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El libro de Michel Onfray titulado La fuerza de existir es como dice el autor un manifiesto hedonista y se comprende perfectamente desde los planteamientos ateos de este filósofo francés
José Manuel López García
viernes, 10 de mayo de 2019, 15:28 h (CET)

Es evidente que filosofía y vida están intrínsecamente interconectadas o unidas. Ya que la capacidad de pensar no se ejercita en el vacío sino sobre y en la realidad. Como bien dice Onfray «La biografía de un filósofo no se limita al comentario de sus obras; abarca la naturaleza de la relación entre sus escritos y su comportamiento. Sólo el conjunto puede llamarse una obra». En efecto, está claro que a lo largo de la Historia de la Filosofía tanto Platón como Aristóteles y otros numerosos filósofos han mostrado en su producción escrita y en sus enseñanzas y conductas que la filosofía lo abarca todo y no es algo separado de la existencia o de la vida. Es también el mismo existir en acto y en proceso.

Al reflexionar y escribir, al igual que al conversar o discutir, estamos poniendo en acción nuestro pensamiento o la filosofía que sentimos y expresamos con nuestras palabras y comportamientos. Aunque se puede diferenciar entre las teorías y la práctica todo queda englobado en un saber que se denomina filosofía.


Se puede decir que Onfray está de acuerdo con la expresión del imperativo categórico hedonista que dice así: goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo: ésa es la moral. Es la máxima de Chamfort. En este sentido parece una formulación de una ética consecuencialista y sobre todo utilitarista y pragmática. Es una moral material no formal a diferencia de la kantiana.


La filosofía de Michel Onfray plantea a lo largo de unos treinta libros una propuesta vital y un sistema a la vez. Es un planteamiento totalizador. Considera, al igual que el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, que la filosofía es una crítica de otros saberes o ciencias y concretamente de la totalidad de los conocimientos posibles.


Parte de un ateísmo posmoderno que delimita su carácter de pensamiento materialista que analiza los sistemas idealistas o espiritualistas como filosofías que no responden o no tienen suficientemente en cuenta la realidad material de todo.


Las variaciones de su hedonismo materialista abarcan desde una bioética tecnófila hasta una política libertaria pasando por una ética que supone la construcción del sí mismo.


En relación con el enfoque de la ética para Onfray «La moral universal, eterna y trascendente, cede el paso a la ética particular, temporal e inmanente». Lo que sucede es que este planteamiento aunque puede ser aceptado de forma general como una descripción de lo que sucede en la sociedad del hiperconsumo puede ser complementado con matices básicos desde una perspectiva ética más general.


Se puede pensar que es posible la existencia de variaciones en los comportamientos de las personas en función de intereses particulares, pero respetando normas morales básicas y que pueden caracterizarse como una ética mínima. Lo que no parece adecuado es un relativismo radical o un escepticismo extremo como manifestación de las conductas de los sujetos en la vida social.


La crítica del apriorismo en el ámbito moral por parte de Onfray es entendible desde su perspectiva hedonista y materialista atea, pero es también matizable desde un enfoque que piense en la dignidad humana y claro está en los derechos humanos como referencia ética universal.


El hedonismo para este filósofo galo no supone que no haya que tener como ideal el surgimiento efectivo de lo humano en el hombre y la superación de lo animal en el sentido de cruel y salvaje. Y escribe en relación con esto lo siguiente: «Por supuesto, ya nadie cree en una línea divisoria clara y neta entre lo normal y lo patológico, la razón y la locura, la salud mental y los problemas de conducta».


Es posible y deseable una dialéctica de la cortesía que afirma el cálculo prudente de los placeres y displaceres posibles. Es evidente que la práctica de la bondad o de la cortesía es una manera efectiva de mejorar las relaciones humanas.

La delicadeza, la urbanidad, el tacto, la amabilidad y el respeto son formas de expresar una ética hedonista y materialista y como se puede ver no se oponen a principios que proceden del ámbito religioso, ya que son coincidentes en muchos aspectos. Desde los planteamientos libertarios de Onfray se trata de alcanzar la serenidad mental.

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