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Todos alguna vez hemos sido turistas, pero cuando otros lo son los vemos en algunos aspectos ridículos. Ahora todos buscamos turismo rural, estar en contacto con la naturaleza, escuchar los pajaritos cantar por la mañana en vez del claxon de los coches, respirar aire puro y no contaminado, sentarnos a comer en sillas y mesas artesanales y saborear esa comida tan sabrosa y natural que preparan en los pequeños pueblecitos.
Es sugerente que, los gobernantes del orbe, de la mejor manera posible presten debida atención en la medida de sus posibilidades, mientras su tiempo continúe atravesando, para ir logrando el sentimiento de paz, tranquilidad, amor y esperanza para su comunidad. Mientras esto suceda, por supuesto, la presentación de la realidad a los pies del amo y sabio pueblo, todo será mejor.
Partiendo de la base de que tenemos pueblo, o ciudad pequeña, en mi caso de gran abolengo. Partiendo de esa base, de que venimos de pequeños lugares y que muchos hemos decidido emigrar, aunque sea a una barriada nueva, al otro lado de la carretera o del patio…, podemos interrogarnos para qué nos ha servido ese pueblo que se cae a pedazos, entre el olvido y las ganas de levantarse, aunque los voceadores insistan en que hacen lo indecible por defenderlos.
En EE.UU. se ha producido un significativo cambio que es bueno tomar nota. Por primera vez en la historia de este país fundado en 1776 y también desde la colonización europea que se inició en las Américas el 12 de diciembre de 1492, en la megapotencia se ha acordado celebrar esa fecha como la de los pueblos nativos americanos.
Los gobernantes y organizadores de festejos populares han perdido la oportunidad de inventar nuevos festejos en sus ciudades: más cerca de la gente, más generosas, menos participativas quizá, pero más personales y particulares, menos festivas, pero con buenas ofertas en lo gastronómico, en lo artístico, en lo solidario, en la religiosidad, en el protagonismo del pueblo… Y no pensando en el ahorro de tiempo, esfuerzo, trabajo y presupuesto.
Laura, los Pueblos.
Laura, el nácar.
Laura el pan.
Sierra Cabrera es un oasis de vida en la seca comarca del Levante almeriense. Se levanta entre los municipios de Mojácar y Turre, justo a las espaldas de la localidad mediterránea de Carboneras, a la que se puede acceder desde la sierra a través de la pedanía mojaquera conocida como El Sopalmo.
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