El control de la enfermedad y los miedos del futuro son una falta de sabiduría, pues nos dice Jesús que estamos en manos de Dios, que el mañana está en manos de Dios, que procuremos vivir solo el presente.
La historia de Cande, Luisma y su hija Rochi es un testimonio de esta confianza. Cuando los médicos les dieron un diagnóstico desolador y les recomendaron interrumpir el embarazo, ellos decidieron confiar en Dios y seguir adelante. Su fe los sostuvo en los momentos difíciles, en las diálisis, los trasplantes y las complicaciones. Pero hoy, su hija Rochi, con síndrome de Down, tiene una vida feliz y llena de luz.
Esta familia comprendió que las sentencias humanas no son inapelables. Su historia nos recuerda que el miedo al futuro nos paraliza, mientras que la confianza en Dios nos impulsa a vivir el presente con esperanza.
Jesús nos invita a no angustiarnos por el día de mañana. "No os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su propio afán" (Mt 6,34). No significa vivir sin responsabilidad, sino abandonar el control obsesivo que muchas veces nos esclaviza.
Esta realidad también se hace presente en quienes ven a sus padres en situaciones difíciles, como el Alzheimer u otras enfermedades degenerativas. A veces, el dolor de ver el deterioro lleva a algunos a pensar que es mejor que no sigan viviendo esa degradación. Sin embargo, la vida no nos pertenece; es Dios quien la da y quien la sostiene. Solo hemos de estar en sus manos, confiando en que Él da la gracia necesaria para cada situación.
No hay enfermedades, sino enfermos. Cada persona es única, y su camino también lo es. No podemos prever lo imprevisible ni decidir de antemano qué será lo mejor para cada uno. Solo nos queda acompañar, amar y confiar en que Dios actúa incluso en los momentos de mayor fragilidad.
La enfermedad, la discapacidad o la incertidumbre no deben verse como obstáculos insuperables, sino como oportunidades para crecer en amor y confianza. La vida de Rochi nos lo demuestra: no ha sido fácil, pero ha valido la pena. Que su ejemplo y el de tantas personas que enfrentan la enfermedad con fe nos animen a vivir el presente con serenidad, recordando que estamos en las manos de Dios.
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