Sin ningún tipo de duda, la mayor revolución de la Iglesia Católica en el siglo XX fue la celebración del Concilio Vaticano II, y no sólo de puertas adentro, sino en cuanto a su relación con el mundo hacia el que empezó a tender puentes de todo tipo, favoreciendo el diálogo y eliminando las barreras excluyentes que había ido construyendo a lo largo de muchos siglos de historia.
Aquella hermosa esperanza empezó a desvanecerse a raíz de la muerte de Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, dando paso a un período duro, oscuro y difícil que dista mucho de los primeros albores entusiastas y progresistas de los años posteriores al Concilio.
Posiblemente, la principal causa de esta vuelta atrás resida en la suplantación del modelo comunitario de pueblo de Dios que entendía la Iglesia como una comunidad de comunidades, para volver al esquema piramidal y jerárquico anterior a la Constitución Lumen Gentium, que fue la que permitió la verdadera reorganización eclesial.
No se trata de reivindicar aquí un modelo democrático, puesto que bien sabemos que, en su propia esencia, la Iglesia es sinodal y por lo tanto no funciona por mayorías. No obstante, la colegialidad eclesial no es contraria al diálogo, ni al consenso, ni a la escucha. Pero la autoridad de la Iglesia se ha ido transformando en autoritarismo que acalla las voces divergentes, impone silencio, excluye, rechaza, se tapa los oídos, y termina por condenar.
Lo que más me irrita de esta actitud es la doble moral de los pastores de la Iglesia, que si bien quieren ofrecer una imagen de madre y de padre compresivos y acogedores de los descarriados de este mundo, por otra parte, mantienen un discurso duro, inflexible e intransigente, llegando a pisotear la dignidad humana y derechos humanos fundamentales de los fieles.
El gran desconcierto de los cristianos que aman a su Iglesia y que no desean dejarla porque descubren en ella la presencia del Jesús que un día transformó su vida, reside en qué hacer ante la involución continuada y totalitaria de sus jerarcas.
¿A caso la cuestión es resistir y tomar la misma actitud de la Iglesia de estar siempre a la defensiva, hasta ver quién gana esta batalla? Ciertamente, ese no es el camino, aunque las soluciones no sean muy alentadoras.
La respuesta no sólo se encuentra en conservar y volver a las directrices marcadas por el Vaticano II, sino en responder a los nuevos retos que el mundo y la sociedad actual plantean, sin dejar de ser fieles a lo más genuino del mensaje de Jesús.
Pero, ¿a caso esto es posible, o tan sólo es una utopía? ¿Se puede todavía generar ilusión y esperanza en tantos cristianos del mundo entero, sin que tengan que abandonar a la Iglesia que pasa de ellos por ser diferentes, o pensar de forma diferente, o actuar de manera diferente?
A estas alturas del partido, la verdad es que no lo sé, o mejor, lo dudo mucho.
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