Nadie nos preparó para esto.
Pasamos la vida creyendo que nuestros padres eran eternos. Fueron gigantes. Incansables. Sabían todas las respuestas, solucionaban todo. Nos dieron cariño, consejos y nos pusieron límites y, muchas veces, hasta la ilusión de que el mundo estaba bajo control mientras ellos estuvieran cerca.
Pero un día —no sabemos bien cuál— algo cambia.

El padre que antes tomaba decisiones con seguridad ahora parece confundido. Repite ideas, se queda en blanco, se irrita con cosas mínimas. La madre que siempre pudo con todo olvida fechas, se pierde en los nombres, se cansa antes de tiempo. Y nos llega por sorpresa. No hay una señal clara, no hay un momento exacto. Solo un lento desdibujarse, como si la vida les hubiera bajado el volumen.
Y entonces entendemos: están envejeciendo.
No lo decimos en voz alta porque nos duele. Porque aceptarlo es mirarnos en el espejo de lo que vendrá. Porque implica invertir los roles: ahora somos nosotros quienes debemos sostener, cuidar, contener.
Y nos cuesta.
Nos cuesta verlos frágiles, lentos, más callados. Nos cuesta su torpeza con lo digital, su terquedad, su insistencia en contar la misma historia. Nos fastidia, sí… pero más que nada, nos asusta. Porque lo que sentimos, en el fondo, no es molestia: es miedo. Miedo a perderlos. Miedo a quedar huérfanos de esa parte de la vida que siempre nos sostuvo.
Nadie nos enseñó cómo acompañarlos en esta etapa. Cómo aceptar que ya no son invencibles. Que ahora son ellos los que necesitan paciencia, abrazos sin prisa, y una silla cómoda para descansar. Que los héroes también envejecen, y que eso no los hace menos héroes.
Tal vez sea hora de devolverles todo lo que nos dieron cuando el mundo nos quedaba grande. De sentarnos a escuchar —aunque repitan—, de celebrar sus pequeñas alegrías, de ser nosotros el sostén cuando tiemblan.
Y mientras los vemos apagarse de a poco, también entendemos que no solo nos preparamos para su partida, sino para la nuestra.
Porque si ellos se van, nosotros quedamos a mitad del puente, con el corazón lleno de recuerdos… y con la certeza de que el tiempo, implacable, también nos está alcanzando. Cada vez más cerca del momento en que nosotros también nos volveremos lentos, torpes, insistentes… vulnerables. Y tal vez nuestros hijos —o el mundo— tampoco estén listos para vernos así.
Por eso, mientras ellos aún están, aunque ya no sean los mismos, aprendamos a despedirnos con amor, sin prisa, sin negación. Y mientras tanto, empecemos también a despedirnos de la versión invencible que creímos ser. Porque al final, el verdadero acto de amor no es solo cuidarlos a ellos… sino también prepararnos para que, cuando llegue nuestro turno, alguien nos cuide con la misma ternura.
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