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Es impresionante, a lo largo de la vida contactamos con innumerables objetos y participamos en un sinfín de ideaciones e inquietudes. Con el paso del tiempo se difuminan en su mayor parte, se desfiguran, hasta desaparecer de los horizontes; sólo persisten algunos con desigual potencia.
Es un lugar común que habitamos una época de individualismo feroz donde el narcisismo egoísta es más o menos una conducta social apegada a la piel de cada persona. Sin embargo, contrasta con este hecho casi incontrovertible la cantidad de solidaridad y caridad estructurada alrededor de organizaciones sociales y benéficas que hacen del altruismo estandarizado su razón ética o moral de ser. Su generosidad resulta inatacable: dan sin esperar nada a cambio.
Desde hace algún tiempo se vienen sucediendo estudios sociológicos que nos vienen a decir que estamos situados arriba de la ola de un ciclo caracterizado por 'revivals' de todo signo. La vuelta a un pasado idealizado de valores fuertes (tradicionales y religiosos) e identidades claras (nosotros contra ellos), es, concluyen los susodichos informes o dictámenes más o menos serios, la característica singular de nuestro tiempo.
“La vida son pasiones o son ataduras, que aparentan razones, asesinas de ternuras”. Somos quienes esquizofrénicamente nos pueblan, inédito. EMP. Porque las emociones no se “gestionan”, las emociones nos “gestionan”. A las emociones se las enfrenta tomando conciencia de su carácter antagónico, y apostando por las liberadoras contra las represivas.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un asunto urgente en nuestra sociedad actual, en la cual nos estamos convirtiendo en expertos en señalar las fallas del mundo, exigiendo transformaciones externas permanentemente mientras ignoramos el microcosmos de nuestro propio ser.
Josep María Fericgla, antropólogo catalán de una trayectoria tan dilatada como atípica y original en sus experiencias, habla sobre la vida y la muerte. Señala que un joven que no luche para expandirse, para aprender a vivir, para gozar de la vida, es tan absurdo como un anciano que no se prepare para la muerte, como sucede en occidente, donde se recurre a un festival de fármacos, de bótox y otros recursos y herramientas para disimular el paso del tiempo.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un asunto fundamental para nuestra sociedad actual, en la cual la certeza de la mentira naturalizada parece haber suplantado a la duda: cada vez más personas sostienen convicciones inquebrantables en torno a la política, la moral, la ética, la estética y la identidad, sin cuestionar si estas creencias son producto de una reflexión genuina o simplemente un eco de lo inoculado (o inculcado) por la moda de turno.
Aunque pueda parecer lo contrario, el saber no es lo primero, acontecen los hechos, los experimentamos y algún tipo de saber alcanzamos: el saber se consolida como algo retardado. Esto es muy evidente en torno a las sucesivas truculencias de la vida, insidias, corrupción, drogas o simples perversidades.
Está creciendo el número de personas que no están dispuestas en absoluto a satisfacer las necesidades de otras personas. El nivel de enfriamiento por calor humano en diferentes regiones del mundo ha aumentado significativamente. Es hora de activar nuestras alertas sobre este aspecto.
He querido iniciar el presente escrito indicando que no siendo todo lo que expongo producto de la exclusividad de mi creación, sino en gran manera producto del cúmulo de conocimientos que la vida activa me ha ido poco a poco enseñando, adicional a lo que he retenido de todo lo que he leído.
Las primeras impresiones no siempre son las más fidedignas, aunque tampoco conviene desdeñarlas sin más; estamos acostumbrados a los descubrimientos sorprendentes y equívocos. Nos encontramos en esa tesitura al confrontar la capacidad de poder elegir, con la libertad y el aprovechamiento de las decisiones derivadas.
No es ninguna novedad que el sufrimiento ha sido objeto de reflexión y debate a lo largo de la historia en general y de la filosofía en particular. Mientras que algunas corrientes lo consideran un fenómeno que nos puede servir para ser más sabios y crecer personalmente, otras lo cuestionan como una forma de dominio o control social o un obstáculo para la felicidad.
Supongamos que, por un momento, esa verdad en la que siempre hemos creído, no lo es. Sencillamente, no existe. Es el resultado final de un pacto colectivo, voluntario o no, entre una serie de personas que normalizan una determinada visión, percepción o concepto. Una convención que se ha transmitido durante años, décadas o siglos, que pone de manifiesto, sin dudarlo, que la realidad se construye o se edifica por los propios seres humanos.
No cabe duda, nos vendrá bien de vez en cuando, dirigir la mirada sobre aquello que nos une durante los recorridos diarios por este mundo; nos ayudaría a percibir las afinidades, que tanta falta nos hacen y apreciamos poco. La inmensa variedad de situaciones no es óbice para que pensemos en los rasgos compartidos, de indudable repercusión para el conocimiento mutuo.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un asunto que, si bien data desde que la humanidad existe, hoy tiene unos matices bastantes perversos, a saber, el de la servidumbre voluntaria en una era de la promoción de la autoexplotación. En 1549, Étienne de La Boétie en su obra titulada “Discurso de la servidumbre voluntaria” planteó una pregunta bastante inquietante: ¿por qué los pueblos se someten voluntariamente a la tiranía?
En un mundo donde las reacciones impulsivas dominan el día a día, la historia del sabio y el escorpión nos deja una enseñanza atemporal. Este relato nos invita a reflexionar sobre nuestra propia identidad y valores. En la vorágine de la vida moderna, enfrentamos a diario situaciones en las que los demás pueden actuar con ingratitud, egoísmo o incluso agresividad.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a la creciente industria de la autoayuda, con su promesa de éxito, prosperidad y felicidad al alcance de todos, puesto que ha experimentado un auge vertiginoso en la última década: libros, cursos, seminarios y gurús de dudosa procedencia proliferan por doquier, ofreciendo fórmulas cuasi mágicas para alcanzar un bienestar personal y profesional que así, realmente, no llega.
Si adoptas una postura en la que empiezas a medirte o compararte desde abajo para no crecer y asustar a los demás, respiras mediocridad. ¿Quién se beneficia con su disminución? La sociedad en general no tiende a admirar, inspirarse o respetar a quienes se menosprecian o se autodesprecian. ¿Qué has ganado al reducirte a lo largo de tu vida?
Hace un año publiqué un artículo titulado “Combatiendo la estupidez con silencio”, en el cual defendía la importancia del silencio como herramienta indispensable para el desarrollo del pensamiento crítico y la autoconciencia. Según mi análisis, el silencio nos permite reflexionar sobre nuestras ideas y creencias, y nos ayuda a desarrollar una mayor comprensión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
Los seres humanos hemos buscado, desde tiempos inmemoriales, el entretenimiento no sólo como una forma de recreo, sino también como mecanismo de escape de la realidad. Sin embargo, en nuestra actualidad el entretenimiento ha adquirido una dimensión que trasciende la mera distracción, en tanto que se ha convertido en una herramienta clara de control, una anestesia que impide el surgimiento del pensamiento crítico a la vez que refuerza la alienación.
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