimiento o de ingratitud, pero nunca de expresar su voluntad de poder y de querer a o hacia su generoso benefactor o amante desinteresado.


Cabría decir de manera contraintuitiva, en sentido contrario a la lógica de la obviedad, que el perfil del dador encubre un hueco afectivo más o menos considerable. No da lo que le sobra sino lo que le falta, amor. Lo da de modo irracional para no caer en las peligrosas disonancias cognitivas que podrían ocasionar problemas más serios en su salud mental. Con sus acciones desinteresadas no se busca el amor del otro/a sino agrandar el amor propio como sustituto de relaciones plenas donde la igualdad material y afectiva sean recíprocas.


El amor propio, en este caso, es el efecto placebo que oculta e impide una relación de tú a tú, sin balanzas positivas o negativas para nadie.


En el caso de la contraparte pasiva o receptora de ese dar sin recibir, las secuelas psicológicas o mentales erosionan la capacidad de agencia: soy lo que me dan porque no soy capaz de generar por mí mismo vida propia ni afectos o valores susceptibles de ser considerados valiosos o aceptables por la parte activa y dadora.


Resumiendo, aquellos que dan sin recibir solo acrecientan la alforja afectiva de su autoestima y de su amor propio. Y aquellos a los que niegan desinteresadamente la capacidad de dar solo les queda el sabor agridulce y alienado de adorar al dador sin reciprocidad posible.


Te daré si me das, es puro cálculo mercantil. Te doy pero rechazo lo que tú me des es generosidad altruista camuflada de amor propio y cierta o difusa superioridad ética.


Todos los seres humanos somos animales sociales vulnerables y necesitados de los otros. Por supuesto que también existe la víctima que vive o sobrevive de su victimismo. En este caso tan especial, la persona o agente dador se convierte subliminalmente a su vez en víctima del receptor de su ayuda. Percibir esta situación es en muchas ocasiones casi imposible.


Las etiquetas de dador desinteresado y víctima en sentido estricto o bien que se hace la víctima para obtener beneficios o ayudas inmerecidas imprimen carácter a unos y otros. Por ello es imprescindible exigir responsabilidades recíprocas a ambas partes. Donde no existe reciprocidad campa la explotación de las emociones y los sentimientos ajenos y la alienación de los propios.


Pese a lo expuesto hasta aquí, existen dos situaciones peculiares de dación, donde puede existir una inversión de roles psicológicos entre el agente dador y la parte donataria. El término culpa anidado en el subconsciente puede caracterizarse como motor silente o desencadenante del altruismo de la persona o colectivo dador. En realidad es un sentimiento que mitiga en aquellos que dan la desigualdad de estatus con la contraparte que recibe la dádiva, ayuda y regalo. La segunda situación se refiere a la negación de sí mismo de la parte dadora como sacrificio hacia el agente pasivo perceptor de la ayuda, que adopta en la realidad práctica el papel hegemónico o predominante de la relación que venimos comentando. En ambos casos, la parte dadora esconde sus motivaciones bajo el amplio paraguas del concepto libertad, conscientemente o no.


Bajo la superficie del amor o de la solidaridad unidireccional siempre hay relaciones de poder asimétrico. Una relación sana y justa solo es posible en la reciprocidad absoluta. Tanto vale este aserto para las relaciones interpersonales como para las sociales o políticas.

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